Escrito por
La Redacción.
junio 09, 2017
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Richard Branson y Barack
Obama,
en un barco cerca de la
isla privada del empresario.
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Desde que dejó la Casa Blanca, Obama se pasea en yates de millonarios y ha aceptado dar conferencias pagadas por fondos de inversión. Desde el frente demócrata temen que esto dañe la imagen del partido.
WASHINGTON.- Después
de dejar la Casa Blanca, a Barack Obama se le ha visto disfrutar de un deporte
que como presidente se le había vetado por el riesgo que supone, el kitesurf, y
dedicarse a algo que como gobernante también tenía prohibido: ganar mucho
dinero y muy rápido.
Hace unas semanas
se hizo público que un fondo de inversión llamado Cantor Fitzgerald le pagará
400.000 dólares por dar una conferencia sobre sanidad el próximo mes de
septiembre. Poco antes, se supo que él y su esposa, Michelle, habían vendido
sus memorias por unos 61 millones de dólares (55 millones de euros), según el
Financial Times y otros medios, aunque donarán una parte a su fundación.
Algunos
republicanos le han criticado, pero también los sectores más progresistas de su
partido le han afeado los cobros millonarios por discursos. “El presidente
Obama es un ciudadano normal ahora y puede hacer lo que quiera, pero me parece
desafortunado. El expresidente de Goldman Sachs es el consejero económico de
Donald Trump, y entonces ves esto, me parece desafortunado”, dijo Bernie
Sanders, rival de Hillary Clinton en las primarias demócratas. “Muestra el
poder de Wall Street y la influencia de las grandes fortunas en política”,
lamentó. Al ser preguntada sobre este asunto, la senadora de Massachusetts Elizabeth
Warren, referente de los demócratas y azote del sector financiero, respondió
con un lacónico “me preocupa”.
Estos gestos de
Obama no benefician a los demócratas, que se enfrentan a un reto clave:
conseguir que su partido vuelva a ser visto como el de la clase media y
recuperar el voto de muchos obreros y jóvenes millennials que rechazaron a
Hillary Clinton por considerarla amiga de Wall Street, puro establishment.
Lo cierto es que
la moda de discutir sobre las ganancias de expresidentes la inauguró Gerald
Ford (el primero en facturar a placer por conferencias y entrar en consejos de
administración) y se mantuvo con otros muchos, como Bush y Clinton (el caché de
Bill se dice que rondaba los 200.000 dólares y el de Bush hijo oscilaba entre
los 100.000 y los 200.000 al dejar la Casa Blanca).
Pero una polémica
especialmente señalada en la hemeroteca es la de Ronald Reagan. El actor,
considerado como uno de los mejores gobernantes de la historia de EE UU, dio la
campanada cuando en 1989, pocos meses después de dejar la presidencia, se fue
de viaje durante nueve días por Japón, invitado por el Gobierno nipón, con el
patrocinio de un grupo de comunicación llamado Fujisankei. Esta empresa le pagó
dos millones de dólares (de los de entonces) por conceder entrevistas a algunos
periódicos y cadenas de televisión.
La guinda fue que esta gira tuvo lugar en
un momento de tensión económica entre Japón y Estados Unidos. Según una crónica
de la época de The New York Times, Reagan no tuvo problemas en tachar de
“hipócritas” los recelos de algunos estadounidenses hacia las grandes
inversiones niponas.
Así que Obama
parece seguir el patrón de otros expresidentes. Pero es precisamente ahí donde
reside la sorpresa para muchos: que un jefe de Estado tan excepcional en
ciertos aspectos se parezca tanto a sus antecesores en este tema. Los
presidentes de EE UU tienen garantizada una vida acomodada cuando dejan el
cargo: cobran una generosa pensión vitalicia (actualmente de 207.000 dólares
anuales) que se fijó en los años cincuenta después de que Harry Truman se
quedara, tras salir de la Casa Blanca, con una pensión del Ejército de 112
dólares al mes como único ingreso. Truman, que regresó a vivir a su modesta
casa de Misuri, rechazó jugosas ofertas para trabajar como consultor o lobista,
aunque vendió los derechos de sus memorias a la revista Life. “Nunca me
prestaría a una transacción que, aunque respetable, mercantilizase el prestigio
de la presidencia”, dijo.
Entonces había
unos estándares que no existen ahora”, admite el historiador Mark Updegrove,
autor de Second Acts. Lives and legacies after the White House (Segundos actos.
Vidas y legados después de la Casa Blanca). El experto explica que la moda de
los expresidentes conferenciantes fue creciendo “a medida que ha crecido la
globalización y el peso de EE UU en el mundo”. Updegrove defiende a Obama:
“Entiendo que Truman no quisiera que pareciera que comerciaba con la
presidencia, pero no creo que cobrar un honorario lo sea”, dice. “No veo
contradicción entre señalar la desigualdad y al mismo tiempo aceptar esas
cantidades de dinero; además, vamos a ver a Obama volcarse en buenas obras a
través de su instituto y de su biblioteca, le veremos devolver mucho más dinero
del que se queda”, sostiene el historiador.
A Hillary Clinton
sus cachés de unos 200.000 dólares como conferenciante le persiguieron durante
toda la campaña electoral. La diferencia con Obama es que él no tiene intención
de presentarse a ningún cargo político y se libra, así, de la sospecha de que
esos pagos generosos puedan traducirse en leyes más favorables para, por
ejemplo, la banca. Pese a todo, que un gran fondo de inversión le pague el
equivalente a un buen salario de todo un año por hora y media de conferencia es
la quintaesencia de los excesos del mundo financiero que Obama ha criticado.
Ni la pobreza da
carta de pureza progresista ni ganar dinero inhabilita a alguien para arengar
contra la desigualdad, pero no hay duda de que las fotografías a bordo de yates
de millonarios y la química especial que Obama muestra con ellos se incluirán
en la lista de las contradicciones del expresidente.
Los estándares han
cambiado mucho desde la época de Truman. Gerald Ford se saltó el tabú y el
resto de expresidentes han seguido sus pasos. Obama, simplemente, parece que ha
optado por no romper con esto.


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