Escrito por
La Redacción.
junio 10, 2017
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El exdirector del FBI James Comey jura ante el Comité
de Inteligencia del
Senado, el pasado jueves.
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El exdirector del FBI, humillado e insultado por Trump, ha decidido devolver el golpe. Esta es la historia de un funcionario respetado y obsesionado por la integridad.
WASHINGTON.- El
presidente George W. Bush había citado en
el comedor privado de la Casa Blanca a un tipo duro. Sentado en una silla que
le quedaba pequeña, ese hombre de 2,03 metros se negaba a autorizar por su
flagrante ilegalidad el programa de escuchas indiscriminadas Viento Estelar.
Y su firma era necesaria.
Incapacitado el
fiscal general por enfermedad, era él, su adjunto, quien dirigía el
Departamento de Justicia. El vicepresidente, Dick Cheney, ya le había explicado la
situación: si no había autorización, morirían americanos y la sangre correría a
cuenta de él. Bush, con menos rudeza, le repitió el argumento.
Cuando ya estaba
todo dicho, recuerda el biógrafo Garrett Graff, el fiscal miró a su anfitrión y
sin alterarse le respondió: “Como dijo Martin
Luther King: aquí me planto. No puedo
hacer otra cosa”.
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Bush, en primer plano,
y Cheney.
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Así es James Brien Comey.- El hombre que hace temblar a los presidentes. El
mismo que 13 años después de enfrentarse a Bush y Cheney ha puesto contra las
cuerdas a Donald Trump con su testimonio ante el Comité de Inteligencia del
Senado. Sólo y sin papeles, el destituido director del FBI ejerció este jueves
de último guardián de la legalidad.
Acusó al
presidente de mentir y difamar, denunció las presiones para desactivar la investigación de la trama rusa, pero sobre todo reveló al mundo el modo de operar del multimillonario.
Las artes oscuras que el presidente le exhibió en tres reuniones privadas y seis conversaciones. El propio Comey, en un estilo cinematográfico, las ha
relatado al Senado. El presidente lo niega todo.
27 de enero de
2017. Trump le había llamado para invitarle a cenar a la Casa Blanca. Comey
creyó que iba a acudir más gente. Pero cuando llegó, le hicieron pasar al Salón
Verde y le sentaron en una pequeña mesa oval. Dos asistentes de la Marina eran
los únicos testigos. Servían y desaparecían. En esa intimidad, el presidente le
preguntó si quería seguir como director del FBI y le recordó que era un puesto
que muchos ambicionaban.
Comey entendió el
mensaje: “Mis instintos me dijeron que esa cena buscaba establecer una relación
clientelar. Eso me preocupó mucho, dada la independencia del FBI”. Para salir
del apuro, le habló de su carácter apolítico, pero el comandante en jefe
insistió. “Necesito lealtad. Espero lealtad”.
Las cartas habían
quedado sobre la mesa. “No me moví ni hablé o mudé mi expresión facial durante
el embarazoso silencio que siguió. Simplemente nos miramos el uno al otro”.
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Trump en el Despacho
Oval.
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Ese fue el
comienzo.- En las horas, semanas y meses siguientes, Trump no dejó de
presionarle. Bajo un atmósfera asfixiante, el director del FBI, siempre según
su relato, se sintió sucesivamente “asombrado, confuso, turbado”. Pidió ayuda a
su superior, el fiscal general, y le comunicó que no quería volver a verse con
el presidente a solas. Pero todo siguió igual, hasta que el pasado 9 de mayo fue despedido. Una medida extraordinaria que sólo había ocurrido una vez antes en la
historia del FBI. Como remate, Trump le llamó públicamente demente y fanfarrón,
y su portavoz declaró que ni en el FBI le querían.
“Trump erró por
completo, Comey es un hombre capaz de expresar sus sentimientos en voz alta y
que cautiva a sus agentes por empatía, pero no es un siervo; es un curtidísimo
fiscal y jefe de agentes federales. No es político. Con él no funcionan los
insultos y amenazas”, explica un alto funcionario de seguridad que le trató en
la época de Barack Obama y que pide mantenerse en el anonimato.
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James Comey y su
familia.
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Humillado, Comey
sacó su lado duro.- A sus 56 años, casado y con cinco hijos, no pensaba dejarse
pisotear. Había luchado contra la mafia, perseguido abusos racistas,
investigado al presidente Bill Clinton y encarado a Bush. Fue fiscal federal en
Nueva York y fiscal general adjunto de Estados Unidos. Su apabullante
trayectoria le había permitido, pese a figurar como elector republicano, ser
escogido en 2013 por Barack Obama para dirigir el FBI. “Para él, la integridad
lo es todo”, señala su biógrafo y amigo Garret Graff.
Pasó entonces al
ataque. Como buen agente y experto conocedor del tablero de Washington, había
tomado nota de todas sus conversaciones con Trump, y empezó a filtrarlas. Las
detonaciones sacudieron la Casa Blanca. Se volvió su enemigo número uno. No era
la primera vez.
Sus mayores
problemas siempre han procedido del trato con los políticos. Ahí se ha mostrado
torpe. Su decisión de reabrir el caso de los correos privados de Hillary
Clinton a solo 11 días de las elecciones para cerrarlo poco después, cuando el
daño ya estaba hecho, aún levanta ampollas en las filas demócratas. Comey ha
defendido que lo hizo porque era su deber. Y que ocultarlo habría sido
traicionar la confianza pública. “A veces es un poco boyscout”, dice un buen
conocedor de Comey.
Esa rectitud es
una de sus características. Se trata de un hombre pétreo; altivo para muchos.
Quienes le conocen vinculan esta inflexibilidad a sus sentimientos religiosos.
Aunque nació en el seno de una familia católica irlandesa, pronto se hizo
evangelista e influido por el teólogo Reinhold Niebuhr escribió su tesis: Los
cristianos en política. Bajo esa luz, el debate entre el poder y la
integridad siempre le ha perseguido, pero nunca le ha anulado. Como enemigo es
peligroso. Sus conocidos recuerdan que sabe dónde lleva el arma. Y si es
necesario la usa. Con Trump han sido sus notas, esos memorandos que amenazan
con abrir un proceso de impeachment. Con Bush, el puñal fue otro.
Ocurrió al final
de aquella conversación en el comedor privado. Cuando el presidente volvió a
pedirle que aprobará la orden de escuchas masivas, Comey se inclinó y le dijo:
“Si lo hace, debe saber que el director del FBI dimitirá hoy mismo”. Bush
parpadeó. Nadie se lo había dicho. Pero no tardó en darse cuenta de que era lo
mejor que podía hacer. Ante la crisis que se le abría, decidió ceder.
El director del
FBI en aquellas fechas era el legendario e
implacable Robert Mueller. El amigo y
mentor de Comey. El mismo que ahora ha sido elegido fiscal especial para
investigar la trama rusa y cuyo poder representa la mayor amenaza para la
presidencia de Trump.
"Si hay alguien con mejor reputación que Comey, es
Mueller y este no va a parar", señala el alto cargo en seguridad. “Y que
nadie piense que Comey se va a retirar del escenario. Él y Mueller han
trabajado muchos años juntos y confían plenamente uno en el otro”, indica
Graff. La Casa Blanca, con Comey y Mueller, tiene un problema. Saben
disparar y no les tiembla el pulso.






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