Escrito por
La Redacción.
junio 14, 2017
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El fiscal general de Estados
Unidos, Jeff Sessions,
durante su
comparecencia en el Senado.
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Jeff Sessions rechaza ante el Senado
revelar las conversaciones con el presidente sobre el caso.
WASHINGTON.-
Ni
Donald Trump ni la Casa Blanca. Ni siquiera el Kremlin. El objetivo último y
casi único de la declaración este martes ante el Comité de Inteligencia del
Senado del fiscal general de Estados Unidos, Jeff Sessions, fue él mismo.
Salir vivo,
evitar la colusión, justificar su continuidad. Nervioso, a veces irritado, en
muchas ocasiones reiterativo, el fiscal general trató de sortear el campo
minado de la trama rusa con silencios y versiones oficiales denostadas por el
propio Trump. “Cualquier sugerencia de que estuve implicado es una detestable y
abominable mentira”, clamó.
Avance
cero.-
Sessions no ofreció ningún dato revelador. Sólo reforzó el perímetro defensivo.
Uno tras otro fue devolviendo los balones a los senadores republicanos y
demócratas. No intervino en las investigaciones de la trama rusa.
No mantuvo una
tercera reunión con el embajador Sergéi Kislyak. No celebró encuentros con
representantes del Kremlin. No, no, no. El fiscal general se parapetó en su
inocencia y en su rechazo a revelar detalles de sus conversaciones con el
presidente. “Que hable él”, llegó a decir.
La vertiginosa
película vivida por la Casa Blanca en los últimos meses pasó por delante de sus
ojos como si no tuviera que ver con el fiscal general. Dio igual que fuera el
despido del director del FBI, James Comey, o las explosivas investigaciones
sobre los posibles vínculos del equipo electoral de Trump con los ciberataques
del Kremlin a la candidata demócrata Hillary Clinton. Todo le quedaba lejos.
Y en las
ocasiones en que decidió dar explicaciones lo hizo recurriendo a la versión
oficial ya conocida. Fue el caso de la caída de Comey. Ahí volvió a insistir en
que se debió a su errática conducta en el asunto de los correos de Clinton,
pese a que el propio presidente ya ha reconocido públicamente que se debió a la
trama rusa.
Otro tanto sucedió
con su ocultamiento al Senado de sus dos reuniones con el embajador ruso y con
su posterior recusación en las indagaciones de la trama rusa. Insistió en que
su inhabilitación no implicaba ninguna sombra de sospecha, sólo que estaba
legalmente contaminado por haber participado en las elecciones como asesor de
Trump.
“Y las reuniones
con Kislyak no las oculté, solo que no las cité porque, en el contexto [de los
ciberataques], se me preguntó si mantenía reuniones regulares con cargos rusos,
y mis encuentros no tenían nada que ver con eso”, afirmó.
Sus respuestas
tuvieron una acogida tibia. Tras la comparecencia el jueves pasado del
exdirector del FBI, quien acusó al presidente de intentar torpedear la
investigación, las dudas sobre el caso se habían multiplicado. Y Sessions, con
su muro defensivo, no ayudó a aclararlas.
Ante el bloqueo,
los republicanos evitaron insistir, y los demócratas mostraron su incredulidad.
No entendieron que callara sus conversaciones con el presidente.
“Su silencio dice
mucho”, sentenció el senador Martin Heinrich, confirmando lo que todos en
Washington saben: que Sessions es una figura en declive. En menos de cinco
meses ha sufrido una de las mayores abrasiones del Gabinete. El mismo
presidente se ha distanciado de él y su capacidad de maniobra resulta muy
limitada.
En marzo, tras la
caída del consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, el veneno de la trama
rusa le alcanzó de lleno. Tras su recusación, el fiscal general adjunto Rod J.
Rosenstein quedó al cargo de las investigaciones y de despachar sobre este
asunto con el director del FBI.
Cuando este fue
destituido a cajas destempladas por el presidente, Rosenstein tampoco resistió
la presión. Ante la ola de desprestigio que amenazaba con aplastarle, dio un
paso histórico: nombró fiscal especial del caso al implacable Robert Mueller,
director del FBI de 2001 a 2013.
Todo ello abrió
una inmensa brecha entre Sessions y Trump. El hombre que debía ser el baluarte
del presidente se había vuelto su eslabón más débil. No sólo estaba
inhabilitado en todo lo concerniente a la trama rusa, sino que había permitido
que se abriesen las puertas a un fiscal especial dispuesto a llegar hasta el fondo
del asunto.
La crisis entre
ambos llegó al punto de que el fiscal general ofreció su dimisión. No le fue
aceptada. Pero una vieja amistad había quedado malherida. Este martes, Sessions
intentó salvarla.


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