Escrito por
La Redacción.
agosto 07, 2017
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| Michel Temer |
BRASILIA.- Gracias a la mayoría oficialista en el
Parlamento brasileño, Michel Temer se ha salvado in extremis de
someterse a un juicio por corrupción que hubiera podido acarrear su
destitución, en caso de ser declarado culpable.
El
presidente brasileño está acusado de aceptar
sobornos a cambio de conceder favores políticos desde
2010. Unas prácticas que, según acreditan algunas grabaciones, habrían
continuado tras su llegada al poder.
Con
independencia de la suerte judicial del presidente brasileño, el hecho de que
su mandato esté salpicado por los escándalos refleja hasta qué
punto la corrupción se ha infiltrado como una gangrena estructural en el
sistema político brasileño.
Temer
asumió el cargo en mayo de 2016 de forma interina, tras la destitución de su
antecesora, Dilma Rousseff, por irregularidades. Tanto el proceso contra
Rousseff como la reciente condena de nueve años de cárcel para el también ex
presidente Lula da Silva revelan el latrocinio larvado durante años por el
Partido de los Trabajadores, lo que incluye no sólo la existencia de una
macrotrama alrededor de la compañía nacional Petrobras sino el falseamiento de
las cuentas públicas.
Es cierto que
los mandatos de la izquierda lograron una reducción notable de la brecha social
y de los índices de pobreza. Sin embargo, también condujo a este país al fango
como consecuencia de la mezcla de corrupción y abuso de poder de sus
principales dirigentes, lo que motivó las protestas sociales durante el Mundial
de 2014 y los JJOO de Río de 2016.
La
economía del otrora gigante latinoamericano, que llegó a crecer por encima del
7%, sigue en recesión. Y la inflación permanece desbocada.
La principal misión del centrista
Temer era devolver el crédito político y económico a Brasil. De momento, no lo ha conseguido,
aunque haya sorteado su procesamiento. (Este es el editorial del periódico El Mundo, del 6 de agosto de
2017).


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