Escrito por
La Redacción.
febrero 11, 2018
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| Banderas catalanas ondean desde un balcón |
Barcelona.- Desde la empatía a raíz de las cargas
policiales del 1 de octubre de 2016 (1-O) hasta el miedo al contagio por anhelos
secesionistas propios, pasando por el escepticismo y ciertas dosis de
desinterés: cada país aplica su peculiar filtro a la hora de analizar la
convulsa situación de Catalunya.
Los corresponsales de prensa extranjera exponen la percepción
internacional del conflicto con el atractivo turístico de Barcelona como
referente común.
En Francia
se han seguido con mucho interés los principales episodios del procés,aunque la cobertura
ha menguado en las últimas semanas al volverse todo aún más esperpéntico e
incomprensible. Le Figaro ironizaba
el miércoles con el hecho de que, tras inventar el “falso referéndum de
autodeterminación” y la “falsa declaración de independencia”, los secesionistas
catalanes van camino de “la falsa investidura”.
También la actitud de Madrid se toma con humor. El corresponsal de
la cadena de radio France Info, en alusión a la sospecha de que Puigdemont
pudiera cruzar la frontera oculto en el maletero de un coche, decía hace unos
días que el asunto tomaba un cariz propio “de película de James Bond”.
Le Parisien, más serio optó
por entrevistar al alcalde de Prats de Molló, Claude Ferrer, muy irritado por
los controles de vehículos que se atrevía a hacer la Guardia Civil hasta en el
propio territorio francés. Ferrer dijo que algo así no lo habían hecho ni los
franquistas con los republicanos que huían al terminar la guerra.
El rotativo
católico La Croix se limitó a
constatar el galimatías catalán y afirmó, certero, que “la niebla se espesa en
torno al futuro de Catalunya y de su presidente”.Lo fundamental, sin embargo,
es la dificultad que tiene Francia, política y culturalmente, de comprender y
aceptar el secesionismo catalán, menos aún cuando es unilateral. Ha habido
editoriales muy duros, como uno en Le
Monde, el 30 de septiembre, titulado “Catalunya, un referéndum para nada”,
en el que se comparaba la gravedad de la situación con el golpe de Estado de
Tejero en 1981.
En el fondo lo que hay es una
preocupación por la mala influencia que el caso catalán pueda ejercer en
Córcega, una isla donde los nacionalistas ganaron las elecciones de diciembre y
exigen más autonomía. Macron visitó el territorio esta semana y prometió
incluir su singularidad en la Constitución, pero reiteró por activa y por
pasiva que es parte indisoluble de Francia y rechazó de plano la cooficialidad
del corso porque el francés “es el primer sedimento de la nación francesa”.
Los británicos, en general, ven a los
catalanes como un pueblo romántico y rebelde, dividido, insatisfecho de su
relación con España e impotente a la hora de cambiarla, víctimas de tics autoritarios
y deficiencias democráticas heredadas del franquismo, en un contexto en el que
siguen abiertas las heridas de la Guerra Civil y los fascistas todavía no se
han visto obligados a pedir perdón por sus crímenes.
El devenir del procés,
el exilio de Puigdemont y el encarcelamiento de líderes políticos es seguido
con enorme interés –mucho más que la mayoría de noticias internacionales–.
Los
británicos, y no ya tan sólo políticos y periodistas, sino la gente corriente,
están familiarizados con el desamor entre Catalunya y España por lo que han
escrito sobre la Guerra Civil George Orwell, Paul Preston y Hugh Thomas, por
los relatos de los brigadistas que fueron a luchar por la libertad y la
república, por las experiencias personales de quienes van de turismo a la Costa
Brava o tienen pisos en Barcelona, y por el conocimiento de la rivalidad entre
el Barça y el Madrid, una lección en sí misma de política para los aficionados
al fútbol.
Las informaciones reflejan tanto los argumentos
soberanistas como del Gobierno español, recuerdan lo complejo que fue el salto
a la democracia, y destacan que la sociedad catalana está dividida casi a
partes iguales. Pero numerosas opiniones, aún cuestionando algunos de los
métodos del gobierno Puigdemont y la ingenuidad de pensar que la UE o la ONU se
iban a poner de su parte, han sido durísimas con la violencia del 1 de octubre,
la falta de independencia del poder judicial en España, la negativa en redondo
a un referéndum y las detenciones de políticos, que califican de impropias de
una de democracia europea del siglo XXI.
La impresión, no sólo en los círculos
de Westminster sino en la calle, es que los independentistas catalanes han
cometido errores, pero que Madrid se ha excedido en la represión. Y que a un
premier inglés el 1-O le habría costado el cargo. La imagen de España no estaba
tan baja desde la dictadura.
Si hay un país que sigue de cerca los avatares de la crisis
catalana, éste es sin duda Bélgica. Tamaño interés radica en una tríada de
razones. La primera proviene del conocimiento que muchos belgas tienen de
Catalunya. Son legión los que la han visitado y creen conocerla, de manera que
activan los radares cuando el procésaparece
en las noticias. La segunda de las razones deriva de la presencia de Puigdemont
y los cuatro exconsellers en Bélgica. Los actos que organiza, la gran
manifestación que recorrió las calles de Bruselas el 7 de diciembre, o la
aparición de múltiples residencias, reales o supuestas, de Carles Puigdemont
alimentan una opinión pública ya previamente interesada.
El tercero de los
motivos que explica el interés es la repercusión que está teniendo en la propia
política belga. Más de 20 preguntas parlamentarias relacionadas con Catalunya
tuvo que responder el primer ministro, Charles Michel, en la sesión del 8 de
noviembre. “Hay una crisis en España, no en Bélgica”, afirmó en aquella ocasión
para intentar frenar los efectos desestabilizadores que la crisis catalana
estaba provocando en su Gobierno.
Interés general de los belgas en seguir la crisis
catalana, y apoyo absoluto a Carles Puigdemont por parte de los
independentistas flamencos, la N-VA, la primera fuerza política del país. Son
los grandes amigos de Puigdemont, los que lo invitan a sus actos, le organizan
“cenas de amigos” y han lanzado críticas más duras al Gobierno español.
Por
supuesto que los próximos a la N-VA apoyan a la causa independentista. Otros
flamencos mantienen más distancias con el visitante ilustre y con la causa
catalana. En la otra mitad del país, en Valonia, dónde se respira una profunda
desconfianza hacia todo tipo de independentismo, hay más interés por conocer el
caso que apoyo al proyecto de Puigdemont. Es lo que lleva al periódico La Libre Belgique a considerar
“surrealismo catalán” el proyecto de dirigir Catalunya desde Bélgica.
El interés es innegable. Cada nueva jugada en el partido catalán, como muchos
llaman al procés en Italia,
suele aparecer en la sección internacional de los informativos. En las
televisiones que dan las últimas noticias en el metro de Roma, la de Carles
Puigdemont es una cara habitual. En las tertulias de la radio sobre lo que
sucede fuera, después de Trump de vez en cuando se habla de política catalana.
Por la calle, los italianos cuentan maravillas de Barcelona. Pero con la
irrupción de la campaña electoral para las inciertas elecciones del próximo 4
de marzo cada vez hay menos espacio para el resto de asuntos, tampoco para
Catalunya.
Estos días el punto de vista mayoritario es pesimismo sobre el
“limbo” en que se encuentra. Una columna de la semana pasada en La Repubblica analizaba que
el aplazamiento de la investidura “solo le gusta a Madrid” y a Mariano Rajoy.
“Como siempre, el sueño del premier español es que sus rivales se hagan daño
solos”, escribía Alessandro Verni. En La
Stampa, el enviado a Barcelona barajaba dos hipótesis para el futuro del
Govern: “O Puigdemont (los diputados que le son fieles insisten que la suya es
la única candidatura posible, por lo que el escenario más probable es una
parálisis institucional y una vuelta a las urnas en primavera).
O si, por el
contrario, se elige otro nombre, el independentismo, gracias a su mayoría
absoluta obtenida en diciembre, tiene tranquilamente los números para volver al
poder y, quien sabe, seguir desafiando al Estado español desde el Palau de la
Generalitat”.
“Nosotros sentimos
una enorme simpatía por los pueblos que aman sus identidades nacionales, como
hacemos nosotros”, cuenta un reconocido periodista italiano. “Pero también es
verdad que analizamos una posible independencia de Catalunya como una derrota
de Europa.
Si Europa no es
capaz de frenar a Catalunya, abrirá el grifo de otras tierras que pedirán lo
mismo”, continúa. La situación es radicalmente diferente, pero no puede evitar
mirar hacia la Lombardía y Véneto.
El destacado interés suscitado en Rusia por la
crisis catalana tras el 1-O duró hasta las elecciones. Por una parte, quedó
claro que no habría independencia, un elemento que daría argumentos a los
territorios rebeldes en Ucrania, Georgia o Moldavia que Moscú apadrina. Por
otro, los votos del 21 de diciembre no aclararon el panorama político y la
crisis catalana entró “en un callejón sin salida”, como lo calificaba el diario Izvestia a finales de
enero en uno de los pocos artículos de análisis de la prensa rusa sobre el tema
este año.
Las hipótesis de las últimas semanas, desde la investidura por Skype
de Carles Puigdemont hasta un supuesto plan para colarse en el Parlament sin
ser detectado, se han visto aquí como fantásticas. La lógica dice que se formará
“un gobierno de tecnócratas”, apuntaba el hispanista Sebastian Balfour,
profesor de la London School of Economics, consultado para el citado artículo.
Preocupada por asuntos más cercanos, como
la guerra de Siria, la exclusión de la selección rusa en los Juegos de Invierno
o sus propias elecciones presidenciales de marzo, Catalunya ya no es un tema
que haga parar máquinas en Rusia, y por supuesto no provoca tanta adrenalina
como en noviembre pasado, cuando el Gobierno español apuntó a una “injerencia
rusa” para desestabilizar Catalunya. Tras las primeras protestas y críticas, el
Kremlin siguió manteniendo que este es “un asunto interno de España” y hubo
paz.
En Rusia ya no esperan grandes acontecimientos en Catalunya: ni
revoluciones, ni soluciones. Un editorial de Nezavísimaya
Gazeta de finales de diciembre vale también para ahora: “Aunque
Madrid vio en las elecciones la posibilidad de sustituir a las elites en
Catalunya y de pacificar así la región, es poco probable a corto plazo. La
espina catalana está clavada muy profundamente en el cuerpo de España”.
La admiración habitual por Barcelona que
expresan muchos neoyorquinos –viajados y cultos, admiradores del arte, la
arquitectura, el sol, el buen yantar y el viva la vida–, llegó a un punto este
pasado otoño que se transformó en lamento. “Oh, sorry”.
Es lo que decían los conocidos que habían visto las imágenes del
1-O o que habían leído el The
Wall Street Journal o, sobre todo, el The New York Times. Los garrotazos
policiales les causaron entre pavor e indignación. De ahí los abrazos de
solidaridad.
Pero el tiempo pasa, el pulso informativo tiene cosas más cercanas
de las que preocuparse, a la espera de la última ocurrencia de Donald Trump. Catalonia se ha ido
diluyendo en un país con un alto concepto patrio donde no entienden bien eso de
independizarse. Este mismo viernes, una amiga planteó así la cuestión: “¿En
verdad, todo es por la economía, no?”.
Raphael Minder, en el que informaba de Tabarnia, “el falso país”
surgido en réplica a la Catalunya independentista, con Albert Boadella como
presidente en el auto exilio.Un par de colegas se quedaron asombrados. Querían
saber más del fake country.
No entendían que un teatrero que estuvo contra el dictador Franco, incluso
encarcelado tras su muerte, combata al democrático nacionalismo catalán. Las
palabras democracia y exilio se hallan en un momento crítico, de mal trato.
A los corresponsales se les comenta que han de salir de Nueva York
para tomar el pulso del trumpismo.
Así que rumbo a la América profunda de Pensilvania al cumplirse su primer año
de Gobierno. El cronista se sorprendió. Hubo tres personas con las que salió el
tema Catalonia –ellos querían
saber sobre este diario–, y ninguno de los tres tenía ni idea del asunto. En la
Fox ya cuentan con demasiadas conspiraciones en el FBI.
La independencia de Kosovo, en febrero del
2008, atrajo a numerosos periodistas vascos y catalanes, que fueron muy bien
acogidos por sus partidarios, los albanokosovares. Pero también lo fueron, en
tanto que españoles, por sus detractores, los serbios. Madrid no reconoció la
secesión y además tropas españolas protegían los enclaves serbios.
Unos años
más tarde, fue en cambio el componente serbio de la Federación de
Bosnia-Herzegovina, la República Srpska, quien se fijó en Catalunya y Escocia
(sin obtener simpatías). Y el 1-O, la Liga Socialdemócrata de Voivodina colgaba
esteladas en sus sedes y reiteraba su apoyo a ERC, defendiendo más autonomía
para esta región del norte de Serbia porque, como Catalunya, “somos los más
progresistas, somos más ricos y extremadamente antifascistas”.
Catalunya no tiene una historia compleja y trágica como la de los
Balcanes pero sirve igual de referente. Incluso en tierras lejanas siempre que
tengan un catálogo de agravios y ambiciones, bien independentistas, bien
autonomistas. Las similitudes no importan. Del mismo modo, CiU y ERC corrieron
en 1991 a Lituania, abanderada de la revolución
cantante que independizó a las repúblicas bálticas de la URSS.
Hasta que su Parlamento legitimó el Gobierno pronazi de 1941...
En una conexión catalana
con los pueblos sin estado hay dos ejemplos notorios: los kurdos de Irak y los
igbo de Nigeria, los biafreños por otro nombre. Saharauis, palestinos y kurdos
en general cuentan con simpatías compartidas en el resto de España, mientras
que el caso de Biafra, en el sudeste del gran país africano, es muy peculiar.
La guerra
por la independencia de Biafra (1967-1970), que tuvo un eco mundial, llevó a un
grupo de jóvenes de Valls (Tarragona) a crear en 1969 el Club de Futbol Biafra,
cuya camiseta reproducía la bandera del frustrado estado. Ramon Rovira, uno de
sus fundadores, se la llevó en el 2007 al antiguo líder biafreño, el coronel
Ojukwu, y tres años después asistió a su entierro. El club desapareció en 1978.
Hasta entonces, según Rovira, “una manera de hablar de independencia era hablar
de la de otros”.
En el 2014 se inauguró en l’Hospitalet una embajada –en realidad un
local social de los igbo– con asistencia de Àngel Colom, director de la
Fundació Nous Catalans. Ni la entidad convergente existe ya ni tampoco, por
falta de dinero, aquella sede.
Ahí habría acabado todo, pero Catalunya y Biafra han aparecido
unidas en titulares de medios nigerianos, portales de análisis y hasta en la
BBC. Jake Udeozor Nnagbo, representante de los igbo en Catalunya y España
(conservan un local en Vitoria) no cree que el 1-O inspirara al Indigenous
Peoples of Biafra (IPOB) en su demanda de un referéndum del que “el Gobierno no
quiere saber nada”, pero sí que “hay que votar para saber lo que la gente
quiere; en mi opinión, es mejor que Nigeria no se divida, pero muchos están a
favor”.
Nnagbo ve la misma situación de penuria hoy que en la época en que fue
niño soldado. La represión ha causado cientos de víctimas (150 muertes
documentadas por Amnistía Internacional), el IPOB ha sido declarado
“terrorista” y su jefe, Nnamdi Kanu,
cuyo discurso era violento al principio, tras su paso por la cárcel sufrió un
nuevo asalto policial en su casa y está desaparecido.
Tampoco le ha ido bien al Kurdistán iraquí, que celebró un
referéndum de autodeterminación no pactado y desde una posición en apariencia
fuerte tras la guerra contra el Estado Islámico. Rudaw, su principal canal de
televisión, que sigue la actualidad catalana, envió un equipo a Barcelona días
antes del 1-O, ya que en la región autónoma votaban el 25 de septiembre. En
mayo, su responsable de relaciones exteriores, Falah Mustafa Bakir, había
visitado el Parlament y usado claves catalanas al hablar de “proceso” y de
implicar a Bagdad en el resultado del referéndum para negociar (La Vanguardia, 21/V/2017).
Todo
acabó en un 155 y en un apoyo internacional igual a cero. Los kurdos de Siria,
como Aziz Mirzo, que regenta un pequeño restaurante en el centro de Barcelona,
no podían votar en el referéndum iraquí, obviamente; tampoco los emigrados de
Irak. El Kurdistán sirio sufre ahora una ofensiva de Turquía. “Lo que quieren
los kurdos es vivir en paz y ser reconocidos –dice Mirzo–. Con la cuarta parte
de lo que tienen los catalanes sería suficiente”.
En un lugar tan ignoto como Transnistria, una estrecha franja de
mayoría rusófona entre Ucrania y Moldavia, país este último del que se separó a
tiros, en el 2006 el entonces ministro de
Exteriores, Valeri Litskay, decía a La
Vanguardia que “un sistema ideal sería el de Catalunya. Lo
estudiamos desde hace años, cada detalle.
Los catalanes tienen más y disparan
menos: lo que hay que hacer es apretar la pata al poder central”. Transnistria
devino en 1992 un estado de opereta, con bandera y moneda propias, que nadie ha
reconocido. Durante años de discusiones, la idea de una autonomía a la catalana
para su regreso a Moldavia ha surgido por ambas partes. Pero Transnistria sigue
en el limbo.


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