Escrito por
La Redacción.
julio 29, 2017
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Reince Priebus había sido insultado por el director de
comunicaciones. Su caída acaba con el último representante del establishment
republicano en la Casa Blanca.
WASHINGTON.-
Por
Twitter y sin compasión. Donald Trump mostró su lado más feroz y dejó
caer a su jefe de Gabinete, Reince Priebu, justo al día siguiente de que
fuera insultado por el director de Comunicación, Antony Scaramuc.
En su lugar, el presidente de Estados
Unidos ha elegido a uno de sus generales preferidos: el actual secretario de
Seguridad Interior, John Kelly, un exmarine implacable con
la inmigración y las deportaciones. La caída de Priebus, tras la salida del anterior
portavoz, Sean Spicer, acaba con el principal representante del establishment republicano en la Casa Blanca y presagia
una radicalización aún mayor de la política de Trump.
Vuelo libre.- Donald Trump no está sujeto a más regla que sus instintos. Al bajar
del Air Force One, procedente de Nueva York, lanzó
otra de sus demoledoras series de tuis. Esta vez, el resultado fue una crisis
en la línea de flotación del Gobierno. El cargo de jefe de gabinete es uno de
los puestos más delicados de Washington, casi equivalente a un primer ministro.
Tiene acceso libre al Despacho Oval y está en la alquimia de las grandes
operaciones.
Pese al enorme poder que
acumulaba, Priebus, de 44 años, no había cuajado en el vertiginoso equipo de
Trump y llevaba tiempo en la cuerda floja. De talante moderado y poco dado a
los focos, se había enfrentado por la política de comunicación al yerno del
presidente, Jared Kushner, y sobre todo no había conseguido los apoyos
republicanos que se esperaban de él. Los continuos fracasos en la tramitación
de la reforma sanitaria, que culminaron la madrugada del viernes con un sonoro
descalabro, habían debilitado enormemente su posición.
A todo ello se añadía la sospecha, nunca demostrada,
de que Priebus, con fluidas relaciones en los medios, era uno de los
filtradores de secretos de la Casa Blanca. Fue Anthony Scaramucci quien aireó
públicamente esta semana las acusaciones, al tiempo que le consideraba un
cadáver político y le insultaba en una conversación con un periodista.
La prepotencia y degradación que mostraban estas
palabras sacudieron Washington. Nadie las defendió, pero lejos de mediar o
sancionar al ambicioso Scaramucci, el presidente fue más allá y por Twitter
decidió deshacerse del hombre que durante años le abrió puertas en el Partido
Republicano.
Priebus era de los pocos colaboradores cercanos de
Trump que procedían del mundo de la política clásica. Desde 2010 había
presidido el Comité Nacional Republicano, una especie de secretaría general del
partido, y se había distinguido por su capacidad de recaudación. Cuando emergió
el fenómeno Trump, no fue el primero en apoyarle, pero supo ganarse su
confianza y se volvió el hombre puente entre el vertiginoso multimillonario y
la aristocracia republicana, especialmente la del Congreso, con cuyo speaker, Paul Ryan, mantenía una estrecha
amistad. Obsesionado por acabar con el “pantano de Washington”, Trump nunca le
tuvo en su círculo más íntimo. En privado le llamaba Reincey y no
dudaba en recordarle lo mucho que tardó en sumarse a su causa. Pero fue la
gestión lo que más degradó la relación.
A ojos del presidente, Priebus no logró controlar las
dispersas huestes republicanas en el Congreso. Tampoco la elección como
portavoz de Sean Spicer agradó nunca a Trump. Creía que no daba el tono
e incluso criticaba su vestimenta. La erosión se precipitó cuando la semana
anterior, el mandatario designó a Scaramucci, un antiguo tiburón financiero de
Wall Street sin experiencia política alguna, como director de Comunicación de
la Casa Blanca. El nombramiento provocó la dimisión fulminante de Spicer. Pero
quien había quedado en entredicho era el propio Priebus. A nadie se le ocultaba
que ambos eran viejos enemigos y que con la entrada de Scaramucci, el jefe de
gabinete se veía obligado a ceder a un adversario una de las áreas clave del
Gobierno.
La crisis se precipitó este jueves cuando
trascendieron los insultos del director de Comunicación a Priebus. La
agresividad del ataque hacía inminente una resolución. Ayer ambos implicados
subieron con el presidente al Air Force Onerumbo a Nueva York. De regreso, Priebus
había dejado el cargo. "He dimitido. Es bueno un cambio", dijo. No
dio más detalles.
En su lugar Trump eligió a su general preferido, John
Kelly, un marine de larga experiencia y especialista en América Latina. Como
secretario de Seguridad Interna, su inflexibilidad en temas de inmigración y
deportación le habían ganado un lugar preferencial en la Casa Blanca. La
confianza del presidente, fascinado por los entorchados, era evidente en
cualquier reunión. No sólo le dedicaba las mejores palabras sino que siempre
que podía se acercaba a mostrarle su agradecimiento.
Kelly, un militar adusto y de pocas palabras, entronca con el
ideal castrense de Trump. Ha sido
responsable de la prisión de Guantánamo, fue jefe del Comando Sur y es un
convencido de la lucha sin cuartel contra el terrorismo. Un perfil bien
distinto del pactista Priebus y con el que Trump quiere endurecer aún más la
Casa Blanca.


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