Escrito por
La Redacción.
junio 14, 2017
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El presidente francés, Emmanuel Macron,
a las puertas del palacio del Elíseo.
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Gracias
al sistema electoral y a la abstención, muy pocos votos dan enorme poder.
PARÍS.- Si
la situación francesa pudiera resumirse en un anuncio por palabras, rezaría
así: “Se busca oposición, no
importa que sea de izquierdas o derechas, con tal de que haga de contrapeso”.
El país
siente un poco de vértigo ante la marea
del macronismo y sobre todo al cotejar el apoyo real recibido con
el resultado práctico de una hegemonía apabullante.
En la primera vuelta de las
legislativas celebradas el domingo, el movimiento de Macron (REM)
recibió 6,4 millones de votos, sobre un censo de 45 millones; es decir, el
15,3% del voto del censo.
No hubo progreso, sino retroceso: en la primera
vuelta de las presidenciales, el 23 de abril, Macron obtuvo más de dos millones
más de votos que el domingo.
Y con esa tercera parte de la mitad del voto,
gracias a la enorme abstención (51%) y al sistema mayoritario, recibirá el
domingo que viene alrededor del 80% de los escaños de la Asamblea Nacional. La
conclusión es evidente: la próxima asamblea no reflejará la realidad del país.
Pero ¿es Macron el culpable?
Ni es
culpable, ni es algo nuevo. En 1993 y en el 2002, sin ir más lejos, la mayoría
fue igual de aplastante. Cuando François Hollande ganó en el 2012, además de
una sólida mayoría en la Asamblea, tenía mayoría en el Senado, en las regiones
y en los municipios. Más que Macron. La diferencia es la ausencia, o extrema
debilidad, de la oposición que ya se vislumbra.
80
por ciento.-
Con 6,4 millones de votos, más de dos millones menos que en abril, Macron
tendrá el 80% de los escaños.
El Partido
Socialista ha confirmado su evaporación con el peor resultado de su historia y
sin líderes capaces de resolver su entuerto. Los millones de votos del Frente
Nacional se traducirán quizá en dos o tres escaños y está por ver si la
izquierda (Francia Insumisa) logra formar un pequeño grupo parlamentario.
El
responsable de todo esto es el sistema electoral francés, concebido en 1958
para un hombre excepcional, el general De Gaulle, en una época excepcional. Lo
de ahora es tan manifiestamente injusto que el propio Macron quiere reformarlo,
introduciendo en el sistema “una dosis de proporcionalidad”. Pero esa reforma
no es prioritaria; no se acometerá hasta el 2018.
A los más
de 400 diputados (sobre un total de 577) pronosticados para el macronismo en la
final del próximo domingo, hay que sumar el centenar de diputados atribuidos al
partido conservador Los Republicanos, muchos de los cuales apoyarán con su voto
las políticas de recortes de Macron.
Además de
los exmiembros de ese partido que hoy son ministros de Macron (la economía está
en sus manos y el primer ministro también viene de ahí), hay toda una serie de
diputados de Los Republicanos que han sido comprados por el macronismo, por el
procedimiento de no oponerles candidatos de REM en su circunscripción.
Apoyo
republicano.-
A los más de 400 escaños pronosticados, se sumará el apoyo de muchos diputados
de Los Republicanos.
“Somos
bastantes los que pensamos que no se puede estar en una oposición sistemática
al Gobierno”, dice Franck Riester, uno de ellos.
El
fenómeno también se da en el Partido Socialista: el ex primer ministro Manuel
Valls y la exministra de Sanidad Marisol Touraine se han beneficiado del mismo
trato y se han clasificado para la segunda vuelta, pero si el PS ya es un
cadáver, Los Republicanos aún conservan peso. Aunque también han registrado su
peor resultado en la V República y carezcan de un líder potente de futuro que
les saque de la crisis, la polémica que les divide ante Macron –oposición
frontal o constructiva– puede debilitarlos aún más.
“Hay un
peligro de partido único”, clama la presidenta conservadora de Île-de-France,
Valérie Pecrese. “Las fracturas de la sociedad no han desaparecido ni se han
borrado”, advierte el líder del partido, François Baroin.
Estas
declaraciones no impresionan al Gobierno: “Pese a la abstención ha habido un
apoyo al presidente”, dice el primer ministro, Édouard Philippe.


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