Escrito por
La Redacción.
julio 22, 2017
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| Sean Spicer, renunciante vocero de la Casa Blanca |
Sarah Huckabee Sanders, su número dos, le sustituye como
secretaria de prensa.
WASHINGTON.-
Un nuevo vendaval ha sacudido la Casa
Blanca. El portavoz oficial, Sean Spicer, ha presentado su dimisión. Tras seis meses de presión máxima, errores y
desavenencias con el vertiginoso presidente, la voz pública de la
Administración Trump ha anunciado que en agosto se retira. Aunque el motivo
aducido haya sido su oposición a un nuevo director de comunicación, su salida
culmina un largo y lento apagón.
La caída de alguien que nunca fue querido por los
medios. Ni tampoco por su jefe. A Spicer le sustituirá la actual adjunta, Sarah
Huckabee Sanders, de 34 años e hija de un ex gobernador republicano.
Spicer (Rhode Island, 1971) no era un hombre de Trump. Procedente de las filas
republicanas, su elección fue fruto de la presión del jefe de gabinete de la
Casa Blanca, Reince Priebus, pero nunca convenció al mandatario. Ya al día
siguiente de la investidura, el presidente le abroncó en privado por su imagen.
No le gustaba ni el traje ni la corbata que había usado en su primera
comparecencia.
Tampoco su forma de hablar. Desde entonces, las
relaciones entre el portavoz y el multimillonario fueron tormentosas, hasta el
punto de que Trump llegó a comentar que sólo lo mantenía en el puesto por “sus
altos índices de audiencia”.
Dentro y fuera de la Administración, el cortocircuito
era evidente. En los últimos dos meses, las tradicionales apariciones públicas
del portavoz se redujeron aceleradamente y durante semanas enteras llegó a
desaparecer de las pantallas. Era una forma de rebajar una tensión que le
perseguía desde su estreno, cuando acusó a los medios críticos de haber mentido
sobre la cifra de participantes en la investidura. De nada sirvieron las
pruebas fotográficas que demostraban que había sido un acto con menos
participación que el de su antecesor.
Spicer siguió adelante con su cruzada y sus comparecencias se
volvieron un espectáculo taurino.
No soportaba verse contradicho ni tampoco tenía
cintura para contestar a los espinosas cuestiones que el presidente y su
familia suscitaban a diario. A Jim Acosta de la CNN le espetó: “Tienes cero
inteligencia”. Y a una periodista de ABC le recomendó que se comprara un
diccionario. Pronto se convirtió en personaje de las parodias televisivas y en
pleno apogeo de su descrédito cometió un error mayúsculo: en su afán por
demostrar que el presidente sirio, Bachar el Asad, era peor que Adolf Hitler
argumentó que este último “ni siquiera cayó tan bajo como para usar armas
químicas”. La bomba tardó segundos en estallar. Apresuradamente, Spicer tuvo
que pedir disculpas. Pero ya era tarde.
Tenso, autoritario e incapaz de suscitar empatía, la
distancia con los medios se había agigantado sin remedio. En este alejamiento
participó activamente su patrón. Y no sólo por la adicción de Trump a una
iconografía televisiva en la que no encajaba Spicer. Sino porque más de una
vez, el presidente dejó a su portavoz en evidencia.
Acostumbrado a navegar solo y cambiar de rumbo cuando
lo considera oportuno, el republicano suele pulverizar argumentarios largamente
preparados por la Casa Blanca. Así ocurrió al día siguiente de la explosiva
destitución del director del FBI, James Comey. El despido fue presentado por su
portavoz como una consecuencia directa de su errática actuación en el caso de
los correos electrónicos de Hillary Clinton. Nada más hacerse pública esta
versión, Trump rompió con lo dicho y admitió en una televisión que lo había
echado por “esa cosa rusa”. Bajo este continuo vendaval, Spicer intentó primero
seguir en cubierta, pero poco a poco decidió dar mayor
protagonismo a su adjunta, Sarah Huckabee Sanders. El paso atrás
disgustó a Trump, cuya naturaleza catódica siempre ha exigido a los suyos
capacidad para dar la cara.


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