Escrito por
La Redacción.
octubre 07, 2017
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Lluís Companys (en el centro), durante el acto de
proclamación de la independencia de Cataluña.
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Companys
cometió equivocaciones al proclamar en 1934 la independencia, pero ha sido
superado por Puigdemont
Barcelona.- En Barcelona en
otoño hay días que acarician la piel, y aquel 6 de octubre de 1934 era uno de
ellos. La temperatura había llegado a los 24 grados, y se había estabilizado en
ese punto, no había ni rastro de lluvias y el viento soplaba solo un poco y muy
de cuando en cuando, solo lo justo para proclamar que no era un fenómeno muerto
de la meteorología.
Y al president de la Generalitat, Lluís Companys,
apoyado por su Gobierno de ERC, le pareció que era el día más adecuado para
proclamar la independencia de Cataluña, para romper con la República Española.
Así que salió a un balcón del edificio que albergaba a la Generalitat y se
dirigió a la multitud que esperaba ansiosa sus palabras en la plaza de Sant
Jaume para darle un contundente mensaje:
“¡Catalanes! Las fuerzas monárquicas y
fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República,
han logrado su objetivo y han asaltado el poder (...) y los núcleos políticos
que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña constituyen hoy el
soporte de las actuales instituciones (...).
Cataluña enarbola su bandera, llama a
todos al cumplimiento del deber y a la obediencia absoluta al Gobierno de la
Generalidad, que desde este momento rompe toda relación con las instituciones
falseadas.
En esta hora solemne, en nombre del
pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del
poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán de la República Federal Española,
y al establecer y fortificar la relación con los dirigentes de la protesta
general contra el fascismo, les invita a establecer en Cataluña el Gobierno
provisional de la República, que hallará en nuestro pueblo catalán el más
generoso impulso de fraternidad en el común anhelo de edificar una República
Federal libre y magnífica”.
Eran poco más de las ocho de la tarde, y
Companys se aprestaba a responder a la más que previsible reacción del Estado.
Para ello contaba con una fuerza menguada, mandada por un hombre de reputación
poco clara, Josep Dencàs, odiado por los anarquistas a los que encarcelaba y
torturaba con entusiasmo. Como fuerza de choque, Dencàs tenía un centenar
de Mossos d’Esquadray otros tantos voluntarios nacionalistas.
El president se
había guardado bien de entregar armas a los anarquistas, que se las pedían
también para echar abajo la República, pero con otro proyecto muy distinto del
suyo, más cercano al del comunismo libertario que comenzó a fraguar en Asturias
de la mano de una inédita alianza entre las dos grandes centrales obreras
Españolas, UGT y CNT.
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Companys, junto a miembros de su gabinete
en la cárcel Modelo en 1935.
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Companys, que
actuaba al margen de la ley, y proponía una sorprendente alianza republicana
sin haberla negociado con nadie, tuvo una idea más ese aciago día en que la
meteorología ofrecía engañosa sus mejores augurios: llamar a capítulo al
capitán general de la Región Militar, el general Domingo Batet, para que se
pusiera a sus órdenes. Puede ser que Companys pensara que Batet iba a
obedecerle porque era catalán, pero se equivocaba. Batet estaba a las órdenes
de la República, y se lo hizo saber.
Todo lo que siguió fue fruto del
despropósito inicial: Batet rindió a las fuerzas que apoyaban la
declaración unilateral de independencia con dos compañías de soldados, una
de Artillería y otra de Ametralladoras.
Antes de usar las armas, el general publicó
un bando irreprochablemente democrático por el que conminaba a rendirse a los
rebeldes, y se acogía a la Ley de Orden Público de 1933 para declarar el estado
de guerra en Cataluña.
A Lluís Companys
y su Gobierno les duró poco más de diez horas la República Catalana dentro de
la República Federal, entre otras razones porque semejante cosa no existía.
Antes de las ocho de la mañana, el president y
todo su Gobierno iniciaban un incómodo periplo que comenzaba en el
barco-prisión Uruguay y acababa en el penal
del Puerto de Santa María.
El día 7 de octubre amaneció también
apacible, aunque en Cataluña la insurrección había costado 80 muertos. Muy lejos
de los centenares de Asturias, pero 80 más de los que habrían querido 80
familias.
Este año el
tiempo acompaña en Cataluña a los que tienen tiempo y recursos para consumirlos
en unas Ramblas que se recuperan del terror. Ahora, se tienen que recuperar del
error, empezando por el afortunado eslogan “no tinc por”, que el nacionalismo de Puigdemont dirigía
insensatamente contra el Gobierno y la yihad a partes iguales.
Companys cometió varios errores, pero ha
sido superado por su sucesor. Porque el dirigente clásico de ERC enfrentó, por
ejemplo, a catalanes contra catalanes por razones políticas, lo que muchas
veces tiene arreglo, poniendo a ERC contra la Lliga de Cambó, pero no abusó de
los mensajes xenófobos, quizá porque no necesitaba hacerlo. Los inmigrantes
formaban, eso sí, una parte importante de los contingentes anarquistas a los
que el president rechazaba como el agua al aceite.
El error más importante fue el de no
pensar que la ley iba a servir para descabalgarle. No parece que Batet se
sintiera, ni mucho menos, cercano a la CEDA de Gil-Robles, pero estaba
absolutamente entregado a la legalidad republicana, lo que le costaría la vida
apenas dos años después, al toparse con otro golpista, éste triunfante:
Francisco Franco.
Carles
Puigdemont ha decidido que su caballería para dar la batalla en la calle
sea la CUP. Y ahí está su mayor error, porque él representa a un conjunto
interclasista, compuesto por gente que no le va a tolerar una inesperada
catástrofe económica, en la que su antecesor no llegó a pensar.
Companys no tenía que tener en cuenta ni
a Europa ni a la globalización. Le bastó para equivocarse con no tomar en
cuenta la potencia de España en Cataluña, que hoy en día es muy superior a la
de 1934.
Carles Puigdemont va a tener enfrente a
una fracción de su partido, y a millones de catalanes que no salieron a la
calle el día 3 ni votaron el 1-O.
Por eso el actual president no quiere elecciones. En lugar de
aprender de los errores de Companys ha decidido superarle.
Por suerte no se juega el cuello. Y
sigue sin llover.



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