Escrito por
La Redacción.
octubre 20, 2017
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Un manifestante sujeta una estelada (bandera de
Cataluña),
en una calle de Barcelona el pasado 19 de octubre.
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Honda
es la melancolía que padecen ahora las viejas palabras, y prosperan como
piedras esos números: el 678, el 155.
BARCELONA.- Iñaki Azkuna,
el buen alcalde de Bilbao, lo anunció mientras acariciaba con su mano blanca la
bruma en la que se convertían sus compañeros de mesa, al final de su vida.
Tendremos problemas allí, ya lo verán. Allí, Cataluña.
Areilza, que también era del país verde
al que cantó Raimon, contaba tres cosas, algunas con escalofrío. ¿Arreglar
el conflicto vasco?
Que hagan como De Gaulle con Argelia: por el día deben insultarse; por la
noche, a buscar acuerdos. Pero el problema que habrá será Cataluña.
Ya no falta finura, lo que pasa
es que no hay. El malestar no nace de una noche a otra. Se crea, y se crea para
destruir
El viejo diplomático contó la frase más
célebre de la Transición. Fue de Giulio Andreotti, un zorro. En España manca fineza. I tant.
Y tanta finura falta. La historia
actual, predicha por esos viejos en las últimas luces de la vida, se está
haciendo cerebro de un tiempo.
A esos presentimientos del malestar
hemos de añadir una llamada agónica (de hombre en lucha) de un conseguidor
catalán, Leopoldo Rodés, que veía en la alcaldía de Barcelona un rasgo de lo
que le esperaba a su país.
Llamó como si pidiera socorro: va a ganar Ada Colau;
hará de Barcelona un instrumento de una situación indeseable, ya lo verás.
Leopoldo, qué exagerado eres.
Él reunía en su casa a
intelectuales y periodistas para hacerlos hablar de la actualidad. Si se
revisan las notas de aquellas cenas se puede advertir que sus silencios eran
presagios.
Y ahora estamos con un
pie en el estribo final de la finezza. Ya no
falta finura, lo que pasa es que no hay. El malestar no nace de una noche a
otra. Se crea, y se crea para destruir.
Las palabras se han sustituido por
tristes guarismos. El 1-O, el 678 (los días de septiembre en que Puigdemont-
Forcadell-Junqueras, el trío que convirtió el
Parlament en otra cosa), el 155.
Se aplicó primero el 678 y ahora se
aplica el 155. Tanta palabra pendiente y ahora se hace la vida con números, y
con gritos en las calles, y con insultos y mentiras.
Un llamado ministro de Exteriores
catalán se dirige a universidades graves del mundo para requerir que se
pronuncien notables sobre la represión brutal que sufre Cataluña.
Es honda la melancolía que padecen ahora
las viejas palabras, y prosperan como piedras esos números, el 678, el 155. Hasta
El Roto, el tan noble Roto, sirve para decir que España no nos quiere, y no es
verdad, queremos tanto a Cataluña que iríamos con palabras (y con dibujos de El
Roto) hasta el confín de Figueras llevando las palabras que a lo largo de la
historia se han dicho en toda España de amor a Cataluña.
Solo una canción
serviría ahora para describir el ánimo, esta narración inolvidable de Serrat:
“Cal dir adeu a la porta que es tanca/ y no hem volgut tancar”. Que no
cantemos, que no se cante, algún día esa letra sino como una melodía de amor,
no como la realidad que, sin que el poeta quisiera, se podría parecer ahora al
indeseado himno final de la historia. (Escrito por Juan Cruz.
Publicado en el periódico El País)


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