
Santo Domingo.- Inicio este artículo de opinión, dejando claro que soy de los pocos dominicanos que no le interesa, de modo alguno, aspirar a la silla de alfileres, por lo cual el único fin de la presente reflexión, es analizar de forma coloquial los acostumbrados ditirambos que acompañan a la parafernalia que se cierne sobre todos aquellos que tocan el cielo, al llegar al Olimpo del poder en esta singular República.
No sé si las largas estadías al frente de
la administración pública de unos pocos mandatarios, moldeo el carácter
idiosincrático de nuestro pueblo, que gobernado la mayor parte del tiempo por
autócratas, acentuó la cortesanía de la amplia mayoría de nuestros ciudadanos,
hacia estos muy pocos afortunados del destino.
Es que de 178 años de Independencia que
tiene esta media isla, solo 5 hombres fuertes, al saber: Pedro santana,
Buenaventura Báez, Ulises Hereaux, Rafael Leónidas Trujillo y Joaquín Balaguer,
nos condujeron en suma por 90 años, es decir más de la mitad de nuestra vida
republicana, y es por ello que en el imaginario popular de nuestros nacionales,
persisten esas taras antidemocráticas, porque en esta nación han sido las
dictaduras el estado natural en qué hemos vivido.
Solo así podemos explicarnos, porque casi
la generalidad de los que han llegado al poder son los que tienen las mayores
posibilidades de volver a él, simple, ya que en nuestro país solo se toma como
referencia el pasado para evaluar quién debe dirigirnos en el futuro, es por
esto que casi siempre se pudiese tipificar como “accidentes históricos”, cuando
han logrado subir las escalinatas del Palacio Nacional aquellos que no estaban
signado para ello, por su total o parcial divorcio con los anteriores
entramados del poder y que tuvieron la buena estrella de que la providencia los
acompañara para lograrlo, aunque fuese fugazmente.
No sé si es esa capacidad especial de
nuestra población de sobrevivir al infortunio o a las dictaduras que nos ha
convertido a la amplia mayoría de ciudadanos en serviles del mandante de turno,
a lo que muy pocos nos atrevemos a contradecir, pues casi nadie en este país
quiere estar del lado opuesto de dónde está el poder.
Es por ese accionar lisonjero que nos
retrata a cuerpo entero, que los dominicanos convertimos a nuestros presidentes
en semidioses, dueño de vidas y haciendas por cuatro años, y si logra
reelegirse, será así por todo el periodo en que se le extienda su contrato de
arrendamiento en la mansión de Gazcue.
Es que todo el que recibe tantos halagos
al día, el que escucha el permanente taconeo’, que en firme atención le hace en
saludo un oficial superior concomitante con la exclamación “a sus órdenes
jefe”, y la habitual cortesanía de todos los sectores de la nación y hasta de
la oligarquía, tiene que perder por lógica de la vida la perspectiva de la realidad,
porque vivir en una constante adulación, le hace cambiar el pensar hasta el más
reflexivo o cuerdo de los mortales.
Por la experiencia de haber conocido a los
últimos 8 presidentes, incluyendo al actual gobernante y de haber sido cercano
colaborador de algunos de ellos, es que me he formado un juicio, convicción o
idea práctica, que bien le pudiese ser de utilidad para los que les toque el
turno bate en el futuro y así evitar
ser tristemente atrapados por el “síndrome
de Hubris”, que le construye un desmesurado ego, que los hace creerse
imprescindibles, muchas veces por encima del bien y del mal.
Me sorprendió, sin embargo que existan
formaciones profesionales para el ejercicio de la política, dirigido a quiénes
tienen como meta llegar al gobierno, así me lo hizo saber el Rector General de
la prestigiosa Universidad Panamericana de México, el doctor José Antonio
Lozano Diez, desde donde se imparten clases para obtener el grado de
licenciados en Gobierno, para que posibles aspirantes a cargos electivos y
posibles futuros estadistas cuenten con las habilidades que les permitan
comprender a fondo cuestiones en los ámbitos políticos, sociales, jurídicos y
económicos, para que tengan la capacidad de integrar tales conocimientos en la
práctica, y sepan cómo manejar el poder con vocación de servicio, y, sobre
todo, cómo prepararse a bajar de los altos cargos cuando les toque.
El más sensato de todo los que han llegado
a ser presidentes que he conocido, lo ha sido el doctor Leonel Fernández, es
precisamente esa una de las razones de mi admiración por él, porque a casi
todos les vi la soberbia o altivez, de aquellos que se olvidan de sus orígenes,
de los amigos que los ayudaron a llegar ahí y el cumplir las promesas hechas al
electorado que les votó.
De estos gobernantes que he tenido el
honor de conocer, les puedo decir que el doctor Joaquín Balaguer, amo después
del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo como nadie el poder; de don Antonio,
Salvador, Jacobo e Hipólito, trataron infructuosamente de volverse a reencontrar
con el mismo, más fueron Leonel y Danilo, los únicos que en democracia les
acompañó nueva vez la suerte, gracias también a que contaron con una verdadera
maquinaria política y electoral, más una fina agudeza para lograrlo.
Veo con pesar como casi todos los que
llegan al ala este del segundo piso de la Casona de la calle doctor Báez se
creen predestinados, y olímpicamente desde que llegan al poder van a granjearse
por sus prepotentes acciones innecesarios enemigos, consiguiendo perder a la
vez hasta la estima ciudadana.
Visto tan de cerca esos repetitivos yerros
de nuestros gobernantes, le sugiero los siguientes consejos a la persona que le
toque gobernar para que tenga entre sus asesores principales: a un biólogo, un
psicólogo y/o psiquiatra, un auténtico consejero espiritual, un historiador, el
más desinteresado familiar o cercano amigo, y un contradictor que sin mala fe,
mantenga sus posturas irreverentes, veamos las razones:
1. El papel del biólogo es fundamental, y
más para aconsejar a aquel que debe comprender necesariamente por sus grandes
responsabilidades la naturaleza humana, esos profesionales son los principales
estudiosos de los procesos vitales de los seres vivos, estos como nadie conocen
el accionar y las interacciones con el entorno de los mismos. Es la biología
humana la que estudia la herencia genética de las personas y sus procesos de
maduración y envejecimiento, lo que ha convertido hoy a la biología política en
la más asertiva interdisciplina de las ciencias sociales. Los biólogos pueden
predecir cuál será la reacción ante cada situación de todos los seres vivos,
incluyendo especialmente los de la raza humana;
2. El estrés por el demandante trabajo,
las usuales reacciones ante ataques recibidos y la proverbial intolerancia a la
crítica, hace de los presidentes los más necesarios pacientes de los
profesionales de la psicología y la psiquiatría, pues estos lo ayudan a
encauzar y conocer su papel de mediadores sociales, y le previenen cualquier
trastorno mental que de atisbos de aparecer, teniendo muchas veces la necesidad
de tratar la natural ansiedad que les produce a los mandatarios “el peso del
mando”;
3. Todo hombre de poder debe tener un real
consejero espiritual, no importando la confesión cristiana que profese, que les
ratifique permanentemente en sus oídos hasta que le retumbe la rotunda
contestación de Jesús “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios
”(Mt. 22, 21), porque desde el poder hay que respetar la vida humana, y cosas
que suceden a diario que estos deben dejarle a los justos designios del Señor,
pues las iras presidenciales son altamente peligrosas, ya que han sepultados a
no pocos y han logrado apostrofar a muchos, por lo que para gobernar con
sabiduría se tiene que mantener una actitud de contemplación a Dios y de
respeto a sus leyes divinas;
4. Quien gobierna sin memoria histórica,
actúa sin brújula, el conocimiento de los antecedentes tienen un valor
invaluable, porque “el pueblo que no conoce su historia, está condenado a
repetirla”, se hace muy necesario para quién desea gobernar asertivamente, el
consultar continuamente un desapasionado cronista o historiador, que le presente
paralelismos históricos de situaciones ocurridas en el pasado con las del
presente;
5. Es innegable el peso de la opinión de
la familia para casi todos los que llegan al Olimpo del poder, pero los
presidentes deben hacerse aconsejar e informar de los que muestren más
desinterés económico y de la búsqueda de influencias, porque estos querrán lo
mejor para él, le dirán cuanto pase en su entorno y les podrían advertir las
consecuencias de su permisividad con parte de sus cercanos familiares y
colaboradores, no hay cosa que influya más negativamente en las decisiones de
un hombre de poder, que los suyos; y
6. El presidente que solo se rodea de
alabarderos, de vulgares oportunistas y de amigos de ocasión, verá cómo estos
lo llevan a su tumba política y hasta en lo personal, a esos no les importa la
suerte de su jefe, solo les interesa su bienestar personal; como las meretrices
que ofrecen sus favores sexuales y hasta simples caricias solo por retribución
económica, es por esto que quien gobierna debe tener también algunos amigos
contradictores, de esos que no se guardan nada y que con respeto, pero sin
miedo se atreven a decirles lo que está pasando con su gestión gubernativa, y
lo que piensan de verdad su pueblo sobre su mandato y persona, porque existe,
más que comprobado, un código o complicidad del silencio entre los integrantes
de los anillos presidenciales, a los fines de evitar a toda costa, que estos se
den cuenta de la verdadera realidad, porque estos siempre le desean vender al
primer mandatario de la nación, que su administración es una panacea.
Vi el accionar de nobles presidentes, cuyo
entorno los hizo temporalmente cambiar de actitud, como el bonachón de don
Antonio, que le sugirió a mi padre que no le visitara en el Palacio, después de
que con su liderazgo éste lo instalara allí, o los que le produjeron el
alejamiento de su hermano de lucha, Jacobo Majluta, o los que llevaron a mi
estimado Salvador Jorge Blanco que acordara a hurtadillas el “Pacto La Unión”
con Jacobo, en desconocimiento de mi progenitor, o los que condujeron a mi
apreciado amigo, el expresidente Medina, a las sendas de la derrota y casi
autodestrucción, al instarle negarle el natural y correcto apoyo a su compañero
de partido, Leonel Fernández, que en contraposición a esa alevosa actitud, en
tres ocasiones, previamente (años 2000, 2012 y 2016), había apoyado a Danilo,
para que se convirtiera en inquilino de la mansión de Gazcue.
Casi todos los presidentes nuestros, sobre
todo lo de los últimos 60 años, han terminado sus carreras aporreados por los
mismos ciudadanos que los llevaron ahí, o víctima del fatalismo que se
enseñorea, por falta de discernimiento racional.
Se dejan arrastrar por los intereses económicos, las rencillas personales y odios sin sentido de sus más cercanos colaboradores y amigos del cargo, que después que llegan los tiempos de infortunios se quieren lavar las manos como Pilatos, por su infame actuación al instar a hombres buenos, con su supina intención a accionar en contra de sus auténticos o verdaderos amigos, de sus propios humildes compañeros de partido, más que nada en contra de sus orígenes o raíces, y tristemente en el lado opuesto de la historia.
El
autor, José Francisco Peña Guaba, es líder político, Presidente del Bloque
Institucional Social Demócrata (BIS), Secretario General y vocero del Foro Permanente
de Partidos Políticos (FOPPPREDOM). Desde muy joven, ha ocupado diversos cargos
administrativos y consulares. Es diputado ante el Parlamento Centroamericano
(PARLACEN).


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