Escrito por
La Redacción.
agosto 13, 2017
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El presidente de Estados Unidos recibe un alud de críticas por
la tibieza de su condena a la violencia de grupos racistas y neonazis, muchos
de los cuales le han apoyado.
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| Donald Trump, este sábado en Bedminster. |
La Casa Blanca tuvo
que aclarar que la condena del presidente les incluye. El alcalde de
Charlottesville le acusó de azuzarles. La tragedia ha colocado a Trump ante un
espejo incómodo.
La idea de una América postracial, que se acarició cuando por
primera vez un afroamericano llamado Barack Obama llegó a la Casa Blanca, la de
una era en la que la cuestión de la raza pasaría a un plano secundario, se
antojó fantasiosa rápidamente. Todo el mandato del demócrata estuvo salpicado
de incidentes racistas, a veces tragedias, que recuerdan lo viva que sigue la
fractura social del país, la mala salud de hierro del viejo racismo.
La marcha de los supremacistas de Charlottesville el viernes
tenía por objeto protestar contra la decisión del Ayuntamiento -paralizada por
la justicia- de retirar una estatua del Robert E. Lee (1807-1870), general del
Ejército Confederado durante la Guerra Civil. Algunos consideran la pieza un
homenaje al pasado esclavista que borrar, y otros, una pieza de historia que
respetar. El conflicto en sí muestra las heridas aún abiertas de un país en
el que negros y blancos siguen separados por enormes barreras socioeconómicas.
En los disturbios
del sábado, murió una mujer
blanca de 32 años, Heather Hayer, atropellada por el coche que se lanzó
premeditadamente contra los manifestantes antifascistas y que, presuntamente,
conducía un joven supremacista llamado James Alex Field, ahora detenido. El FBI
ha iniciado una investigación del caso en el marco de los derechos civiles. El
viernes hubo imágenes inquietantes, hombres blancos, viejos y jóvenes portando
antorchas, recordando los tiempos más oscuros del Ku Klux Klan (KKK).
La declaración de Trump tras el suceso dejó silencios tan
elocuentes que un portavoz de la Casa Blanca tuvo que salir a aclarar que su
rechazo a la violencia incluía también a neonazis, los miembros del KKK y el
resto de extremistas representados en la manifestación.
El alcalde de Charlottesville, el demócrata Mike Signer, no
solo criticó la tibieza del presidente –“fue un acto de terrorismo en el que se
usó un coche como arma", dijo a la cadena NBC; “corresponde al presidente
Trump decir que ya basta”, agregó- sino que le apuntó con el dedo. El alcalde
acusó al republicano de alentar a los grupos racistas. "Miren la campaña
electoral que llevó a cabo", dijo.
Senadores de su propio
partido le reclamaron una condena cristalina a la violencia racista, empezando
por ponerle nombre. “Es muy importante para la nación oir al presidente
describir los acontecimientos como lo que son, un ataque terrorista por parte
de los supremacistas blancos”, escribió en su cuenta de Twitter Marco Rubio,
destacado republicano de Florida. Cory Gardner, de Colorado, también recalcó
que “el presidente debe llamar las cosas por su nombre. Estos eran
supremacistas blancos Terrorismo
racista, ese es el riesgo que muchos políticos han pedido incorporar a la
agenda de la amenaza terrorista en Estados Unidos.
Lo hizo el consejero de Seguridad
Nacional de Trump, el general H. R. McMaster. "Creo que podemos
describirlo a las claras como una forma de terrorismo", dijo en la cadena
NBC. La propia hija de Trump, Ivanka, que es además asesora presidencial, se
desmarcó de lde su padre y denunció "el racismo, la supremacía blanca y
los neonazis".
Ivanka se convirtió al judaísmo al
casarse con Jared Kushner. Y el fiscal general, Jeff Sessions, muy conservador
y con acusaciones de racismo en el pasado, dijo que tales "hechos de
intolerancia racial y odio" traicionan valores fundamentales y "no
pueden ser tolerados".
Trump se había dejado querer
por los supremacistas durante buena parte de la campaña, sin rechazar su apoyo
ni condenar sus ideas, alegando incluso desconocimiento de estos grupos, aunque
en marzo de 2016, en una entrevista con la CNN, sí llamó a David Duke, exlíder
del Ku Klux Klan, “mala persona”. Su victoria, aun así, envalentonó a estos
movimientos.


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