Escrito por
La Redacción.
junio 02, 2017
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Zinedine Zidane llega
al hotel de Cardiff
antes de la final
contra la Juventus.
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Quizá nuestra afición no pueda competir con la de ellos, pero en el terreno de juego probablemente no exista equipo más cruel que el Real Madrid.
MADRID.- Cada
vez que he estado en Turín, y son bastantes, me ha sorprendido que en algún
momento un camarero, un taxista, un empleado de hotel juventinos hayan hecho
mención cruel del accidente aéreo que, hace más de seis décadas, costó la vida
a la plantilla del mítico Torino de la época, el eterno rival ciudadano de la Juventus.
“Lástima que no se
repita más a menudo lo de Superga”, dicen, por ejemplo, en referencia al lugar
de las afueras donde se estrelló el avión. El Torino, además, desde entonces,
no le ha arrebatado nada a la Juve, equipo predominante no sólo en Turín, sino
en Italia entera. Por eso es el más querido y el más odiado, como seguramente
lo es el Madrid en España.
Los dos, en todo
caso, son arrogantes e insaciables. Pero los madridistas no manifestamos esa
crueldad hacia nuestro adversario capitalino, yo creo que ni siquiera hacia el
Barça (con la salvedad de los forofos más cortos de luces).
Esos juventinos que
se ceban con el más débil dan miedo. Cada vez que pronuncian la palabra
“Superga” con satisfacción, un escalofrío me recorre la espalda, parecido al
que me provocaban los cánticos de algunos colchoneros contra Mijatovic cuando
éste jugaba en el Madrid. Marcó el gol de la victoria en la Final de 1998,
precisamente contra la Juventus de Zidane, y tenía un niño enfermo.
Una parte
del Calderón le cantaba: “Mijatovic, tu hijo se va a morir”. Pero al menos el
Atleti sí tiene motivos para guardarle rencor al Madrid, y además van en
aumento. Con la presente, son ya tres las temporadas recientes en que el
segundo ha privado al primero de ser campeón de Europa.
El Torino, ya
digo, no ha privado de nada a la Juve. Tal vez sea por eso por lo que un
madridista veteranísimo como yo teme a este último equipo. Pero, al hacer
memoria, descubro que ese temor es muy antiguo; extrañamente se remonta a mi
infancia, durante la cual sólo hubo un enfrentamiento entre el Madrid de Di
Stéfano y la Juventus del feroz Omar Sívori.
Hubo que recurrir a un tercer
partido de desempate en París (no había penaltis entonces) para dilucidar cuál
pasaba a semifinales, y quizá tanta incertidumbre se nos hizo insoportable a
los niños merengues. Lo ganó el Madrid 3-1, como también la mencionada Final de
la Séptima. Y no obstante…
La Juventus de
este año es temible. En 180 minutos el Barça de Messi no pudo marcarle un gol,
y recibió tres -tres- de un conjunto italiano, los cuales nunca se han
distinguido por su juego de ataque ni por sus goleadas, si exceptuamos al Milán
de Sacchi. En la actual Copa de Europa (así la llamo yo siempre), sólo ha
encajado tres en doce encuentros disputados. Su extraordinario portero Buffon
nunca ha ganado ese título, y no le quedan muchas oportunidades, por edad.
En
la Juve militan un ex-barcelonista, Alves, y un ex-madridista, Higuaín, y esos
dos pasados resultan peligrosos para el Madrid, por razones diferentes que
convergen en una Final. El Madrid es el actual campeón y la Juve no lo es desde
hace más de veinte años, luego las hambres están descompensadas y los italianos
guardan más graves agravios.
Lo único que puede
“salvar” al Madrid es lo que, si uno visita Turín, parecen dominar los
juventinos, la crueldad. Quizá nuestra afición no pueda competir con la de
ellos, pero en el terreno de juego probablemente no exista equipo más cruel que
el Real Madrid. ¿Acaso no es crueldad empatar una Final cuando se la daba por
perdida, o ganarla en los penaltis? ¿Arrebatársela repetidamente al mismo
adversario? ¿Eliminar al tercer equipo cruel de Europa, el Bayern Múnich, en
dos ocasiones casi consecutivas? ¿Resucitar cuando ya se está muerto, para
clavar un aguijón?
El Madrid, curiosamente, se ha reacostumbrado a estas
hazañas (“putadas”, las llamarían los rivales con razón) desde que cuenta con
el entrenador con menos apariencia de cruel: Zidane habla suave y como pidiendo
permiso, con una sonrisa permanente en los labios; es amable y educado, con un
punto de candor que desarma hasta al reportero más venenoso.
Casi ha hecho
olvidar que también es un hombre justiciero, capaz de tirar por la borda un
Campeonato del Mundo de selecciones por defender su honor personal, algo tan
anticuado que mucha gente de hoy desconoce hasta la palabra “honor”. La
Juventus sabe que el Madrid tiende a ganar las finales de esta competición. Si
además recuerda el famoso cabezazo de Zidane a Materazzi, deberá ser ella la
que se eche a temblar.


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