Escrito por
La Redacción.
mayo 29, 2017
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Decenas de indígenas guaraos han acampado bajo
un
viaducto cerca de la estación terminal de
autobuses
de la ciudad brasileña de Manaos.
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Los indígenas venezolanos de la etnia guarao atraviesan por centenares la frontera con Brasil, en el Amazonas, en busca de trabajo.
Pacaraima, Brasil.- Es una escena que resume, tal vez, la tragedia humana de la Venezuela de
Nicolás Maduro... Un centenar de indígenas
de la etnia guarao, procedentes del delta del río Orinoco, en el
Caribe, 700 kilómetros más al norte, están acampados junto a la terminal de
autobús de Pacaraima, en el lado brasileño
de la frontera venezolana. Las prendas de ropa de toda la familia
están amontonadas en el suelo.
Las cenizas de un fuego donde se preparó una
magra cena la noche anterior vuelan con el viento. Las madres ofrecen collares
hechos de semillas mientras dan de mamar a bebés de aspecto enfermizo. Los
taxis colectivos salen cada media hora para Boa Vista, a dos horas de
distancia. Pero esos venezolanos, pescadores y campesinos, no tienen con qué
pagar el billete.
Los guaraos
constituyen una parte importante de los venezolanos que han huido de Venezuela para buscarse la vida en Brasil. Su calvario se cita en los
llamamientos de la oposición a que el Senado en Washington apruebe ayuda
humanitaria estadounidense. Las fotos sacadas a los niños indígenas mientras
juegan en la basura del puesto fronterizo brasileño o piden comida a los
transeúntes se han convertido en la prueba –irrefutable quizás– de la crueldad
del Gobierno.
Los guarao acampados en la frontera de Pacaraima aspiran a llegar a Manaos,
donde ya hay 400 de ellos
Pero siempre
sorprende la compleja realidad venezolana.
“Nosotros somos
chavistas al 100%, somos revolucionarios, no queremos a la oposición”, dice
Marcelino, el portavoz treintañero de los refugiados de los guarao. “El
presidente Chávez nos ayudó mucho; nos dio motores para las embarcaciones y
viviendas de madera, nos pusieron las misiones; reconoció nuestro terreno.
Vivíamos bien hasta el 2013: pescábamos, cultivábamos morocoto (un tubérculo),
podíamos movernos en barco por el delta para comprar herramientas como hachas y
machetes para tumbar el palo o motosierras”, explica. “Pero ahora estamos pasando
hambre; el CLAP (el programa estatal de suministro de alimentos esenciales) son
dos kilos de arroz y dos paquetes de espaguetis y no alcanza”. Pese a ello, “no
hemos hablado mal del presidente Maduro”, añade. Los otros refugiados guarao,
que no hablan bien el castellano, asienten con la cabeza.
Entonces, ¿a quién
hay que echar la culpa de la situación desastrosa en la que se encuentran los
guarao? “Al gobernador de nuestro estado y los alcaldes de nuestros municipios;
no nos ayudan nada”, dice en referencia al gobernador del estado del delta,
Amacuro Lizeta Hernández; el alcalde del municipio de Tucupita, Alexi González,
y Digna Sucre, la alcaldesa del pueblo Antonio Díaz. Forzados a gestionar una grave
crisis de escasez en ese estado remoto, donde reside la mayor parte de los
guarao, estos políticos han sido blanco de críticas por corrupción.
Sucre hasta
fue secuestrada por sus propios funcionarios. Para remover aún más la versión
en blanco y negro de la crisis venezolana que se disemina desde los dos lados
de las barricadas, los tres políticos odiados por los guarao chavistas son
todos del Partido Socialista Unificado de Venezuelal (PSUV) el partido de
Chávez y Maduro.
Los guarao
acampados en la frontera dicen que su plan es desplazarse en autobús o por
otros medios a Boa Vista y luego intentar llegar a Manaos, la gran metrópoli en
la selva amazónica donde ya están instalados casi 400 refugiados de la misma
etnia... “El real vale mucho más que el bolívar, así que ganaremos dinero y
luego regresaremos al delta en seis meses”, dijo Marcelino.
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Miembros de la población indígena guarao
del delta
del Orinoco, en el este de Venezuela,
comparten casa
en Manaus, Brasil.
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Pero Manaos, aun
resintiéndose de la gran recesión brasileña, y tras un aumento del paro nacional
en un solo año de 11 a 14 millones, no será un destino fácil. En una carretera
secundaria en el estado brasileño de Roraima, un hombre que hace autostop dice
que viene de Manaos, a 850 kilómetros de distancia. “No hay trabajo; demasiada
gente está llegando”, dijo.
Los indígenas venezolanos –más de
50 comunidades distintas en todo el país– han desempeñado un papel importante
en la narrativa de la crisis venezolana. El mes pasado los medios nacionales e
internacionales se desplazaron a Puerto Ayacucho, capital del estado de
Amazonas, para una cita imprescindible. Liborio Guarulla, el gobernador del
estado más remoto de Venezuela, que tiene una sola carretera, había anunciado
que dedicaría una maldición chamánica a Maduro en una ceremonia pública.
Vestido con la corona de plumas de la etnia baniwa, mayoritaria en el estado y
en su asamblea, Guarulla echó nubes de polvo al aire, mediante una serie de
soplos teatrales. “Voy a convocar a mis ancestros, a mis chamanes, para que la
maldición del dabucurí caiga sobre esa gente que ha tratado de hacernos
maldad”, recitó mientras agitaba unas maracas.
El gobernador
Guarulla, de la etnia baniwa, lanzó una maldición chamánica contra Maduro
Abogado exchavista
de 62 años que lleva 16 en el poder en Amazonas, Guarulla es un adversario
formidable del Gobierno de Maduro y un aliado sin precio de la oposición. Ha
denunciado la supuesta complicidad de Maduro con la guerrilla colombiana en el
estado de Amazonas, colindante con Colombia y Brasil. El año pasado, el
Gobierno de Caracas contraatacó.
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Una enfermera consuela a un niño guarao
tras
suministrarle una vacuna contra la gripe.
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Tras descubrir presuntos indicios de
corrupción y compra de votos en las elecciones anteriores, suspendió a Guarulla
y sus colaboradores, lo cual forzó la suspensión de las elecciones a gobernador
y alcalde en todo el país, programadas para octubre del 2016. La oposición
denunció una represalia por las actividades antigubernamentales de Guarulla que
ha servido además para evitar elecciones regionales, cuyo resultado habría sido
seguramente desastroso para el poder. El Gobierno acaba de anunciar que las
elecciones se celebrarán en diciembre de este año.
Gracias a la
maldición chamánica y una serie de manifestaciones a las que los baniwa
asistían en su atuendo ceremonial, Garulla se convirtió en una estrella
internacional de la resistencia contra la llamada dictadura venezolana. Junto a
las imágenes de los guarao refugiados en Brasil, se proyectó al mundo una
imagen del pueblo indígena como víctima de y luchadora contra el Gobierno.
Sin embargo, al
igual que en el caso de los guarao acampados en Paracaima, no es aconsejable
sacar conclusiones muy definitivas cuando se trata de un pueblo tan diverso
como el indígena en Venezuela. La etnia pemón en el estado de Bolívar, vecino
del de Amazonas, por ejemplo, no parecían identificarse demasiado ni con los
guarao refugiados en Brasil ni con los baniwa del gobernador.
“Una mujer de
Puerto Ayacucho me pidió dinero; yo le dije: “Señora, ¿por que no busca
trabajo? Quieren vivir de los regalos del Gobierno”, dice Ruth, madre de
familia, que vive en una comunidad cerca de Santa Elena, en la frontera con
Brasil. Allí, gracias al turismo en la Gran Sabana y la minería de oro, los indígenas
pemón viven bastan bien.
“Con los créditos que nos da el Gobierno, construimos;
mi marido trabaja con la madera, y yo vendo la salsa del bachaco”, añade,
enseñado un bote de líquido color naranja oscuro con tropezones. La referencia
no es al mercado negro de los llamados bachaqueros (contrabandistas) sino a las
grandes hormigas –bachacos– de la sabana de las que los pemón hacen la salsa
catara, tan picante que le hace a uno llorar.




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