Santo Domingo.- Sé que avergüenza a una parte de la ciudadanía que nuestro país se encuentre entre las 6 naciones que se perciben como más corruptas en América Latina, según reporta el “Índice de Percepción de Corrupción” (IPC), publicado anualmente desde 1995 por la organización sin fines de lucro Transparencia Internacional, que en su informe de 2020, cuyos resultados se dieron a conocer en enero de este 2021, colocó a nuestro país en la posición 137 de los 179 evaluados.
El nivel de indignación ciudadana que
revelan tan crudamente las redes sociales, refleja el hastío por tantos años de
abusos contra el erario, pero si no se conocen las causas no se entenderán ni
las consecuencias del descontento social con el tema de la corrupción pública.
La corrupción nuestra es “histórica”,
viene desde los tiempos de la colonia –cuando los representantes de la corona
española obtenían pingües beneficios, mientras la población padecía las más
terribles escaseces-. De modo que la corrupción es “endémica”, porque desde
hace años afecta a todo el país y, además, es manera “permanente y sistémica”,
porque ha permeado casi todas las instituciones del Estado. Asimismo, es de
naturaleza “familiar” porque es en el núcleo principal de la sociedad donde se
derivan las principales presiones para que se lleve a cabo.
En nuestra sociedad existen cuatros
factores en el contexto sociopolítico y cultural de nuestro país, que han sido
determinantes para el crecimiento de la corrupción. A saber:
1- La debilidad institucional del Estado y
el acendrado centralismo administrativo han permitido redes locales y
nacionales de poder que han imposibilitados políticas verdaderas de control de
los recursos públicos.
2- El clientelismo, que es un mecanismo no
institucional de creación de lealtades asimétricas en virtud del cual se
intercambian bienes y servicios por apoyo electoral. El clientelismo político
se ha fortalecido en estos 43 años de democracia, al punto de que las leyes
electorales han terminado por dar origen a un “clientelismo de mercado”, como
se observa en los ámbitos locales (municipios, distritos y barrios). Lo peor es
que ha ido in crescendo, al punto de que la inversión política (en traslado de
simpatizantes a los centros de votación y otros elementos correlativos) ha
llevado el “costo del voto” a niveles exorbitantes.
3- El narcotráfico, que en busca de redes
de protección oficial para poder operar propicia la inversión de cuantiosos
recursos en la política, de manera que se puedan obtener “ciertas inmunidades”
para desarrollar sus actividades, lo que a fin de cuentas aumenta
exponencialmente la corrupción.
4- Cultura del incumplimiento de las leyes
y normas. La nuestra es una sociedad llena de ciudadanos que no están dispuesto
a acatar el imperio de la ley; solo la aceptamos cuando beneficia a nuestros
intereses. Hemos construido un ciudadano arrogante, que si está en el poder se
cree por encima de la ley; si es muy despierto entiende que la ley se hizo
“para los tontos y los pobres”, que irrespeta la ley porque en su “cultura del
desprecio” interpreta que ella solo se ha hecho para los fuertes para sojuzgar
a los débiles.
Un país con las debilidades antes
mencionadas, en el que las personas tienen por objeto el afán de enriquecerse a
toda costa, el deseo irrefrenable de “disfrutar de la vida” sin trabajar por
ella, permiten asegurar, sin rigurosidad técnica pero sí pragmática, que ese
país, como va la República Dominicana, camina directo al desastre.
Los fines por lo cual se construyen los
entramados de la corrupción definen claramente su objetivo y caracterizan
varias formas de corrupción, que podemos analizar brevemente de la manera que
sigue:
1- La “corrupción de la supervivencia” o
“básica” es la que se da para agenciarse los recursos para tener lo mínimo para
vivir (una casa, un carro y algunos recursos para montar un negocio o realizar
alguna actividad que permita obtener la anhelada estabilidad económica para
después que ya no se ejerzan las funciones públicas). Este tipo de corrupción
no busca ostentación. Una de las causas decisivas que la provoca es, sobre
todo, la inestabilidad laboral que padecen los servidores públicos.
2- La corrupción “obligada”, la que
padecen casi todos los funcionarios, a los cuales sus partidos, dirigencia,
militancia o simplemente por exigencias de campaña se ven conminados a buscar
recursos para ayudar a su partido y cumplir los compromisos políticos
electorales, hacer aportes en efectivo, pagar combustibles, sufragar
actividades de tipo electoral, realizar aportes en metálico para actividades de
recaudación política y para cubrir gastos de asignaciones geográficas
electorales asignadas, entre otros. Sé de gente honestísima en
términos personales, que para su partido han tenido que agenciar grandes aportes económicos sin detenerse mucho a considerar su origen.
3- La corrupción “para preservar el
poder”. Esta es la más demencial de todas, la que “todo lo justifica”, la que
incluye a casi todos porque el que no aporta y no hace esfuerzos en ese
sentido, los demás lo ven con ojeriza y lo presentan como desleal a la “causa suprema”
que es “mantener el poder”. Esa se da básicamente en los proyectos
reeleccionistas, donde todo el Estado se tiene que poner al servicio del
presidente de turno y ¡ay del que se equivoque!, porque le aplican “la
aplanadora”. Toda la estructura política se dispone, desde abajo hasta arriba,
a hacer “lo que sea necesario” para lograr los fines ulteriores (conservar el
poder).
4- La corrupción “de la garantía futura”.
Esa se da para buscar los recursos necesarios para volver a buscar el poder.
Por ella se crean “redes de personas leales” a las que se les permite hacerse
ricas… para que luego puedan aportar los recursos de campañas por venir. El
mago de ese tipo de corrupción fue el doctor Balaguer, pero no así en términos
personales (ya que no se le encontró riqueza alguna y su manejo personal
siempre fue frugal en extremo). Pero en sus 12 años muchos se enorgullecían de
que habían hecho 300 millonarios, personas que, comprometidas con quien los
ayudó, eran los sostenedores de los recursos de campaña necesarios para “volver
otra vez” al poder. Este es un tipo común de corrupción en aquellos grupos
donde siempre se desea tener o retener el poder.
5- La corrupción “para mantener liderazgo
o espacios políticos”. Ahora es, tal vez, la más común. Es la que están
generando el clientelismo político y el alto costo de las campañas. Se basa en
buscar recursos para agenciarse candidaturas congresuales y municipales y, en
muchos casos, candidaturas nacionales. Muchas veces se invierte hasta el 100%
de lo que se gestiona y obtiene, porque sus poseedores creen que con recursos
ganarán la posición, de manera que para lograrlo se adentran en un círculo
irrefrenable de gastos… aunque después tienen las manos en la cabeza, cuando
pierden o no logran la nominación.
6- La “mega corrupción” es la que genera
fortunas extraordinarias. Nunca tiene fines políticos, solo personales; casi
nunca es cometida por cuadros políticos, porque esa no es su pasión ni su
oficio. Son los grandes beneficiarios de la corrupción, los dueños de los grandes
patrimonios, que no son de nadie ni le son fieles a nadie, solo a su particular
interés; hacen aportes a todos los candidatos, de todos los partidos, pero solo
invierten “de verdad” en quien creen que va a ganar. Son oportunistas, con
tentáculos en todos lados. Este grupo está compuesto por empresarios de alto
perfil, contratistas, lobbistas, familiares de candidatos, etcétera.
Como verán, esos son los trapos sucios de
la democracia, que abarcan a todos sin excepción, porque hasta el más honesto
en algún momento ha tenido que aportar a su partido y a la causa de su
candidato o presidente, o ha tenido que hacerse responsable de algún área
geográfica o de determinados recintos electorales, o de “colaborar” con “sus
compañeros”.
Son varias las cosas que se pudiesen hacer para disminuir la corrupción, pero la primera es reducir sustancialmente los costos de campaña. En efecto, mientras obtener una regiduría cueste más de 5 millones de pesos, como hay casos; mientras las diputaciones exijan el gasto de más de 20 millones de pesos, las senadurías terminen costando, algunas, más de 50 millones y ni hablar de una campaña presidencial -porque son tantos y tantos los millones a invertir que se pierde la cuenta-, mientras eso esté ocurriendo ¡no habrá forma de que disminuya la corrupción!.




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