Escrito por
La Redacción.
diciembre 15, 2017
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Paul Ryan, a la izquierda, y
otros republicanos
en el congreso presentaron el plan de recorte
de impuestos en septiembre.
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Ya queda claro
que ese punto medio no existe. Eso se debe a que Donald Trump nunca deja de
pedir. Primero, le pidió al partido que se hiciera a la idea de tener a un
acosador sexual narcisista y un mentiroso rutinario como líder.
Después le pidió
que aceptara su ignorancia integral y su política de división racial. Ahora, le
pide al partido que renuncie a su reputación de conservadurismo fiscal. Al
mismo tiempo, le pide al partido que se convierta en el partido de Roy Moore,
el partido de la intolerancia, el presunto acoso sexual y el abuso de menores.
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| Donald Trump |
Esa es la forma
en la que esos tratos corruptos funcionan siempre. Uno piensa que solo le está
cediendo un poco a un verdugo, pero sigue pidiendo más y más… y en poco tiempo
ya es dueño de toda nuestra alma.
El Partido
Republicano está dañando todas y cada una de las causas que se propone servir.
Si los republicanos aceptan que Roy Moore se convierta en senador de Estados
Unidos, durante un tiempo podrían tener un voto más por la justicia o por un
recorte fiscal, pero habrán hecho al partido repugnante para toda una
generación.
La causa provida
siempre estará asociada con la hipocresía moral a una escala monumental. La
palabra “evangélico” ya está ganándose el descrédito de toda una generación. La
gente joven y la gente de raza negra miran al Partido Republicano de Trump y
Moore y sienten repugnancia, una repugnancia que quizá dure para siempre.
No se ayuda a la
causa arropando a un presunto depredador sexual e intolerante patriarcal; no
contribuye el anteponer la búsqueda de poder al carácter, poniéndose a los pies
de uno u otro hombre agresivo, alegando que el fin justifica los medios. No se
racionaliza con éxito la propia chabacanería alegando que nuestros oponentes
son satánicos. No se salva al cristianismo traicionando su mensaje.
Como preguntó
Jesucristo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su
propia alma?”. El actual Partido Republicano parece no entender esa pregunta.
Donald Trump parece haber hecho el lema que rige su vida entera el ganarse
el mundo a costa de su alma.
Es sorprendente
que no haya habido más republicanos como Mitt Romney que dijeran: “¡Ya fue
suficiente! ¡Ya no puedo más!”.
La razón, a mi
parecer, es que la podredumbre que nos ha llevado al extremo del senador Roy
Moore comenzó hace tiempo. Con Sarah Palin y la propagación de Fox News, el
Partido Republicano inició el cambio de un ethos de excelencia
por un ethos de vendedor.
El Partido
Republicano con el que crecí admiraba la excelencia. Admiraba la excelencia intelectual
(Milton Friedman, William F. Buckley), la excelencia moral (el papa Juan Pablo
II, Natan Sharansky) y a los líderes excelentes (James Baker, Jeane
Kirkpatrick). El populismo abandonó todo eso y tuvo que hacerlo debido a su
propia naturaleza.
La excelencia es
jerárquica. La excelencia requiere trabajo, tiempo, experiencia y talento. El
populismo no cree en las jerarquías. El populismo no exige el esfuerzo que se
requiere para entender lo mejor que se ha pensado y dicho. El populismo celebra
el eslogan rápido, la cuchillada impulsiva, la afirmación ignorante y fácil. El
populismo es ciego ante la maestría y acepta la mediocridad.
Comparemos los
recortes fiscales de la era del lado de la oferta con los recortes fiscales de
la actualidad. Hubo tres recortes fiscales importantes en la época anterior: el
recorte fiscal de las ganancias de capital de 1978, el recorte fiscal de
Kemp-Roth de 1981 y la reforma fiscal de 1986.
Se aprobaron con
apoyo bipartidista, después de un extenso proceso legislativo. Todos ellos
respondieron a un problema apremiante en aquel momento, que era la estanflación
(la inflación alta persistente combinada con una elevada tasa de desempleo y
una demanda estancada en la economía) y la esclerosis económica. Todos se
basaban en un cuerpo de trabajo intelectual serio.
Ahora los
liberales asocian la economía del lado de la oferta con la curva de Laffer,
pero eso era secundario. La economía de la oferta se basaba en la ley de los
mercados, de que la oferta creaba su propia demanda. Se basaba en la idea de
que si uno reorganiza los incentivos de los pequeños empresarios es más
probable que obtenga como resultado nuevos emprendimientos y más innovación.
Esos recortes
fueron aceptados por ganadores del Premio Nobel y representaron toda una visión
social, que anteponía a los emprendedores dispersos a la concentración de
corporativos opulentos.
Los recortes
fiscales de hoy no tienen apoyo bipartidista. No tienen bases intelectuales ni
están sustentados por evidencias. No responden a la crisis central de nuestro
tiempo. No tienen visión del bien común, excepto que los donantes republicanos
deberían recibir más dinero y los donantes demócratas deberían tener menos.
La podredumbre
que afecta al Partido Republicano es total: moral, intelectual, política y de
reputación. Cada vez más exrepublicanos se levantan y se dan cuenta: “Me he
quedado sin hogar. Me he quedado sin un hogar político”. (Trabajo elaborado por David Brooks. Publicado en The New York Times)



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