Escrito por
La Redacción.
octubre 07, 2017
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Fueron grandes los estragos dejados
en Puerto Rico
por el huracán María.
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El
huracán, que aún tiene en vilo a Puerto Rico, puso al límite la resistencia de
ese pueblo acostumbrado a los embates de la naturaleza. Este es el testimonio
de un uruguayo que trabaja en un hotel frente al mar, donde la unión debió
hacer lo que ninguna estrategia consiguió: conservar la vida.
Por Dante Filosi*
SAN
JUAN.-
Cuando sonó el teléfono a las 3:22 de la mañana, llevaba una hora despierto con
la mirada fija en la ventana. A pesar de la oscuridad sabía que en esa
dirección estaba el peligro. La llamada daba inicio a la primera alerta: había
que comenzar por mover a los huéspedes hacia el escenario de resguardo del
hotel, mi lugar de trabajo. Esa noche, la razón divisoria entre la vida o la
muerte.
Por esos días nos reuníamos dos veces
cada jornada, a las 11 y a las 17, luego de los reportes oficiales, en un grupo
de trabajo al que denominamos hurricane strategy (estrategia para huracanes).
La localización del hotel, por estar frente al mar y mal protegida podía
asemejarse a un paredón de ejecución.
El huracán Irma sometió a la isla a la
primera prueba en esta temporada de huracanes que comenzaba tan puntual como
desafiante. Lo pasamos con daños menores, era mi primera experiencia en estos
fenómenos naturales y podría decir que el miedo se fue transformando esa noche
en experiencia, en errónea confianza y en inconsciente tranquilidad.
Irma finalmente no tuvo punto de
comparación con los desastres y devastación de María.
En el correr de esos días, entre un
huracán y el que se aproximaba, la gente recordaba una y otra vez la huella de
Hugo, que dos décadas atrás mostró lo furioso que puede ser un fenómeno
incontrolable y, por consecuencia, la ansiedad y nerviosismo que genera el
advenimiento de un monstruo que destruye todo lo que toca. Un antónimo Rey
Midas.
Quedó grabada en mi mente la noche
anterior, llegando a mi casa casi a media noche para tomar los recaudos que uno
debe para estas ocasiones y abrir la ventana para escuchar en los alrededores
martillos que fijaban chapas, taladros que aseguraban maderas, veredas con
personas cargando fardos de agua embotellada y linternas que presagiaban un
destino ineludible: la pérdida de luz eléctrica.
En mi trabajo ideamos tres escenarios de
refugio con distintas proyecciones de riesgo. Finalmente, con el huracán sobre
nosotros, llegamos al tercer y último resguardo. María exigió de nosotros la
máxima alerta y vivencia del peligro.
Recuerdo todo como escenas sin pausa de
una película que se repite una y otra vez, como si se empecinara en que mi
memoria no escape a ningún movimiento, sonido o imagen de aquella madrugada.
Al abrir la puerta de mi habitación me
topé de frente con un compañero de trabajo paralizado en el pasillo, que solo
atinó a decirme que retrocediéramos hacia el corredor de emergencia. La escena
era pavorosa.
Delante nuestro, separados por una
puerta de vidrio, un grupo de personas completamente mojadas y empujadas por el
viento hacían fuerza por colocar protección en un ventanal donde la intensidad
del huracán había destruido todo a pesar de las tormenteras y refuerzos que se
habían instalado. Los gritos y los movimientos ya me situaban en otra escala
del temor.
Recorrimos por pasajes internos del
hotel una serie interminable de escaleras, puertas de emergencia, corredores,
depósitos, bodegas y sótanos hasta llegar al lobby, donde compañeros
direccionaban huéspedes en grupos de familia o parejas, que abrazaban las
almohadas que habían alcanzado a rescatar bajo el pánico. Imaginaban que
lograrían dormir en algún rincón de resguardo.
Luego de esta primera imagen que era
como desparramar incontables piezas de un puzzle en una habitación a oscuras,
comenzó aquello que hace diferentes a los humanos en situaciones límite: la
unión.
Todos interpretamos un rol y aquellas
personas que nos miraban con pánico e incertidumbre nos cedieron
instintivamente el papel de líderes, de custodios.
Los minutos fueron avanzando, las horas
completando y la parte más despiadada de un huracán (el ojo) llegó promediando
las ocho de la mañana.
Los daños fueron en aumento, tuvimos que
trasladar a los huéspedes al segundo escenario y este comenzó a debilitarse por
el techo, cayeron plafones, apareció el agua, se intensificó el pánico.
Solución: ir al último escenario de resguardo por las escaleras de emergencia.
Tal era el número de personas que la fila llegaba hasta el décimo piso.
Las puertas del lobby protegidas por
materiales resistentes comenzaron a ceder, los vidrios a hincharse y las
miradas entre nosotros pedían respuestas unos a los otros para ver qué podíamos
idear y no sucumbir al peligro irreversible de ver entrar los pesados y
arrasadores vientos.
En ese momento tomamos unas sogas y decidimos
fijar las puertas a las columnas cercanas. Uno de nosotros, una persona ya
madura en edad y experiencia, se despegó por completo hacia un costado de la
fila de contención y al lograr un contacto visual, observarlo con los ojos
rojos de impotencia y temor, tomarse el rostro y perder por completo el control
de la realidad, verse superado por el pánico, aturdido por la furia de los
vientos y el sonido de lo que a su paso iba arrastrando, me nació apartarme de
la cadena humana y simplemente abrazarlo. Ese abrazo no lo olvidaré jamás, y
creo que él tampoco.
No es sencillo describir el miedo propio
midiéndolo con el ajeno, muchos lo procesan internamente y otros lo evidencian
en una mirada o un simple movimiento.
Las horas más críticas las vivimos entre
las ocho y las nueve de la mañana, cuando el ojo ya estaba sobre nosotros y los
límites de las precauciones tomadas hicieron frente al gesto más furioso de
María. Hubo partes que soportaron y otras que pusieron en riesgo tanto vidas
como espacios de resguardo.
Hoy, luego de dos semanas, quedan
anécdotas y testimonios del desastre, tareas de recuperación y voces que se
pronuncian sentenciando que este ha sido el peor huracán registrado en la isla.
Aún no hay luz, aún no hay agua, la ayuda no llega en tiempo y forma, la
población aumenta en ansiedad y desesperación, las señales gubernamentales no
parecen ser suficientes, y mientras tanto todo quiere volver a su cauce en un
terreno donde el huracán se llevó todo.
El agua embotellada se raciona, los
supermercados son custodiados con armas de alto alcance, las filas se extienden
por horas, las estaciones de combustible implican siete horas para llegar y ser
despachados con una cantidad limitada, los bancos se quedan sin efectivo, el
aeropuerto demora pasajeros por tiempos superiores a una semana, y todo lo que
antes era normal hoy es una incertidumbre al borde de un caos social.
Solo queda el esfuerzo interno y la
buena voluntad, autodenominarse voluntario y salir con motosierra a cortar los
árboles que obstruyen las rutas, tomar una escoba y guantes de cuero para
quitar los restos que arrastró a su paso el huracán, compartir energía, lograr
combustible para un hospital con pacientes dependientes de energía para seguir
respirando y, sobre todo, abandonar todo egoísmo para lograr observar alrededor
y entender que muy probablemente quien tengas a tu lado precisa más que tú ese
simple sorbo de agua potable.
Hay episodios que en el transcurso de la
vida de un ser marcan y generan una huella permanente en el tiempo, que puede
ser observada a la distancia como un perfilador indeleble de ese ser y su
realidad actual. Así sucedió con la irrupción de Irma, y después de María. Su
impacto generó heridas que luego el tiempo transformará en cicatrices visibles
o daños permanentes. Eso sí, nada vuelve a ser lo de antes.
*Dante Filosi es un uruguayo que lleva 18 años
fuera del país. Ha estado en Brasil, Estados Unidos, Colombia, entre otros, y
hace seis meses vive en San Juan, la capital de Puerto Rico. Trabaja en la
industria del turismo. El presente trabajo fue publicado por el periódico
español “El País”.


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