Escrito por
La Redacción.
octubre 18, 2015
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PARÍS, FRANCIA.- Las iniciativas proliferan para “medir mejor” la riqueza de las naciones, pero de momento nada consigue suplantar al PIB, considerado por muchos como “desfasado” y sin embargo muy usado por gobiernos, un tema que forma parte de la obra del nuevo nobel de Economía, Angus Deaton.
Sin proponer otra forma de medición, el economista británico-estadounidense
ha reflexionado sobre los límites del Producto Interno Bruto para evaluar el
bienestar de las personas, para ser ajustado analizando datos individuales
incorporando también medias globales.
Este enfoque no cuantitativo lo llevó a integrar la
“Comisión Stiglitz”, formada en 2008 a instancias del entonces presidente
francés Nicolas Sarkozy, para definir parámetros de progreso diferentes de PIB.
“El PIB pone el acento sobre la cantidad y no sobre la
calidad. Es un indicador que corresponde al periodo productivista de los
treinta gloriosos (el periodo de posguerra)”, y dice poco sobre el bienestar de
las personas, estima el sociólogo francés Dominique Meda, miembro del Foro para
Otros Indicadores Alternativos de Riqueza (Fair).
Pese a las críticas, el PIB, ideado en 1934 por otro
premio nobel, Simon Kuznets, “se ha convertido en una especie de tótem, en
particular porque evalúa el crecimiento, algo que es determinante en nuestras
sociedades”, sostiene Meda.
“El PIB es hoy mucho más que un simple instrumento de
medida”, asegura Dirk Philipsen, economista en la universidad estadounidense de
Duke (Estados Unidos) y autor de un libro sobre el tema.
“Se ha convertido en un fin en sí, en la definición
misma de lo que es la economía”, asegura
Pero desde hace años arrecian las críticas contra este
indicador, acusado por algunos de reflejar de forma “inadaptada”, “incompleta”
o “burda” la actividad económica de los países.
Principal reproche: el PIB, que mide el valor de los
bienes y servicios producidos en un período determinado, sólo toma en cuenta
las transacciones mercantiles, pero no las actividades no monetarias como el
trabajo voluntario o doméstico, que contribuyen a la calidad de vida de los
habitantes. Además, no integra el impacto, a menudo nefasto, de las actividades
de producción para la sociedad.
Según ese método, si se destruye un bosque milenario
para vender madera, se crea valor comercial y se incrementa el PIB, pese a los
efectos negativos en el medio ambiente. Más absurdo aún: si una marea negra
afecta al litoral, se genera actividad para limpiarlo, lo que estimula el
crecimiento y hace subir el PIB.
“El PIB está inadaptado a los desafíos del siglo XXI,
que son la ecología y las desigualdades. Es una brújula falseada”, opina Eloi
Laurent, del Observatorio Francés de Coyunturas Económicas (OFCE).
Métodos alternativos
Para sortear estas lagunas, varios expertos han ideado
instrumentos “alternativos” que toman en cuenta dimensiones sociales,
culturales o medioambientales para evaluar la riqueza.
Uno de los primeros en hacerlo fue el economista indio
Amartya Sen, premio Nobel 1998 y creador del Índice de Desarrollo Humano (IDH),
utilizado en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que
combina tres criterios: ingreso por habitante, educación y esperanza de vida.
En los años 2000 se crearon otros indicadores, como el
índice de bienestar económico (IBE) o el índice de mejor vida (IMV), sin
olvidar el famoso “Felicidad Nacional Bruta” (FNB), elaborado por el pequeño reino
de Bután.
Sin embargo, el PIB sigue presente, lo que Philipsen
explica por la “inercia”, pero también “la falta de voluntad política”, ya que
indicadores alternativos pueden amenazar a instituciones políticas existentes.
Para Meda, el problema es que no hay un acuerdo sobre
qué indicadores son los que cuentan.
Sin embargo, Laurent constata hay una evolución.
“Hoy no hay ningún dirigente del planeta que se fie
únicamente del PIB. La gente se da cuenta que crecer un 10% si un 75% del agua
está contaminada y el aire es irrespirable, no tiene sentido”, afirma.
“El PIB perderá progresivamente importancia”,
pronostica el economista francés Jacques Attali, que lanzó en 2013 el “índice
de positividad”, que evalúa el compromiso de los países hacia sus generaciones
futuras.
Aunque cree que este proceso va a ser lento.
“El PIB tardó 30 años en imponerse. Es normal que
otros indicadores tarden en emerger”, observa.


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