Escrito por
La Redacción.
diciembre 07, 2017
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump,
firma la proclama con la que reconoce Jerusalén
como capital de Israel este miércoles en Washington.
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El
presidente de Estados Unidos rompe con décadas de política exterior
estadounidense. La Casa Blanca intenta amortiguar la reacción palestina y
señala que la mudanza de la embajada tardará años.
Washington.- Los vientos de la ira vuelven a
amenazar Oriente Próximo. Y es que, en un gesto tan simbólico como demoledor,
el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reconocido este miércoles a
la milenaria Jerusalén como capital de Israel y ha ordenado un plan para
trasladar hasta ahí su Embajada.
Aunque la mudanza de
la sede diplomática tardará años y puede que nunca se materialice, la
proclamación rompe con cualquier atisbo de neutralidad
y abre un ciclo sombrío para las agónicas negociaciones de paz entre israelíes
y palestinos.
“Estamos aceptando lo
obvio. Israel es una nación soberana y Jerusalén es la sede de su Gobierno, Parlamento
y Tribunal Supremo”, sentenció Trump.
El presidente ha vuelto a
actuar de espaldas al mundo. Europa, China, las grandes
potencias musulmanas e incluso el Papa han alertado del volcán que está a punto
de entrar en erupción.
“Hago un fuerte
llamamiento para que todos respeten el statu
quo de la ciudad, de conformidad con las resoluciones
pertinentes de la ONU”, ha declarado Francisco, recogiendo un clamor del que
solo Rusia, que ya apoyó a principios de año Jerusalén Oeste
como capital israelí y Este como palestina, se ha distanciado.
Ante la tormenta, Trump se
ha refugiado en que se trata del “reconocimiento de una realidad histórica”, la
aceptación de un hecho consolidado tanto por el pasado como por el presente.
“Jerusalén es el corazón de una de las más exitosas democracias del mundo, un
lugar donde judíos, musulmanes y cristianos pueden vivir según sus creencias.
En 1995, el Congreso
aprobó por abrumadora mayoría reubicar ahí la Embajada y desde entonces todos
los presidentes han aplazado la decisión por miedo a afectar las negociaciones
de paz, pero décadas después no estamos más cerca del acuerdo. Este es un paso
largamente postergado que permitirá avanzar en el proceso y trabajar en la
consecución del pacto”, se justificó el presidente.
Pocos expertos creen que
el giro sea tan aséptico. El reconocimiento alcanza la médula de las relaciones
palestino-israelíes. Jerusalén no es solo una ciudad o una capital. Es un
símbolo. Un lugar roto por la historia, cuarteado por siglos de luchas y ocupaciones
hasta formar un rompecabezas que nadie ha logrado resolver.
Reclamada por israelíes y
palestinos, la comunidad internacional había soslayado el dilema edificando sus
Embajadas en Tel Aviv y dando a esta tierra milenaria un estatuto más propio
del limbo que de una nación desarrollada.
La decisión de Trump acaba
con esta distancia y toca carne viva. De un manotazo impone un nuevo equilibrio
de fuerzas. El tablero proisraelí gana ficha y los palestinos retroceden,
abriéndose otra vez la espita del conflicto.
“Esto es un disparate de
dimensiones históricas. Los intereses de Estados Unidos van a quedar dañados
por muchos años y la región se vuelve mucho más volátil”, ha afirmado en un
comunicado John Brennan, exdirector de la CIA (2013-2017).
Para amortiguar las
reacciones adversas, la Casa Blanca ha tratado de deslindar el reconocimiento
de Jerusalén de cualquier negociación.
“Durante años, hemos
mantenido la ambigüedad para facilitar el proceso, pero ahora consideramos que
la ubicación física de la Embajada no es materia de un posible acuerdo y que,
en todo caso, no cambia en nada nuestra política en la zona”, detalló un
responsable del Departamento de Estado.
El mismo Trump, en su
discurso, ha insistido en que EEUU sigue apoyando un acuerdo de paz y que la
decisión no afecta al estatuto de soberanía de Jerusalén ni a la demarcación de
fronteras. “Mantenemos nuestro compromiso de un pacto aceptable para ambos. Es
tiempo de diálogo, no de violencia”, afirmó el presidente.
En este intento de rebajar
la tensión, los portavoces de la Casa Blanca han recalcado que el
desplazamiento de la Embajada de Tel Aviv a Jerusalén requerirá años.
Han alegado para ello todo
tipo de motivos de seguridad, burocráticos y constructivos, e incluso han
recordado que Trump ha vuelto a firmar el aplazamiento de seis meses que exige
el Congreso para mantener la legación actual.
Todo ello no ha podido
ocultar que en esta jugada ha habido un ganador: Israel y sus halcones en la
Casa Blanca. Entre ellos, el mismo presidente.


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