Escrito por
La Redacción.
junio 11, 2017
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El respaldo de Donald Trump al
frente anti iraní liderado por Arabia Saudí ha avivado las tensiones regionales.
Teherán.- La
maraña de conflictos que se extiende por Oriente Próximo se ha complicado aún
más esta semana con el doble atentado que ha sacudido Teherán y la ruidosa
fractura del frente anti iraní por la disputa diplomática entre las monarquías
de la península arábiga.
Aunque los dos sucesos no están relacionados de forma
directa, se producen en medio de las crecientes tensiones entre las dos
potencias regionales, Irán y Arabia Saudí, que ha reforzado el respaldo de
Donald Trump al Reino del Desierto. De no rebajarse, la crisis amenaza con
alterar el precario equilibrio de poder, y no de forma pacífica.
El inusual ataque terrorista en la capital de Irán está firmado por el
autodenominado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). Sin embargo,
uno de los pilares del régimen iraní, la Guardia Revolucionaria (Pasdarán),
responsabilizó a Arabia Saudí y prometió venganza.
Las implicaciones son graves
porque ambos países, que tradicionalmente han rivalizado por el liderazgo geoestratégico en
la región, se encuentran enfrentados en todos los conflictos de la zona de
Siria a Yemen, pasando por Libia, Líbano, Palestina, Irak y Bahréin. Dada la
creciente animadversión de sus dirigentes, la menor chispa puede transformar en
una guerra abierta la que hasta ahora están librando por interposición de
aliados locales.
Aunque tanto la
monarquía absoluta saudí como el ISIS siguen una versión igualmente
intransigente del islam suní, la repetida afirmación de Irán, una teocracia
chií, de que ese grupo terrorista está a las órdenes de Riad carece de
fundamento. El reino también ha sido objeto de varios atentados del mismo.
Para
las autoridades saudíes es la intromisión iraní en las comunidades chiíes de
los países árabes la que da alas a los extremistas violentos. Pero las causas
de esa animosidad no están en los arcanos de la religión sino en
acontecimientos políticos recientes.
Basta repasar lo
ocurrido desde el año 2000 para comprender el cambio de tornas que se ha
producido en torno al golfo Pérsico y que ha acabado con el ostracismo
internacional en el que Irán se encontraba desde la revolución de 1979. El
siglo empezó con los atentados del 11-S, que sacudieron las relaciones de EE UU
con Arabia Saudí (15 de los 19 terroristas eran saudíes) y abrieron el debate
sobre la influencia de la interpretación saudí del islam (wahabismo).
Siguieron
las cuestionables intervenciones de Washington en Afganistán y en Irak, que
libraron a Teherán de sus dos principales enemigos, además de abrirle la puerta
a su expansión regional.
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Una terraza en Doha este fin de semana.
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Barack Obama
llegó a la presidencia de EE UU cuando un Irán crecido bajo el Gobierno de Mahmud
Ahmadineyad aspiraba a convertirse en una potencia atómica. Pero en lugar de bombardearlo
como le pedían los dirigentes de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unido (EAU),
promovió el acuerdo nuclear. Para Riad y Abu Dhabi fue un golpe bajo que
condonaba un comportamiento intolerable y pasaba por alto los muchos desmanes
de su rival. La decepción saudí coincidió con el relevo en la corona y el
inusual poder que el nuevo rey, Salmán, ha concedido a su hijo, el joven
príncipe Mohamed.
Bajo su batuta,
Arabia Saudí ha emprendido una política exterior mucho más agresiva que le ha
llevado a intervenir en Yemen y lanzarse a liderar el mundo musulmán, no
de la forma teórica en que hasta ahora el reino se erigía en custodio de los
Santos Lugares, sino como cabeza de una alianza suní a la que incluso quiere
dotar de un Ejército.
Algunos analistas ven en estos ambiciosos proyectos, que
no todos sus vecinos comparten, una huida adelante ante los retos de mantener
una monarquía absoluta en el siglo XXI.
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Tal es el
contexto en el que Arabia Saudí y Emiratos Árabes han decidido arrinconar a Qatar,
con el corte de relaciones y el cierre de fronteras, desatando la crisis más
grave entre las petromonarquías desde la invasión iraquí de Kuwait en
1990. El pretexto de las supuestas declaraciones del emir, reiteradamente
desmentidas por Doha, suscita un amplio escepticismo tanto en medios
diplomáticos como entre los académicos independientes.
También hay coincidencia
en que la visita de Donald Trump a Riad actuó de desencadenante.
Pero no fue el
presidente norteamericano quien dividió a las monarquías de la península
Arábiga. A pesar de su asociación en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG),
sus desacuerdos son varios y vienen de lejos. Sin embargo, al alinearse sin
fisuras con el relato saudí de que Irán es el responsable de todos los males de
la región y la fuente del terrorismo global, Trump dio alas a Riad para acallar
cualquier disidencia en su vecindario.
Y Qatar, con su apoyo a los Hermanos
Musulmanes, sus simpatías hacia las revueltas árabes y su disposición a hablar
con dios y con el diablo al mismo tiempo, mostraba una independencia política,
más molesta aún por el eco que le dan la cadena catarí Al Jazeera y otros
medios de su propiedad.
“En lo que
respecta a financiar a grupos cercanos al ISIS o Al Qaeda en Siria, o a tratar
con Israel, los cataríes no están haciendo nada muy diferente del resto”,
coinciden varias fuentes. “Tampoco es particularmente proiraní; sólo hay que
mirar a Dubái para ver que se trata de una acusación cínica”, añaden.
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“La actual disputa
no tiene nada que ver con la financiación del terrorismo o la ideología
radical, y mucho menos con ninguna inclinación oficial de Qatar hacia Irán”,
defiende por su parte Wadah Khanfar, impulsor del HuffPost Arabi que,
como la cadena Al Jazeera de la que fue el primer director general, se
encuentra en el punto de mira de Arabia Saudí y sus aliados.
En su opinión, las
medidas contra Qatar están dirigidas “contra los valores de la primavera árabe”
por parte de unos regímenes que, tras “décadas de suprimir las libertades y
violar los derechos humanos han dado oxígeno a los grupos yihadistas”.
Sea cual fuere el
objetivo de Arabia Saudí y sus aliados, de momento están consiguiendo lo
contrario de lo declarado. Al arrinconar a Qatar le están empujando en brazos
de Irán, que ya le ha ofrecido sus puertos y el envío de alimentos. También se
han ganado la condena de Turquía, la otra potencia regional suní. Eso es música
celestial para Teherán que ve como la crisis ha socavado el CCG, debilitado los
intentos de establecer un frente antiiraní y tal vez mine la cooperación
turco-saudí en apoyo de los rebeldes suníes en Siria.





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