Escrito por
La Redacción.
septiembre 24, 2015
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Mirna
Santos, viuda del líder estudiantil, lamenta que los autores intelectuales del
sangriento asesinato no hayan sido juzgados.
SANTO DOMINGO.- Mirna Santos revive el terror que
sintió una mañana como la de este jueves, hace 45 años, cuando agentes del
Servicio Secreto de la Policía Nacional penetraron hasta su casa en busca de su
esposo, el dirigente del Movimiento Popular Dominicano, Amín Abel Hasbún.
Embarazada, pensó que aquel sería su último día cuando
los perpetradores subieron las escaleras de su casa.
La época se caracterizaba por el autoritarismo. “Todos
sentimos temor. Era un despliegue de fuerzas terribles y estábamos solos”.
Se refiere a ella, el pequeño Ernesto y su esposo,
quien momentos después sería asesinado con un tiro de gracia de un revólver
calibre 45.
“Eran muchos. Estaba rodeada la manzana completa”,
recuerda la viuda, quien define el asesinato de su esposo, que en ese entonces
tenía 28 años, como una “gran tragedia humana”, producto de su firme oposición
al régimen de Joaquín Balaguer.
Concuerda con la opinión de muchos historiadores de
que el detonante para que se decidiera desaparecer físicamente a Abel Hasbún,
quien había sido presidente de la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED),
fue el secuestro del coronel Donald J. Crowley, agregado militar de la Embajada
de los Estados Unidos, para exigir la liberación de más de una veintena de
presos políticos, entre los que se encontraba Maximiliano Gómez, “El Moreno”,
secretario general del Movimiento Popular Dominicano (MPD).
“Ellos entendían que Amín había sido el ideólogo”
junto a Otto Morales, manifiesta Santos, durante una visita a la tumba de su
pareja al Cementerio Nacional de la Máximo Gómez en compañía de su hijo menor,
quien nació tres meses después del asesinato del líder revolucionario y que
lleva el mismo nombre que su progenitor. También asistieron diversos dirigentes
de los movimientos de izquierda dominicanos.
Narra que se sintieron impotentes e indefensos, pues
en su casa no contaban con teléfonos ni armas.
El disparo en la cabeza, aquel jueves 24 de septiembre
de 1970, Día de Nuestra Señora de las Mercedes, tomó por sorpresa al joven
Amín, sin tiempo para defenderse, y que su afanosa vida de intelectual y
revolucionario culminó con una bala en la cabeza que tiñó de sangre las
escaleras de su casa, la número 339 de la calle Francisco Henríquez y Carvajal.
Santos lamenta que los autores intelectuales del
sangriento asesinato no hayan sido juzgados.


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