Escrito por
La Redacción.
diciembre 28, 2017
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El presidente
francés, Emmanuel Macron.
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PARÍS.- La victoria de Emmanuel
Macron en las pasadas elecciones presidenciales en Francia fue
aclamada, sobre todo en medios conservadores y liberales -pero también en
algunos sectores progresistas- como un soplo de aire fresco en la política
europea que habría detenido al fantasma de contornos imprecisos que se ha dado
en llamar 'los populismos'.
Nadie señaló,
sin embargo, una enorme paradoja: la construcción del personaje político y de
la identificación con él seguían casi punto por punto las trazas fundamentales
de los discursos populistas.
Macron representa un tipo de liderazgo
carismático que promete hablarle directamente a los ciudadanos franceses por
encima de mediaciones, se reinventa como 'outsider' para oponerse a los
partidos tradicionales, su epopeya personal se convierte en el mito
cualificante y propugna una reinvención de la nación que libere sus mejores
capacidades hoy anquilosadas (la famosa 'start up nation').
El contenido de su discurso, sus mitos y
sus políticas públicas son fácilmente identificables como neoliberales, pero la
forma de construcción de la identidad política "macronista" es muy
similar a las de sus principales rivales en las elecciones presidenciales,
Melénchon y Le Pen, si bien entre los tres hay enormes diferencias políticas.
En este sentido, se puede definir a Macron como un caudillo neoliberal.
El fenómeno, más allá de características
interesantísimas y particularmente francesas, como las que describe
magistralmente Emmanuel Carrére, no se circunscribe al país galo.
Por todas partes, en democracias
consolidadas y de densa institucionalidad, aparecen liderazgos fuertes y
fuerzas políticas de nuevo cuño -dentro o fuera de los partidos tradicionales-
que no sólo proponen girar un poco a la izquierda o a la derecha en las
políticas públicas u otro modo de gestión, sino que postulan la necesidad de
una refundación nacional y defienden la existencia de una voluntad general
latente que ha sido trampeada, fragmentada o ignorada.
La lucha no es por proponer medidas,
sino imaginarios. No hay, sin embargo, nada de falsedad en ello: estamos en la
zona cero de la política.
La política es
una actividad de disputa por la construcción de sentido. No es la traducción o
proclamación de los "verdaderos intereses" ya conformados en la
economía.
Es la generación de identidades
compartidas que agrupan y explican los problemas, proponen soluciones y un
rumbo general, levantan un "nosotros" y así construyen sociedad. Y no
hay sociedad sin explicaciones y mitos compartidos.
Sólo por ingenuidad o cinismo se puede
defender que sea posible o deseable una política sin identidades colectivas. La
democracia pluralista no es la ausencia de identidades o "bandos",
sino la existencia de cauces institucionales y esfera pública como para dirimir
las diferencias en un escenario siempre abierto.
La crisis nos
deja un paisaje terrible, de comunidades no sólo cuarteadas por la precariedad
y la desigualdad, sino también anómicas, huérfanas de referentes, de proyecto
colectivo, de valores que hagan de la reunión de individuos una sociedad.
Presas de la incertidumbre.
Ese no es un problema estadístico o de
balances, sino 'político': la ausencia de un relato de unidad -siempre temporal
e incompleta-, de universales que nos señalen un horizonte.
Por eso hoy la primera labor de la
política con mayúsculas no puede ser el 'business as usual', ni tampoco -que me
perdone Rajoy- sobrevivir de semana en semana o de ocurrencia en ocurrencia. La
tarea política de nuestro tiempo es la de instituir un orden compartido,
rehacer la sociedad, construir 'pueblo' frente a la doctrina, suicida y de
patas cortas, del "sálvese quien pueda".
Sin embargo, si
un sentido concreto tiene esa promesa de orden para el ciudadano de a pie, esa
posibilidad de coser y actualizar la nación como solidaridad cívica, es
precisamente la posibilidad de generar seguridad y un cierto equilibrio para
los de abajo frente a la ley del más fuerte que ha regido desde el inicio de la
crisis financiera.
Y es en ese punto donde el macronismo
está encallando. Sus primeros meses ha estado marcados por una reforma laboral
'a la española' y recortes en ayudas a la vivienda o salarios públicos, por un
programa que agudiza la desigualdad.
Si el "fenómeno Macron" indica
que ha tocado una tecla central e ineludible del nuevo tiempo político europeo,
la crisis de popularidad que hoy enfrenta muestra los límites de su conjugación
en clave neoliberal e inequitativa. La necesaria refundación europea sólo podrá
pasar, entonces, por reinventar el contrato social equilibrando de nuevo la
balanza.


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