Escrito por
La Redacción.
junio 01, 2017
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Donald Trump, este
jueves en la Casa Blanca.
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El presidente da un giro aislacionista y abandona la lucha contra uno de los desafíos más inquietantes de la humanidad.
WASHINGTON.- Estados Unidos ha dejado de ser un aliado del planeta. Este jueves, Donald Trump dio rienda a sus impulsos más radicales y decidió romper con el “debilitante, desventajoso e injusto” Acuerdo de París contra el cambio climático.
La retirada del pacto firmado por 195 países marca una divisoria histórica. Con la salida, el presidente de la nación más poderosa del mundo no sólo da la espalda a la ciencia, ahonda la fractura con Europa y menoscaba su propio liderazgo, sino que ante uno de los más inquietantes desafíos de la humanidad, abandona la lucha. La era Trump, oscura y vertiginosa, se acelera.
La señal es
inequívoca. Tras haber rechazado el Acuerdo del Pacífico (TPP) e impuesto una
negociación a bayoneta calada con México y Canadá en el Tratado de Libre
Comercio, el presidente ha abierto la puerta que tantos temían. De nada sirvió
la presión de Naciones Unidas o la Unión Europea, ni de gigantes energéticos
como Exxon, General Electric o Chevron. Ni siquiera el grito unánime de la
comunidad científica ha sido escuchado. Trump puso la lupa en los “intereses
nacionales” y consumó el giro aislacionista frente a un acuerdo refrendado por
todo el planeta, excepto Nicaragua y Siria.
“He cumplido una
tras otra mis promesas. La economía ha crecido y esto solo ha empezado. No
vamos a perder empleos. Por la gente de este país salimos del acuerdo. Estoy
dispuesto a renegociar otro favorable para Estados Unidos, pero que sea justo
para sus trabajadores, contribuyentes y empresas. Es hora de poner a
Youngstown, Detroit y Pittsburgh por delante de París”, clamó Trump.
Es la doctrina de América
Primero. Ese programa, mezcla de patriotismo económico y xenofobia, que
contra todo pronóstico le hizo ganar la Casa Blanca. A esta amalgama apela
Trump cada vez que ve peligrar su estabilidad.
Como ahora. Acosado por el
escándalo de la trama rusa, sometido a la presión de las encuestas, vapuleado
por los grandes medios progresistas ha lanzado un directo al mundo con la
esperanza de encontrar el aplauso de sus votantes más fieles, la masa blanca y
empobrecida que culpa a la globalización de todos sus males. “Fui elegido para
representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París. No se puede poner a
los trabajadores ante el riesgo de perder sus empleos. No podemos estar en
permanente desventaja”, afirmó Trump.
La ruptura es
crucial, pero no representa una sorpresa. Pese a que EEUU es el segundo emisor
global de gases de efecto invernadero, Trump siempre se ha mostrado reacio al
Acuerdo de París. En numerosas ocasiones ha negado que el aumento de las
temperaturas se deba a la mano del hombre. Incluso se ha burlado de ello.
“Acepto que el cambio climático esté causando algunos problemas: nos hace
gastar miles de millones de dólares en desarrollar tecnologías que no
necesitamos”, ha escrito en América lisiada, su libro programático.
Pero más que el
rechazo al consenso científico, lo que realmente movió hoy a Trump fue el
cálculo económico. En su discurso el pacto se convirtió en un mero acuerdo
comercial. Injusto y peligroso para EEUU. Una barrera burocrática que, a su
juicio, impide la libre expansión industrial y que sólo ofrece ventajas
competitivas a China e India. “Este acuerdo tiene poco que ver con el clima y
más con otros países sacando ventaja de Estados Unidos.
Es un castigo para
EEUU. China puede subir sus emisiones, frente a las restricciones que nos hemos
impuesto. E India puede doblar su producción de carbón. Este pacto debilita la
economía estadounidense, redistribuye nuestra riqueza fuera y no nos permite
utilizar todos nuestros recursos energéticos”, remachó.
Tomada la
decisión, la salida es fácil, aunque técnicamente lenta. A diferencia del
Protocolo de Kioto, que abandonó George W. Bush en 2001, el Acuerdo de París no
es vinculante. No ha sido ratificado por el Senado y carece de penalizaciones.
Su aglutinante es el compromiso. En este marco, cada país es libre de decidir
su propio camino a la hora de recortar emisiones de gases de efecto
invernadero. Lo importante es evitar que a finales de siglo la temperatura
mundial supere en dos grados el nivel preindustrial (ahora mismo ya ha
aumentado 1,1º).
Para lograrlo,
Barack Obama ofreció reducir las emisiones de EEUU entre un 26% y 28% para 2025
respecto a los niveles de 2005. Pero las medidas que puso en marcha ya
han sido frenadas por Trump. En cuatro meses de mandato ha firmado 14 órdenes
ejecutivas destinadas a desmantelarlas y ha situado a la cabeza de la
influyente Agencia de Protección Ambiental a Scott Pruitt, considerado un
caballo de Troya de la industria más contaminante. Pruitt siempre ha rechazado
que el hombre sea causante del cambio climático y, como fiscal general de
Oklahoma, llegó a demandar 14 veces a la agencia que ahora dirige siguiendo las
directrices de las grandes compañías petroleras y eléctricas.
La retirada del
Acuerdo de París representa la victoria del Trump más retrógrado y de sus asesores
más radicales, los forjadores de la doctrina del patriotismo económico. En esta
batalla, el estratega jefe, Steve Bannon; el consejero de Comercio, Peter
Navarro, y el propio Pruitt, han doblado la mano a los que se oponían: a Ivanka
Trump; a su marido, Jared Kushner; al secretario de Energía, Rick Perry, y al
de Estado, Rex Tillerson, antiguo director ejecutivo de Exxon, una compañía que
hasta el último momento ha pedido que EEUU se mantenga en el pacto.
El pulso ha sido
largo y penoso. Ha sufrido continuos aplazamientos, y Trump no ha parado de
oscilar. Fiel a su estilo, el presidente ha mantenido todos los platillos en el
aire hasta el último momento. Ha consultado, presionado y preguntado. Al final,
se ha decidido por aquello que le dictaba el interés más inmediato. La
supervivencia electoral.
En este vuelco, el
largo plazo y los objetivos estratégicos han quedado malparados. Estados Unidos
retrocede en su capacidad de liderazgo y abandona un espacio privilegiado que
China, el mayor emisor global, ya ha señalado que quiere ocupar. No sólo es que
Washington fomente la deserción de otros países o que golpee en el hígado a la
ciencia, sino que frente a uno de los mayores retos del planeta, tira la
toalla. Con Trump en la Casa Blanca, el mundo está más solo.


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