Escrito por
La Redacción.
diciembre 23, 2017
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Una mujer con lazo amarillo pasea bajo carteles de
C's.
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El resultado de las elecciones del recién pasado
jueves retrata el creciente enfrentamiento de la sociedad catalana.
Barcelona.- Estos días postelectorales
en Canovelles discurre entre fiestas escolares de Navidad y los corrillos que
las abuelas del municipio forman en la calle mientras vigilan a sus nietos. Las
abuelas charlan en los bancos de la calle Diagonal rodeadas por los niños.
Alguna de ellas deja caer un comentario sobre los resultados de
las elecciones, pero lo hace con discreción, para no abrir una indeseada
discusión.
Canovelles, pueblo en el circuito
industrial del Vallès Oriental (provincia deBarcelona) y con buena parte de sus
16.000 habitantes con raíces fuera de Cataluña, era de hegemonía socialista
hasta que llegó Ciudadanos. El 70% de sus vecinos ha votado por partidos
no independentistas. A cinco kilómetros de allí, en L’Ametlla del Vallès, la
situación es opuesta: el 64% optó por las listas de las fuerzas separatistas.
Los resultados del 21-D han confirmado
la polarización. La equidistancia de los comunes —la candidatura en la que se
integró Podemos, esta vez con el nombre Catalunya en Comú— y el
catalanismo moderado del PSC pierden peso: entre los dos sumaban 27 diputados
en 2015; ahora bajan a 25. Cataluña está, tras el jueves, más dividida en dos
mitades.
En L’Ametlla del Vallès
(8.300 habitantes) se impuso Junts per Catalunya con el 36% de los votos y ERC fue segunda con el 24%. L’Ametlla forma parte de
la minoría en una suerte de corredor geográfico que recorre el litoral de
Tarragona hasta las puertas de Girona, y que incluye las comarcas del
prelitoral industrial del Vallès y el Llobregat. Es un territorio en el que
Ciudadanos ha sido el vencedor en la mayoría de las circunscripciones
electorales, arrebatando el primer puesto al PSC y jugándose el liderazgo con los republicanos.
Canovelles sigue el
patrón de lo sucedido en gran parte de esta Cataluña que mira al mar:
Ciudadanos ya arrebató en 2015 el primer puesto al PSC y en 2017 afianza su
posición aumentando los votos conseguidos: del 28% al 37%. Los socialistas se
mantienen segundos con un apoyo del 20%. Frente al corredor naranja se levanta
la Cataluña interior, un mapa casi monocolor donde el dominio de Carles
Puigdemont y de ERC es casi incontestable.
La división social queda patente sobre
el mapa y en el día a día. Las escuelas de Canovelles se reunieron el viernes
en el pabellón deportivo Tagament para celebrar una fiesta navideña. Hubo
actuaciones y sorteo de premios.
En la puerta, Nicolás Mico, trabajador
de los servicios de emergencia de la Cruz Roja, corroboraba que Canovelles y
L’Ametlla, donde vive su hermano, son mundos paralelos, las dos Cataluñas que
se oponen: Canovelles es un municipio obrero que creció en suelo edificado para
albergar a la inmigración de las décadas del desarrollismo; L’Ametlla es un
pueblo residencial con sus villas de veraneo, muchas de ellas modernistas,
testimonios del pasado glorioso de principios del siglo XX, como Can Millet,
hoy una residencia geriátrica propiedad de los Millet, la gran estirpe de la
burguesía catalanista. La oveja negra de la familia, Félix Millet, juzgado por
el saqueo del Palau de la Música, reside en L’Ametlla.
Mico es contrario a la independencia y
teme por la estabilidad social. “Estoy muy preocupado porque la sociedad está
fracturada. La división va a más”, dice. Y admite que en el trabajo no hablan
de la cuestión para evitar broncas: “Antes había una convivencia desde el
respeto, ahora se ha perdido el respeto. Espero que el nacionalismo entienda
que el país no está preparado para la independencia sin una gran mayoría
absoluta”.
Un grupo de amigas.- Isabel Gendre,
frutera jubilada de Canovelles, aunque oriunda de L’Ametlla, se identifica como
“la catalana” del grupo de vecinas de la Calle Diagonal. Explica que
recientemente tuvo un encontronazo con una amiga por la cuestión de la
independencia y esta todavía no ha vuelto al sanedrín de los mediodías. Al lado
de Gendre se sienta Dolores Marín, de 80 años, granadina de origen y la mitad
de su vida en Cataluña.
Se instaló en Canovelles siguiendo a su
marido, empleado en Murtra, histórica empresa textil de la cercana Granollers.
Marín no quiere discutir y solo dice que la independencia no la quiere ni en
pintura. Gendre añade que a ella en verdad lo que le interesa es, pase lo que
pase, que le mantengan la pensión.
Se apunta al diálogo Adela Morilla, de
58 años y con ganas de resaltar que ha votado por Miquel Iceta porque en su
familia, nacidos en Sevilla, el socialismo es un sentimiento y una tradición.
Morilla comenta que en Canovelles la mayoría no está por la independencia, pero
ella ha pasado malos tragos con amigos: “Algunos se han hecho independentistas
porque dicen que Cataluña les ha dado un hogar y una vida confortable.
Si tú no eres independentista, te
llaman botiflera[traidora] pese a que, en mi caso, estoy
plenamente integrada en la cultura catalana: hablo catalán, en casa celebramos
el tió [la tradición catalana para los regalos de
Nochebuena]… Esta división no la habíamos vivido nunca”.
LOS DOS BLOQUES GANAN EN
POBLACIONES RICAS Y POBRES.- Sectores del
independentismo esgrimen que el éxito de Ciudadanos radica en su tirón en
municipios con un menor nivel adquisitivo y educativo, pero lo cierto es que el
dominio de la lista de Inés Arrimadas se ha producido tanto en zonas ricas como
en pobres.
Más que el nivel de bienestar parece
pesar el sentimiento nacional de cada votante, su deseo o no de romper con el
resto de España y el origen de sus raíces familiares.
Ciudadanos ha ganado en barrios
acomodados de Barcelona como Pedralbes o Tres Torres y se ha impuesto en
municipios de la costa con una renta per cápita superior a la media catalana
como Premià de Mar o Sitges, también en la rica comarca pirenaica del Valle de
Arán.
Por su parte, el independentismo no solo
lideró el 21-D en zonas de clase media acomodada, también ganó en municipios
con una renta per cápita notablemente inferior a la de la media en Cataluña: es
el caso del dominio de Esquerra Republicana (ERC) en las comarcas del Ebro o el
de Junts per Catalunya en las comarcas de Lleida. El “voto identitario, el
nacionalismo, suele ser interclasista”, recordaba ayer en La Vanguardia el analista Carles Castro.
“Lo de la división social no es verdad.
En mi familia hay de todo y nos llevamos bien, y en el pueblo tengo amigos del
PP. Son mentiras, como las del PSC. Ellos también quieren aniquilar la
identidad catalana”, dice Emilia Cózar, empleada de la pastelería Sant Jordi de
L’Ametlla. Sergi, uno de sus clientes, añade que la separación en bloques
siempre ha existido: “Antes era entre izquierda y derecha, ahora es por lo
nacional. Al final unas elecciones son un sí o un no a un proyecto. Y los que no se mojan son los
que salen más perjudicados”, sostiene.
Educación
y dinero.- Nacida en Albacete, Cózar ha vivido en
Ecuador y en Sevilla, donde fue militante socialista. Cózar dice votar por los
anticapitalistas de la CUP y espera que ERC y el PDeCAT gobiernen de nuevo “para
conseguir la independencia, pero haciendo las cosas con más cautela, con más
tiempo y sin que sea algo drástico”.
Cózar no tiene duda de por qué en
L’Ametlla predomina el secesionismo: “Porque aquí hay gente más catalana y con
un nivel cultural más elevado. En Canovelles hay más inmigración, también de
origen africano y latino, y sienten miedo a perder lo que tienen”, afirma.
Ramón Cotarelo, catedrático de Ciencia
Política de la UNED, propagandista del independentismo y componente de la lista
electoral de ERC, popularizó el análisis clasista de la división social en
Cataluña con un mensaje en Twitter el pasado 6 de diciembre: “Los más
antindependentistas, los analfabetos seguidos de los que no tienen estudios.
Que cada cual saque sus conclusiones”, escribió.
El jueves, en la jornada electoral en
Viladecans, el municipio de la corona metropolitana de Barcelona en el que ha
crecido más Ciudadanos, el apoderado de Junts per Catalunya Àlex Gallo exponía
a EL PAÍS el mismo razonamiento: “Viladecans y Cornellà son los municipios del
Llobregat en los que la renta per cápita y el nivel educativo son más bajos;
por eso crece tanto Ciudadanos”.
Si parte del separatismo niega que haya
fractura social, los votantes constitucionalistas parecen tener pocas dudas al
respecto, y así se expresaron vecinos de Viladecans preguntados por este
periódico: “La sociedad continuará muy dividida, cada grupo tiene sus ideas y
de ahí no salen. Mi mejor amigo y yo, por ejemplo, ya no nos hablamos”, explicó
Pablo Rama; “se han creado dos bandos; en la vida hay matices y ahora no
cuentan”, reflexionaba Luz Correa, química gallega llegada hace seis años a
Cataluña.
Emilio Cordero,
alcalde socialista de Canovelles, espera a la salida del pabellón Tagamanent
para despedir a las familias y a los equipos de maestros. Cordero responde a
Cózar sobre las diferencias sociológicas: “En Canovelles hay mucha gente
trabajadora venida de toda España, mientras que L’Ametlla es una población más
burguesa; no hay mucho más secreto”, dice. Cordero también intenta razonar la
progresiva sustitución del PSC por Ciudadanos en los municipios industriales de
la provincia de Barcelona como el que él gobierna: “Ciudadanos ha ofrecido un
mensaje fácil del que no sabemos la receta pero que es claro. Nosotros hemos
sido claros, pero hemos introducido matices, y hoy el ganador es el que usa
discursos de blanco o negro”.
Fran Rosa dirige junto a su mujer la
empresa de cerrajería MarFran de L’Ametlla del Vallès. Compraron en 2004 una
nave que cuatro años después, poco antes de estallar la burbuja inmobiliaria,
podrían haber vendido por el doble de precio. Rosa tiene 49 años y emigró de
Extremadura hace 20 para probar fortuna en el Vallès Oriental.
Con mucho esfuerzo levantó una empresa
que hoy tiene siete empleados. Rosa dice tener miedo, “miedo a que vuelva el
jaleo”.
“Me da igual si Cataluña es
independiente, lo que quiero es tranquilidad”, señala. “En octubre el trabajo
cayó y sufrimos. Mis inicios fueron muy duros, y no quiero volver a empezar”.


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