Escrito por
La Redacción.
mayo 28, 2017
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Donald Trump, junto al
rey Salmán
y el presidente
egipcio, A Sisi.
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El presidente de Estados Unidos exhibe complicidad con líderes de Oriente Próximo y fricciones con los europeos.
Sigonella, Italia.- La primera gira internacional de Donald Trump ha dado
para acuerdos multimillonarios, revolcones a la tradicional diplomacia
americana y un rosario de extravagancias: desde su participación en una danza
de sables en Arabia Saudí a su maleducado empujón al primer ministro de
Montenegro en Bruselas, pasando por un singular apretón de manos con el nuevo
presidente francés, Emmanuel Macron, que le prolongó hasta parecer un duelo.
Aquello hizo fortuna entre los traductores de gestos: el político de moda en
Europa plantándole cara al nuevo poli malo americano.
Se interprete por gestos o en los discursos, en este viaje de una semana se
presentó el Donald Trump más conocido, el hombre que usa el mismo insulto
—“perdedor”— para un asesino yihadista que para un periodista impertinente o
que al visitar el Museo del Holocausto en Jerusalén se despide con un cándido:
“¡Qué increíble!”. El pragmatismo desplegado en Riad, donde no mencionó los
derechos humanos, la escasa complicidad mostrada en Europa y el complejo de
paganini con la OTAN cumplieron con el guion trumpista, sin descafeinar. La
primera gira del presidente republicano, pese a lo gaseoso de sus mensajes,
confirma el giro en la política exterior de EE UU.
Hay
quien no ve giro, sencillamente política. El viernes, precisamente durante el
G7 en Italia, murió Zbigniew Brzezinski, el consejero de Seguridad Nacional con
Jimmy Carter y, junto a Henry Kissinger, uno de esos últimos sabios de la
Guerra Fría. “¿Tiene América política exterior ahora mismo?”, se había
preguntado en su cuenta de Twitter a primeros de febrero. Dos meses después, en
su último tuit, lo veía más claro y no le gustaba: “Un liderazgo estadounidense
sofisticado en la condición sine qua non para un orden mundial estable. Sin
embargo, no tenemos lo primero y lo segundo está empeorando”.
En
la OTAN y el G7 cristalizó el choque de trenes. A los Estados de la Alianza
Atlántica les afeó su escasa contribución —23 de 28 miembros dedican menos del
2% al gasto militar— y no les ratificó de forma explícita su compromiso con el
artículo 5 del tratado, el que establece que un ataque contra un integrante de
ese grupo es considerado como un ataque contra todos y que se ha invocado una
sola vez en la historia: en los atentados del 11-S. Y al grupo de los siete en
la ciudad siciliana de Taormina los dejó como al G20 del pasado abril en
Washington, sin saber aún a qué atenerse en comercio o cambio climático.
Más tensión.- “Los líderes europeos se quejaban a veces de que Obama
era demasiado frío y no se tomaba las cumbres europeas en serio, pero Trump ha
generado hostilidad con sus aliados”, opina Richard Gowan, experto del Consejo
Europeo de Relaciones Exteriores. “Francia y Alemania no tienen los recursos
militares para reemplazar a EE UU, pero en términos políticos muchos de los
líderes europeos van a mirar a la alianza Macron-Merkel como directriz para
navegar en la era Trump”, añade.
Al
comenzar el viaje, Julian Zelizer, profesor de Princeton, vaticinaba que Trump
podría tener “cierto éxito si saca provecho de esa faceta de negociador, de
impulsor de tratos”, si bien resultaría difícil “cambiar la conversación
dominante [sobre la trama rusa] dentro de unos días en función de que salgan
nuevas revelaciones”. El viernes, con la gira casi concluida, Zelizer concluía
que Trump “no ha cometido errores enormes, pero ha agravado las tensiones con
la OTAN, un asunto clave que seguirá su curso, y se ha visto en el disparadero
por las [nuevas] filtraciones”.
El
Trump negociador se impuso en la primera parte del periplo. Firmó en Riad el
que sería el mayor contrato de venta de armamento de la historia estadounidense
—110.000 millones de dólares, unos 98.380 millones de euros— y sentó las bases
para pactos comerciales por otros 270.000 millones. Enterró el discurso de
Barack Obama, quien ocho años atrás en El Cairo reclamó reformas democráticas,
y dijo ante líderes religiosos cosas como que “nuestras hijas pueden contribuir
tanto a la sociedad como nuestros hijos”. El presidente, quien un año antes
hablaba de prohibir la entrada de musulmanes en EE UU y llegó a decir: “El
islam nos odia”, defendió ante un público formado principalmente por autócratas
“avanzar a través de la seguridad y la estabilidad, no mediante radicales
rupturas”.
En
Jerusalén rompió otro tabú como primer presidente en visitar el Muro de las
Lamentaciones y llegó a Europa para entrar en combustión. “Su comportamiento en
Europa ha agravado la desconfianza hacia él de los expertos en política
internacional. Quizá piensa que, más allá de Washington, sus partidarios
admirarán el trato duro que ha dispensado a los europeos”, apunta Gowan.
Si
Obama se afanaba en su legado internacional, Trump usa la política exterior en
clave doméstica. Necesitará esa y otras armas. Partió asediado por la
investigación de la trama rusa y regresa con una bomba informativa que apunta a
su yerno, Jared Kushner, quien podría haber tratado de abrir un canal de
comunicación confidencial con el Kremlin, algo que Zbigniew Brzezinski, dentro
de su estupefacción, difícilmente podría haber imaginado.


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