Escrito por
La Redacción.
septiembre 14, 2017
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Lucía
Topolansky sustituye a Raúl Sendic, dimitido en medio de un escándalo político.
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Lucía
Topolansky, junto al presidente uruguayo,
Tabaré
Vázquez, en una imagen de 2015.
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Montevideo.- Cuentan
que cuando vieron a las hermanas Topolansky, recién detenidas, los militares
uruguayos no se lo podían creer: las temibles mellizas guerrilleras que
llenaban las páginas de la prensa afecta a la dictadura uruguaya (1973-1985)
eran menudas y frágiles. Las pocas fotos que hay de la época lo corroboran:
Lucía y María eran dos fieras con cara de niña.
Durante esos años, Lucía Topolansky,
quien se dispone a ocupar la vicepresidencia de Uruguay, fue para el público
una y doble: las sediciosas Topolanksy, que aparecían en los periódicos
rodeadas de ese halo que tienen las mujeres peligrosas, al igual que otra
guerrillera tupamara ya fallecida y algo olvidada, Yessie Macchi.
Ahora, la prensa,
mundial solo habla de Lucía, que además de sustituir al dimitido
Raúl Sendic en medio de un escándalo político, es mujer del
expresidente José Mujica y dirigente de amplia
trayectoria parlamentaria por derecho propio.
Pero el ascenso de la integrante del
Movimiento de Participación Popular (MPP) y senadora no ilusiona en Uruguay, ni
tan siquiera dentro de la izquierda de la coalición Frente Amplio (FA) que
incluye al MPP. La salida de Sendic ha supuesto un duro golpe para el relevo
generacional dentro del FA. Con Topolansky, de 72 años, la media de edad del
Gobierno uruguayo supera ampliamente los 60 años.
Además, colectivamente, la sociedad
uruguaya ha dejado de celebrar el giro de la historia que supone la llegada al
poder de aquellos que fueron detenidos y torturados durante la dictadura.
Durante su presidencia, José Mujica
abarcó todo el espacio que podía darse a una generación que luchó por las
armas, perdió una guerra y luego supo integrarse en el sistema democrático.
Con Mujica entraron a gobernar muchos
otros extupamaros, menos conocidos en el extranjero, que encarnaron esa
particularidad de la historia política uruguaya, que dejó espacio para los
vencidos.
Por eso, Lucía Topolansky no es para los
ciudadanos una exguerrillera, es ante todo la senadora de un partido
gubernamental desgastado y con tasas de aprobación popular históricamente
bajas.
Sin duda, la dirigente llega a la
vicepresidencia por mérito democrático, al ser la senadora más votada en las
elecciones de 2014, después de su marido, quien no puede acceder al cargo por
haber sido presidente.
Puede suponerse que la exguerrillera
tiene una fuerte voluntad de poder y que no ocupará un cargo simbólico a la
sombra del presidente Tabaré Vázquez.
Primero trató de ganar las elecciones
para ser Intendente de Montevideo en 2015 y después fue esquivando la dimisión
de su escaño que había prometido, públicamente, toda la vieja guardia del MPP,
con el objetivo de dejar un lugar a las nuevas generaciones.
Los analistas consideran que Topolansky
podría mejorar las relaciones del Gobierno con el Parlamento y facilitar la
labor legislativa, ya que el vicepresidente ocupa también la presidencia de la
Asamblea General. Si bien es cierto que las relaciones de su antecesor con la
oposición estaban cortadas, las dificultades del ejecutivo tienen que ver,
precisamente, con el MPP y su numeroso grupo parlamentario. Así que Topolansky
vendría a resolver un problema interno del Frente Amplio.
Esta mujer pequeña, de pelo corto,
vestida siempre de manera sencilla y que tanto recuerda a Michelle Bachelet o
Dilma Rousseff, está innegablemente comprometida con los sectores populares, y
como su marido, es de una austeridad ejemplar. Trabajadora tenaz y metódica, ha
huido del papel de víctima: superó un cáncer y, si sufrió las mismas torturas y
vejaciones que otras exguerrilleras, conoció el infierno y sobrevivió, al igual
que su hermana, que lleva una vida alejada de la opinión pública.
Pero Topolansky es también dogmática,
como muestra su apodo, La Tronca, palabra uruguaya difícil de traducir que
define a alguien duro, incluso obtuso. El relevo, en medio de la crisis que supone
la dimisión de Sendic, no es sinónimo de un nuevo impulso para el Gobierno
uruguayo.


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