Escrito por
La Redacción.
junio 26, 2017
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El presidente de
Estados Unidos, Donald
Trump, esta semana
durante un mitin.
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El acto en la Casa Blanca, que inauguró Jefferson en 1805, se mantuvo incluso tras el 11-S.
WASHINGTON.- Cuando
Donald Trump no se comunica por Twitter, lo hace por gestos. Sonoros y fáciles
de entender. Como el que lanzó este domingo a la comunidad musulmana al negarse
a asistir a la tradicional cena de fin del Ramadán.
Es la primera vez
en 20 años que un presidente deja de acoger esta cita oficial, a la que acudían
políticos, diplomáticos e importantes representantes del islam. Incluso tras
los atentados del 11-S, George W. Bush asistió para demostrar que el combate de
EE UU era contra el terrorismo y no la religión.
Como sustitutivo del acto, el mandatario republicano hizo público un escueto
comunicado lleno de buenas palabras.
"En nombre
del pueblo de Estados Unidos, Melania y yo enviamos calurosos saludos a los
musulmanes mientras celebran Eid al-Fitr. Durante estas fiestas recordamos la
importancia de la misericordia, compasión y la buena voluntad. Junto con los
musulmanes del mundo, Estados Unidos renueva su compromiso para honrar esos
valores”. Poco más.
La decisión de
romper con la cena, que se ofreció por primera vez en la Casa Blanca en 1805
con Thomas Jefferson, es entendida como una señal. El Ramadán, el mes de ayuno
musulmán, posee un enorme simbolismo.
Pese a ello, el
propio jefe de la diplomacia, Rex Tillerson, rechazó celebrar el ágape que
anualmente ofrecía su Departamento de Estado. Ahora le ha seguido el presidente
marcando una línea clara. “Es un mensaje de que los musulmanes no importamos
aquí. El presidente tiene tiempo para jugar al golf pero no para atender a
quienes le necesitan”, afirmó a Newsweek el imán Talib Sharif, de la
gran mezquita de Washington.
La acritud del
gesto ha traído a la memoria, aunque muy aplacada, la islamofobia original de
Trump. Cuando era candidato sostuvo públicamente que el islam odiaba a Estados
Unidos y pidió el “cierre total y completo” del país a los musulmanes.
Nada más llegar al
poder intentó poner en práctica sus descabelladas ideas con un veto migratorio
a siete países. Los jueces, tras una gigantesca movilización ciudadana, lo
paralizaron.
El varapalo y la necesidad
de sacar adelante sus planes en Oriente Medio moderaron su discurso y le
llevaron en Arabia Saudí, en su primera salida al extranjero, a lanzar un
“mensaje de amistad, esperanza y amor” a los musulmanes. Unas palabras que se
alejan ahora de los hechos.


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