Escrito por
La Redacción.
septiembre 10, 2017
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La trayectoria de Irma en Cuba y Estados Unidos.
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Estados
Unidos contiene la respiración ante el avance del huracán Irma. La orden de
evacuación alcanza a casi seis millones de personas.
MIAMI.- Estados Unidos contiene
la respiración. El monstruo meteorológico llamado Irma amenaza
con causar una catástrofe sin precedentes. Tras devastar el Caribe y golpear
con inusitada fuerza a Cuba entró este sábado en rumbo de colisión con Florida.
Movilizadas ante el descomunal desafío,
las autoridades habían ordenado la evacuación de 5,6 millones de
personas, la mayor en la historia reciente. Bajo un cielo cada vez más
siniestro y ventoso, decenas de miles de desesperadas familias buscaron cobijo
en los refugios públicos, y millones se preparaban en sus casas para afrontar
el embate de los elementos: vientos de 200 kilómetros, trombas bíblicas y
desbordamientos de hasta cuatro metros de altura en una de las zonas más
densamente pobladas del continente.
“Espero ver otra vez el sol, porque viene la noche más larga de mi vida”, decía
Yaritza, con un bebé de un año en brazos y tres niños saltando a su lado en un
refugio de Doral. Rodeada de soldados, vagabundos y desamparados, hacía cola
para la comida. Cereales, yogur de un fosforescente color fresa, pan de molde y
unas lonchas de pavo.
“Es mejor que nada”, musitaba esta madre
mexicana. No estaba sola, pero tampoco se sentía amparada. Había tenido que
abandonar su pequeña casa de latón y madera ante el peligro de inundación y,
con toda su familia, había deambulado por cuatro centros hasta dar con el que
ya esperaba fuera el último. “Estoy agotada”.
A sus 36 años, esta limpiadora mexicana
sólo quería tumbarse en el suelo, abrazar a sus hijos y esperar a que todo
pasase. Afuera, había empezado la tormenta. El escenario previo a la batalla.
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La ciudad de
Miami la tarde-noche de este sábado.
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El cielo negro, roto por afiladas rachas
de viento. Palmeras caídas. Carreteras inundadas y un diluvio continuo. Las
señales auguraban un devastador avance de Irma por Florida. El paso de un
gigante dispuesto a hacer volar lo que encontrase a su paso. “Esto es una
tormenta con una capacidad destructiva nunca vista, estamos haciendo todo lo
posible para evitar daños a la población. Desde Texas a Luisiana, desde Florida
a Puerto Rico, América permanece unida”, clamó el presidente Donald Trump.
Aunque su potencia, tras su periplo
caribeño, se había reducido a un inestable nivel 3, el huracán mantenía su
letalidad. Nunca desde que se tienen registros satelitales la zona había
sufrido un fenómeno con vientos de tal intensidad y duración. Barbados, las
Islas Vírgenes, San Martín y Cuba habían sentido sus terribles efectos. Decenas
de muertos, miles de millones en pérdidas cimentaban la imparable pesadilla. Un
peligro ante el que el Gobierno de EE UU, así como las autoridades estatales y
locales desplegaron a sus efectivos, incluida la Guardia Nacional y la Armada,
y activaron todas las alertas.
El mensaje fue simple. Lo mejor era abandonar los
flancos débiles de Florida. O lo que es lo mismo, evacuar un espacio costero
poblado por seis millones de personas, el 28% de habitantes. Y con la espada de
Damocles de que la orden, como afirmó el infatigable gobernador Rick Scott,
alcanzase a todo el Estado. “No lo hagas mañana ni esta tarde. Si estás en zona
de evacuación, hazlo ahora. El huracán ya está aquí. Debes salir antes del
mediodía en busca de refugio; más tarde, no salgas, tendrás dificultades para
llegar a tu destino”, alertó Scott.
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Las consecuencias de Irma en Miami
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Bajo esta presión, las calles de Miami, una de las
ciudades más coloridas y vitales de América, quedaron vacías. Millones de
vecinos habían atrancado sus puertas; y los últimos desamparados, recogidos por
las fuerzas militares, habían sido instalados en refugios. Entre los primeros,
pese a los malos augurios, se palpaba un sentimiento de resistencia ante la
inmensidad.
“Yo no me pienso ir de mi casa. Ya viví en Cuba muchos
huracanes y he reforzado las ventanas y puertas; no creo que me pase nada; y si
pasa, pues que Dios me tenga en sus pensamientos”, decía José, un camarero
dispuesto a pasar con su familia las próximas 48 horas en su piso de Miami.
“Mi casa está equipada y no me veo en un refugio,
prefiero enfrentarme al huracán desde aquí, con mi familia, todos juntos, sea
lo que sea, le haremos frente”, remachaba Juan del Castillo, un estadounidense
de orígenes canarios. “Otras veces, lo hemos hecho, y no ha pasado nada”.
En la cabeza de muchos flotaba el
recuerdo del huracán
Andrew. El coloso de categoría 5 que en 1992, tras devastar las
Bahamas, impactó en el sur de Florida. El resultado fueron 65 muertos, 65.000
viviendas arrasadas y pérdidas de 26.000 millones de dólares.
“En aquella ocasión me refugié en el aeropuerto. Y
tengo buen recuerdo, nos dieron sándwiches muy ricos y uno se sentía protegido.
Pero esta vez nos han expulsado del aeropuerto y me he tenido que venir aquí”,
contaba sonriente Marc Gordon, un mecánico de coches, con piso en el frente de
playa, una de las zonas de evacuación obligatoria.
Gorra roja, camiseta amarrilla y una sonrisa para
todo, Marc se ha sentado en el suelo del refugio de Doral. Tiene 61 años y dice
que ya ha vivido mucho para estar asustado. Ahora se solaza con la pizza que le
han servido y que define como “maravillosa”.
-¿Y no teme por su casa, por su familia?
-No sirve de nada lamentarse de antemano, cuando
ocurra veremos.
Pragmático, Marc acompaña a otros refugiados con la
mirada y les saluda. “Aquí no se habla de Trump”, se ríe mostrando unos dientes
muy blancos. Y tiene razón. La tormenta ha apagado en Florida los ecos de la
política de Washington.
Bajo el diluvio se borran las diferencias. El
estadounidense Marc bromea con la mexicana Yaritza, los soldados ayudan a los
sin hogar y a nadie se le piden los documentos ni se le amenaza con la
expulsión. Mientras el cielo amenaza con romperse, millones de personas en
Florida solo desean que el sol vuelva a salir.




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