
Por Leonel Fernández
Santo Domingo.- A principios del
pasado mes de junio, varios vuelos se retrasaron en el Aeropuerto Internacional
de las Américas, a causa de una interrupción del servicio eléctrico, cuya causa
fue atribuida a la ocurrencia de un incendio.
Hay que suponer lo que significa un apagón en un aeropuerto internacional en pleno siglo XXI. Es como para causar pánico, además de dejar en quienes visitan al país una sensación de subdesarrollo, atraso y caos.
Peor aún es cuando se investiga la razón
del fenómeno. Por un lado, la empresa que administra la terminal aérea señaló
que se debió a un conato de incendio, vinculado a la afectación de unos cables
aéreos fuera de la terminal.
Por su lado, la empresa que suple la
energía eléctrica al aeropuerto y la red de la empresa de transmisión eléctrica
informaron, por el contrario, que no se produjo ninguna incidencia en sus
líneas, por lo que el fallo, en realidad, se generó en el sistema interno del
aeropuerto.
Al final, por las explicaciones ofrecidas,
nadie sabe lo que ocurrió. Tampoco las autoridades se sintieron en la
obligación de esclarecerlo, a pesar del inmenso peligro que representa un
acontecimiento de esa naturaleza.
Hace dos años, en mayo del 2021, otro
apagón afectó al Aeropuerto Internacional de las Américas. En esa ocasión, la
explicación fue que el hecho se debió a un corto circuito en los cables
eléctricos del sistema de iluminación de la pista de aterrizaje de la terminal
aérea.
En principio se hizo referencia a la
comisión de sabotaje. Luego, se cambió la narrativa y se atribuyó a la comisión
de actos vandálicos por individuos que, de manera “intencional y planificada”,
cortaron los cables eléctricos del sistema de luces de la pista del aeropuerto.
Los presuntos causantes nunca fueron
identificados. Por tanto, nunca tampoco se supo quiénes fueron. Todo quedó en
la bruma, en un halo de misterio, sin que las autoridades competentes jamás
volvieran a referirse al tema. Fue el inicio de un retroceso.
Marcha atrás en educación y salud.-
Quien
con más elocuencia ha expresado la crisis por la que atraviesa el sistema
educativo nacional, ha sido nada más y nada menos que el propio ministro de
Educación, Ángel Hernández. En diversas ocasiones ha sostenido que la educación
está estancada en todos sus niveles. Que no se exhiben resultados de mejora en
el proceso de aprendizaje.
De conformidad con la evaluación
diagnóstica nacional 2022, no ha habido un resultado diferente de lo que se
logró ahora a lo que se alcanzó en el 2017, lo que significa que “la sociedad
invirtió muchos recursos y no ha logrado un avance significativo en materia de
aprendizaje”.
Para el ministro Hernández hay un
estancamiento en todo, tanto en lengua española, como en matemáticas y ciencias
sociales. Según sus propias palabras, “los niños no aprenden ni si quiera lo
básico”. Inmensa tragedia.
Pero ahora es aún peor. Ya no sólo es que
los estudiantes no aprenden, sino que ha brotado un nuevo fenómeno: la
violencia en las escuelas.
De acuerdo con un informe de la dirección
de orientación y psicología del Ministerio de Educación, desde septiembre del
2022 hasta el pasado mes de abril, es decir, en tan sólo ocho meses, se
registraron más de 20 mil conflictos entre estudiantes; y más de 1,700
enfrentamientos entre alumnos y profesores.
¿Cuándo se había visto eso? ¿Cómo ha sido
posible que la violencia se haya enseñoreado de manera tan espeluznante en
nuestros planteles de enseñanza?
Sin que lo advirtiésemos a tiempo, en
nuestras escuelas se producen violaciones, embarazos, intentos de suicidio,
autolesiones y uniones tempranas. Los cigarrillos electrónicos o “vapes” han
irrumpido como nueva amenaza en las escuelas públicas y si no introducen la hookah
es porque, de acuerdo con algunos docentes, es muy grande.
En el ámbito de la salud, la situación no
es más auspiciosa. El cólera, el dengue, la influenza, el COVID y la
chikungunya, han incidido en el primer semestre de este año. Faltan médicos en los
pueblos. Reportan escasez de medicamentos para déficit de atención y las
farmacias del pueblo ya no son ni una sombra del pasado.
Según el criterio de especialistas, la
República Dominicana debe estar registrando por lo menos 5 mil infartos agudos
del miocardio al mes. Las embarazadas temen parir en los hospitales públicos; y
es que, en el 2022 fallecieron 231 recién nacidos; y sólo en el mes de febrero
de este año, 34 en el hospital de Los Mina.
En principio, esa información se mantuvo
oculta. Pero, al difundirse generó una gran consternación en la sociedad
dominicana y la impresión de que el retroceso en materia de salud ha sido de
tal magnitud, que ya las actuales autoridades gubernamentales no están ni
siquiera en capacidad de garantizarle el derecho a la vida a los recién nacidos
en suelo dominicano.
Sarcasmo frente a incompetencia.- Uno de los grandes
logros obtenidos por la sociedad dominicana desde hace algo más de dos décadas,
ha sido la modernización y optimización en la diversidad de los servicios
públicos. Ahora, sin embargo, parece que todo ese universo se desploma y
volvemos a una situación de precariedad, ineficiencia e incompetencia.
La tarjeta Solidaridad, que funcionó
adecuadamente durante pasadas administraciones, ha sido rebautizada con un
nuevo nombre: Supérate. Pero, por la forma tan inoperante en que se ha
manejado, con retrasos en el pago hasta por un periodo de tres meses, de la voz
del pueblo ha surgido una nueva forma de identificarle: Desespérate.
Las libretas de pasaporte, que con
anterioridad podían obtenerse hasta en tan solo 24 horas, en estos momentos se
han convertido en una fuente de preocupación y angustia, debido a que requieren
de una espera de hasta seis meses.
Los apagones se extienden por doquier. La
escasez de agua se ha convertido en motivo de intranquilidad y malestar.
Numerosas obras de infraestructura se encuentran paralizadas; y como simple
ejemplo, se encuentra la construcción del puente Cangrejos, sobre el río Camú
que, a pesar de haber sido reclamada en múltiples ocasiones, ha sido ignorada
por las actuales autoridades.
En Peralvillo, Monte Plata, el pueblo ha
sido altamente ingenioso en expresar su inconformidad frente a la ineficiencia
gubernamental. En esa localidad, se ha celebrado con bizcocho, música, vejigas
y fuegos artificiales, el segundo año de haberse derrumbado el puente que
comunica a los sectores Dionicio y La Placeta, sin haber recibido la debida
atención por parte del gobierno.
En verdad, ha sido la manera más irónica,
inteligente y creativa de poner de manifiesto, con típico humor dominicano, la
radiografía del retroceso experimentado por la sociedad dominicana durante los
últimos tres años.
El
autor, doctor Leonel Fernández es abogado y político, catedrático
universitario, expresidente constitucional de la República, conferencista
nacional e internacional, presidente de FUNGLODE, presidente y líder del
Partido Fuerza del Pueblo. Cada lunes escribe la columna “Observatorio Global”
en el periódico Listín Diario, de donde tomamos este artículo.

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