El
sesgo machista, el desgaste de la gestión migratoria y las expectativas creadas
ayudan a explicar la crisis de imagen que sufre la vicepresidenta de Estados
Unidos. En la foto, la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, el
pasado 1 de diciembre en el Instituto Espacial de Estados Unidos, en Washington.
Washington.- Los malos datos de popularidad y el trasiego de rumores en la gran feria política que es Washington están erosionando la figura de Kamala Harris, la mujer que, pronto hará un año, hizo historia al convertirse no solo en la primera vicepresidenta de Estados Unidos, sino también en la primera persona negra en conseguirlo. A juzgar por los sondeos, el desgaste del Gobierno ha pasado más factura a Harris que al presidente, Joe Biden.
Y en la capital se ha
instalado un relato sombrío: han proliferado artículos que hablan de la
frustración de su equipo por la falta de protagonismo que ha obtenido en estos
meses; su portavoz, Symone Sanders, acaba de anunciar su marcha y hace unas
semanas hizo lo propio su directora de comunicación, Ashley Etienne, después de
un reportaje demoledor de la cadena CNN, que obligó a Harris a salir a
desmentir problemas con Biden.
La
de vicepresidente de Estados Unidos es una posición muy particular. Se
encuentra a un peldaño de la oficina más poderosa del mundo y, al mismo tiempo,
salvo una fatalidad, sus funciones parecen meramente cosméticas de puertas
afuera, aunque acabe siendo la persona a la que más consulte el presidente,
como Biden describe su periodo de número dos a la sombra de Barack Obama. Una
vez, Benjamin Franklin propuso dar tratamiento de “su superflua excelencia” a
quien ocupase el puesto de vicepresidente. Nelson Rockefeller, que desempeñó
ese papel con Gerald Ford (1974-1977), resumió así su trabajo: “Voy a
funerales, voy a terremotos”. Thomas Marshall, vicepresidente de Woodrow Wilson
(1913-1921), definió el puesto de “cataléptico”: “No puede hablar, no puede
moverse, no siente dolor, es perfectamente consciente de todo lo que pasa, pero
no participa en ello”.
Todo,
sin embargo, cambia cuando la persona bajo la lupa es alguien que ha generado
tanta expectación. Harris, además de haber roto uno de esos machacones techos
de cristal, trabaja para un hombre que acaba de cumplir 79 años, lo que desde
el principio ha alentado las elucubraciones sobre su relevo para las elecciones
de 2024, a pesar de que el demócrata ha insistido en diversas ocasiones que planea
presentarse de nuevo, en buena parte, como forma de acallar el ruido sobre este
asunto y generar más estabilidad. Los vicepresidentes han sido candidatos
naturales a la presidencia ―el propio Biden, George H. W.
Bush o Richard Nixon pasaron por el cargo antes―, pero surgen
muchas dudas sobre la capacidad de Harris de ganar unas elecciones
presidenciales.
El
promedio de los sondeos que elabora Real Clear Politics sitúa el porcentaje de
apoyo en el 40%, dos puntos por debajo de Biden (42%), y un análisis de Los
Angeles Times, que hace el seguimiento más pormenorizado (Harris es
californiana), destaca que sus datos son peores que los de Biden cuando era
vicepresidente, los de Al Gore (vicepresidente con Bill Clinton) e incluso los
de Dick Cheney (número dos de George W. Bush).
Aunque
no es el único, el machismo es uno de los grandes factores que ayudan a
explicar el descontento. El principal rechazo a Harris proviene de los hombres,
cuyo ratio de apoyo es 18 puntos inferior al de las mujeres. La vicepresidenta
es objetivo constante de los ataques más sexistas no solo en redes sociales,
sino también en la televisión conservadora. El presentador de Newsmax Grant Stinchfield
emitió vídeos de Harris riendo y la vinculó a las “brujas malvadas del oeste”.
Además, los mensajes que atribuyen su carrera política a supuestos romances
pasados proliferan desde las elecciones.
Patti
Solis Doyle, estratega política que llevó la campaña de Hillary Clinton en
2008, advierte del doble rasero que sufren las mujeres en política, cómo el
simple hecho de aspirar a un puesto de poder erosiona su imagen. “Antes de
anunciar su candidatura, cuando Clinton era secretaria de Estado, su apoyo
rondaba el 70% y fue dar el paso y caer en picado”. También, añade, pesa el
escaso tiempo que ha tenido Harris hasta ahora de definir su papel. “Al
vicepresidente Al Gore le llevó unos años ser identificado con su lucha por el
clima, Biden se convirtió en la persona a la que Obama le consultaba todo y el
vicepresidente Mike Pence [con Donald Trump] acabó como zar contra la pandemia,
pero eso fue al final”.
Cuando
se le pregunta a Larry Sabato, director del Centro de Políticas de la
Universidad de Virginia, si existe algo de sesgo racial o de género en la baja
popularidad de Harris responde: “¿Es el Papa argentino?”. Sabato, analista
electoral de referencia en Estados Unidos, señala que aquellas que son pioneras
en algo, que rompen algún techo de cristal, “cargan con el peso especial de
demostrar que ‘valen’ para el cargo, lo cual es injusto, pero ¿hay algo justo
en política?”. Añade, además, que a la vicepresidenta “le han asignado tareas
muy difíciles, como la inmigración, y no hay nada que ganar con ese tema, todos
los bandos van a encontrar cosas que criticar en cada movimiento”.
En
efecto, Biden encargó a su número dos la gestión de
un espinosísimo asunto, la presión migratoria en la frontera sur con
Estados Unidos, con la que hay mucho que perder y la única victoria política es
salvar los muebles. En su primer viaje internacional como vicepresidenta, la
visita a Guatemala y México el pasado mes de junio, Harris fue la encargada de
decir a los inmigrantes sin papeles de Centroamérica que huyen de la miseria:
“No vengan a Estados Unidos”, cuatro palabras que le garantizaron una lluvia de
críticas de los votantes progresistas.
Cualquier
movimiento de apertura, en cambio, se convierte en munición para los
republicanos que acusan a la Administración demócrata de abrir las fronteras a
todo el mundo, cuando Biden ha mantenido algunas de las políticas más
restrictivas de la era de Trump. El flujo migratorio ha
dejado cifras récord desde la llegada de Biden con la detención
de 1,7 millones de personas desde septiembre del año pasado, el mayor número
registrado nunca.
También
hay un efecto arrastre obvio de la baja popularidad del presidente que ha
ocurrido habitualmente en cada Administración. El historiador Julian Zelizer,
profesor de Políticas Públicas en la Universidad de Princeton, apunta que ella,
además, “no ha estado especialmente visible en los últimos meses y, en un
momento en el que los ratios de aprobación caen para el presidente, tiene
sentido que el vicepresidente, que ya normalmente no suele ver reconocidos sus
logros, acabe en un lugar peor”.
Fuente:
Texto de la periodista Amanda Mars, corresponsal jefa del periódico El País en
Estados Unidos. Tomado del periódico El País, de España.

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