Escrito por
La Redacción.
agosto 14, 2017
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Esto acontece en momentos en que Francia quiere recuperar la
confianza de la población en la clase política.
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El presidente francés, Emmanuel Macron.
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Esta norma acaba con la práctica de los legisladores de
contratar como asistentes parlamentarios a cónyuges o hijos, a quienes en
muchas ocasiones ni siquiera se les veía pisar la Asamblea Nacional pese a las
jugosas nóminas que percibían.
No es algo nuevo. Muchos parlamentarios, tanto de izquierdas
como de derechas, han utilizado este tipo de argucias durante largo tiempo sin
que nadie se rasgara las vestiduras. Pero tras años de crisis, la tolerancia de
los franceses parece haberse agotado.
Fueron las revelaciones de empleos ficticios para su mujer e
hijos las que precipitaron la caída del otrora favorito presidencial, el
conservador François Fillon.
También dimitió el ministro Bruno Le Roux, pese a que al
Gobierno socialista le quedaban pocas semanas de mandato. Con otra candidata,
la ultraderechista Marine Le Pen investigada por presunto desvío de fondos del
Parlamento Europeo para pagar a empleados de su partido, Macron no dudó en
hacer de la probidad una prioridad en su carrera al Elíseo.
Aunque no va tan lejos como hubiera deseado la organización
Transparencia Internacional, la normativa moralizadora le permite a Macron
mostrar su voluntad de probidad y, de paso, hacer gala de eficiencia gracias a
una ley que, en términos generales, pocos han criticado públicamente.
Algo que le viene bien a un presidente que cae en las
encuestas tras apenas tres meses en el Elíseo y que afronta un otoño caliente
con nuevas leyes, como la reforma laboral, que aventuran una oposición mucho
más feroz.


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