Escrito por
La Redacción.
julio 22, 2017
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El presidente francés Emmanuel Macron visitó a las tropas en la base de Istres, en el sur de Francia.
Partidos y medios se inclinan a favor del Ejército en la disputa por el presupuesto.
PARÍS.- El primer
desafío a la autoridad de Emmanuel Macron debía venir de los sindicatos y de la
calle, pero acabó llegando desde otro estamento (y otro espacio urbano) tanto o
más influyente en Francia: los militares y los cuarteles.
El pulso entre el
presidente de la República y su jefe del Estado Mayor, general Pierre de
Villiers, y la dimisión el miércoles del general abren una grieta en una
presidencia que había discurrido sin incidentes mayores.
Los ataques a Macron han sido transversales. De la izquierda radical a la
ultraderecha, de los socialdemócratas a los conservadores moderados, de la
prensa de derechas a la progresista, el tono general ha sido de simpatía con De
Villiers y crítica a Macron. El editorialista de Libération habla de
una “pequeña crisis de autoritarismo” y concluye que “ya va siendo hora de que
[Macron] crezca un poco”. Le Monde describe la dimisión de De Villiers
como una “crisis histórica”; su caricaturista de cabecera, Plantu, ilustra la
portada con un retrato satírico en el que el sustituto de De Villiers, el
general Lecointre, aparece como un perro con la boca tapada; y un artículo de
portada lamenta su “autoritarismo juvenil” del presidente. "¿El fin del
estado de gracia?”, se pregunta el conservador Le Figaro.
Es difícil de
imaginar en otro país un unanimismo parecido en favor del jefe militar y en
contra de su jefe civil. En 2010, cuando el general estadounidense Stanley
McChrystal, un militar respetado y valioso, habló con un periodista en términos
despectivos hacia el presidente Barack Obama, este lo despidió.
Francia, como
Estados Unidos, es un país militarista: el vínculo entre los uniformados y los
ciudadanos —no siempre plácido y lleno de episodios turbulentos— se inscribe en
los genes de la República. A veces es más militarista aún que Estados Unidos.
No es extraño que a Donald Trump, invitado de Macron en la fiesta nacional del
14 de julio, le maravillase el desfile militar: en su país quienes desfilan son
los civiles, y raramente los uniformados.
Cuando hace unos
años en Francia se planteó anular el desfile militar del 14 de julio y
convertirlo en civil, en seguida se desechó como una ocurrencia antipatriótica
y de mal gusto. Las fuerzas armadas son la segunda institución que goza de más
respeto, según un sondeo del Instituto de Ciencias Políticas de París,
ligeramente por detrás de los hospitales.
También es un país
que ha visto a sus militares sometidos a un esfuerzo inusual en los últimos
años, primero en las misiones exteriores —Afganistán, Mali, Irak y Siria— y después
en la misión antiterrorista en el interior, donde miles de soldados están
desplegados en la Operación Centinela. Macron lo entendió bien en las primeras
semanas de su mandato, cuando multiplicó los gestos de complicidad, como el
ascenso de los Campos Elíseos, el día de su investidura, en un vehículo
militar, o su primera salida al extranjero para visitar las tropas en Mali. El
idilio se ha truncado.
Como explica la
historiadora Bénédicte Chéron en Le Figaro, en Francia la relación entre el
poder civil y el militar no es una relación sencilla —manda el civil, obedece
el militar— sino que consiste en una danza sutil. Fue un militar, el general De
Gaulle, quien fundó la V República después de que la IV República entrara en
crisis por un golpe en Argelia y él mismo afrontó un golpe militar en 1961.
“Víctima de su época, visiblemente Emmanuel Macron no se ha dado cuenta de la
espesura histórica de un tema que ha querido tratar con el único sesgo de una
comunicación binaria”, escribe Chéron.
Tras la dimisión
del general De Villiers, Macron lanzó una operación de seducción a los
militares, con una visita el jueves a la base aérea de Istres, clave para la
fuerza de disuasión nuclear francesa. Prometió que, tras los recortes de 2017,
el presupuesto aumentaría a partir de 2018. Mientras tanto, el portavoz del
Gobierno, Christophe Castaner, criticaba de nuevo a De Villiers por
“escenificar su dimisión” y reabría de nuevo la polémica. El apaciguamiento
tardará.
Poco más de un mes
después de llegar al poder, Macron intenta imponer un estilo vertical y
monárquico para romper los bloqueos de la sociedad francesa.
Quiere romper con
las maneras de François Hollande, un presidente que quiso despojar el cargo de
solemnidad y acabó teniendo problemas para imponerse. Los militares lo han
puesto a prueba por primera vez. En septiembre, cuando se adopte la reforma
laboral, le esperan la otra prueba: la de los sindicatos y la calle.

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