Escrito por
La Redacción.
junio 30, 2017
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Gente con maletas pasando entre soldados
por el
puente internacional Simón Bolívar en
Cúcuta, Colombia.
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20.000 venezolanos atraviesan todos los
días los más de 2.000 kilómetros de frontera entre Colombia y Venezuela para
escapar de la escasez.
CÚCUTA, COLOMBIA.- Estamos a 300 metros del Puente Simón Bolívar, en Cúcuta, una de las
fronteras más fotografiadas de América Latina, donde incluso las venezolanas venden su pelo
al mejor postor.
La adrenalina que
derrama, como todos los pasos fronterizos, no puede esconder la realidad: los
venezolanos son hoy los parias de América. El gota a gota migratorio del año
pasado se ha convertido en las últimas semanas en un diluvio incontenible.
Esta ciudad
colombiana es paradigma de una tragedia, el espejo donde se miran miles y miles
de criollos que llegan a sus calles desesperados y hambrientos. "Estoy
admirada, las bodegas están aquí llenas de alimentos, es una bendición",
exclama una mujer que apura su comida en la Casa de Paso abierta por la Iglesia
Católica hace tres semanas.
La mujer no acaba de llegar de otra galaxia;
viene de Venezuela, el país
bendecido con las mayores reservas de petróleo del planeta, las más grandes de
oro del continente y las terceras de gas y coltán.
"Estamos en
zozobra y caminamos hacia el caos", resume el padre Hugo Suárez. El
comedor que ofrecía una comida al mes ha pasado a llenarse todos los días,
dependiendo de donaciones y de solidaridad.
El día que más
consiguieron se ofrecieron 1.700 almuerzos, con una media en estas semanas de
500 diarios. Gente de paso, que come y se va. Los que llegan al día siguiente
son nuevos.
Alexandra Medina
tiene 18 años, los mismos que la revolución bolivariana. Está sentada en una
mediana de la calle, cabizbaja, intentando esconder su tristeza. Pero en cuanto
comienza a hablar de su tierra, Punto Fijo, península situada a casi 800 km.,
recobra su estado natural. Y su sonrisa. Allá, en su Venezuela natal, comenzó
este año a estudiar Psicología; ahora vende botellas de
agua en la calle.
A pocos metros
vigila su novio, Juan Carlos Mejía, de la misma edad, que limpia los cristales
de los vehículos. Lleva una moneda metida en su oreja, llamando a la fortuna.
Una parejita de
novios arrastrada por el vértigo venezolano, que ha pasado de ir al cine los
viernes a agarrarse como pueden a la vida en su nueva marginalidad. "No
volveré hasta que Venezuela vuelva a ser como antes. Es mejor sufrir aquí que
pasar hambre allá", sentencia la chica.
Alexandra y Juan
Carlos son solo dos entre miles de venezolanos que se mueven en las calles
cucuteñas buscando fortuna. Venden piruletas y refrescos, lavan carros, hacen
malabarismos o buscan desesperadamente algún trabajo informal en un país que
exige tener los papeles en regla. Las más atrevidas, o las más desesperadas, también
venden su cuerpo.
Los desheredados de la revolución caminan las
calles sin rumbo definido, ni
siquiera saben las exigencias legales y las dificultades que van a encontrar.
Como Juan Manuel Sánchez, que era chef internacional, y Jaiker Salas, estilista
en Yaracuy. Como Félix Sánchez, operador de buques de la Armada, y Eneida
Oviedo, técnica de laboratorio.
No existen
estadísticas fiables de cuántos venezolanos malviven hoy en la frontera, pero
el representante colombiano en la OEA aseguró la semana pasada que 20.000 venezolanos
atraviesan todos los días los más de 2.000 kilómetros de frontera
entre los dos países.
La mayoría regresa
a las horas o a los días, tras comprar los alimentos que no encuentran en su
país. Pero varios miles se quedan en Colombia y al menos un 20% de ellos, los
más desesperados, lo hacen en Cúcuta. Investigadores aseguran que en Colombia ya viven al
menos un millón de venezolanos.
En el infierno
siempre hay ángeles. Como el padre Hugo junto a la frontera o el padre
Francesco Bortignom en las comunas 6 y 7, donde ya se han instalado cientos de
venezolanos en sus favelas. O como el hispano-venezolano Gustavo Contreras,
sangre canaria, y el caraqueño Eduardo Espinel. Hace unos meses abrieron el
restaurante Don Cachapa, consulado paralelo al que se acercan sus paisanos.
Dos días a la semana reparten comida a un
centenar de compatriotas. Esta
noche tocan espaguetis. Pero antes de empezar a comer, se recuerda a los
muertos en las protestas. Y todos ellos, emocionados, cantan el himno. El mismo
que dice abajo cadenas, muera la opresión...


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