Escrito por
La Redacción.
junio 17, 2017
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El canciller Helmut Kohl, en 1991 en Bonn,
entonces la capital de Alemania.
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El excanciller alemán ha fallecido la mañana de este viernes a los 87 años en su casa de Ludwigshafen.
Ludwigshafen, Alemania.- Helmut Kohl, que ha fallecido este viernes por la
mañana en su casa de Ludwigshafen a los 87 años, según ha confirmado su
partido, la CDU, ha sido el canciller de la unificación alemana.
Sin su claridad de
ideas, sin su sensatez y su empeño, también sin su capacidad de decisión y de
convicción dentro y fuera de Alemania, tal acontecimiento trascendental en la
historia de Europa no se habría producido en el breve plazo de once meses entre
el 9 de noviembre de 1989, día en que cayó el Muro de Berlín, y el 3 de octubre
de 1990 cuando los seis länder de la vieja República Democrática de Alemania
quedaron incorporados en la República Federal e integrados directamente en la
que entonces se llamaba Comunidad Europea, culminando así la ampliación más
rápida que se ha producido en toda su historia.
Kohl se sitúa en
el frontispicio de la historia alemana junto a Bismarck, que hizo la primera
unidad en 1871 en Versalles tras vencer a Francia, y junto a Adenauer que
construyó la Alemania democrática y la reconcilió con su vecino y enemigo
secular francés. De hecho, el mérito de Kohl es todavía mayor, porque su
proyecto de unir a los alemanes era solo la otra cara de su proyecto de unir a
los europeos y de hacerlo, además, en libertad, no a través de la guerra como
Bismarck, ni bajo un régimen de ocupación y división, como Adenauer.
Así, Kohl es también el
canciller de la unidad y la libertad europeas, el político del salto hacia
delante europeo a partir de la unificación alemana y que ha llevado a la
creación de la moneda común, a la ampliación de las fronteras europeas hasta
los confines de Rusia con el ingreso de 28 miembros, y a la consolidación de la
mayor zona de respeto de los derechos humanos y de las libertades, de
estabilidad, seguridad y prosperidad de toda la historia; un balance que en el
momento de su muerte todavía se mantiene plenamente, a pesar de los nubarrones
que se ciernen ahora sobre Europa.
Para este hombre
corriente, vulgar incluso, un gigantón de casi dos metros surgido de la
política renana más provincial de una Alemania dividida y ocupada, la libertad
y la unidad de los alemanes ha sido desde su misma juventud la otra cara de la
libertad y la unidad de todos los europeos. En la caída del Muro encontró su
oportunidad, este momento decisivo y excepcional que pone a prueba a quien
tiene el privilegio de encontrarla. De no haber sucedido quizás ni siquiera
habría ganado las siguientes elecciones y pocos le recordarían en el momento de
su desaparición.
Kohl aprovechó su
oportunidad porque desde muy joven, cuando empezó a militar en la democracia
cristiana renana, fundía en su cabeza el patriotismo alemán con el europeo y la
hostilidad simultánea a los dos sistemas totalitarios, el que acababa de
hundirse en Alemania y el que mantenía bajo su bota a media Europa, incluida la
mitad oriental de Alemania.
Ya señalaba el
camino de la unificación su primer paso trascendental como canciller, solo
llegar a la jefatura del Gobierno en 1982 por una moción de censura
constructiva contra su predecesor, hoy ya olvidada en la bruma de la historia.
Fue su campaña en favor de la llamada doble decisión de la OTAN, propuesta por
el canciller socialdemócrata Helmut Schmidt y tomada en 1979, pero cuestionada
ampliamente por un movimiento pacifista creciente dentro incluso del SPD.
Se trataba de
proponer al Pacto de Varsovia una reducción drástica de los misiles de medio
alcance desplegados por ambos bloques en Europa, y específicamente en la
Alemania comunista y, en caso de no llegar a un acuerdo, el despliegue
inmediato de los misiles estadounidenses en Alemania.
Kohl recibió ya entonces
el apoyo de Mitterrand, con su frase célebre: “Los misiles están el Este, pero
los pacifistas en el Oeste", que le aupó en su espectacular victoria
electoral, casi el 50 por ciento de los votos para su partido, como solo las
obtenía Adenauer en los años de la reconstrucción.
El rearme de la OTAN que los
pacifistas denunciaban prefiguró, de una parte, la incapacidad del sistema
soviético y sobre todo de su economía para aguantar el reto armamentístico
occidental; y, de la otra, la buena compenetración alemana con Francia, el
único país del núcleo europeo que había jugado en algún momento a una tercera
vía entre Washington y Moscú.
Kohl ha sido un
político práctico, modesto, impregnado de historia europea, pero nada
pretencioso. Su reflexión sobre el trágico pasado alemán, incomprendida por
muchos, es reveladora de su talante reticente ante los moralismos y las ideas
grandilocuentes, sin victimismos ni heroicidades impostadas: “Me he beneficiado
de la gracia de nacer tarde”, dijo ante la Knesset, en la primera visita de un
canciller alemán a Israel.
El canciller que supo ver el futuro de Alemania y de
Europa no era partidario de “las visiones” y menos de los políticos
visionarios, “the vision-thing”, al igual que su amigo George H.W. Bush, que
tanto le ayudó en la unificación.
Kohl fue un
auténtico amigo de España. Ayudó al ingreso en las entonces llamadas
Comunidades Europeas, hace exactamente 30 años, y fue el auténtico padrino de
las políticas presupuestarias que han proporcionado a España 300.000 millones
de euros en estas tres décadas en fondos estructurales, sociales, agrarios y de
cohesión. Desde Madrid se le correspondió, como reconoce él mismo en sus
memorias, donde cita el apoyo singular de Felipe González a la unificación, en
contraste con la hostilidad de Margaret Thatcher y las reticencias, luego
superadas, de François Mitterrand.
La Europa que Kohl
contribuyó a construir con el nombramiento de Jacques Delors al frente de la
Comisión, el lanzamiento del Acta Unica para crear el mercado interior europeo
con sus cuatro libertades (de circulación de personas, capitales, mercancías y
servicios) en 1992, el Tratado de Maastricht, la ampliación de la UE de 12 a 15
y los pasos iniciales hacia la moneda única, es todavía la de la ortodoxia
europeísta trazada por los padres fundadores, en la que los gobiernos españoles
se sentían cómodos y capaces de mantener un protagonismo de primer nivel.
Ningún canciller posterior, ni Schroeder ni Merkel, se ha entendido mejor con
Madrid ni ha sintonizado de forma más sutil con los intereses españoles.
Kohl desconfiaba
de Merkel y, en general, de las generaciones que no habían vivido la
experiencia de una Europa dividida y en guerra. “Está destrozando mi Europa”,
llegó a decir en los últimos años, cuando las relaciones con Francia no han
funcionado y Alemania ha ido ocupando un lugar excesivo en todas las
decisiones, prefigurando esa Europa alemana que tanto temía el viejo canciller
y a la que contraponía la Alemania plenamente europea.
Kohl ha pasado su
purgatorio en vida. Tuvo que salir de la cancillería derrotado por Gerhard
Schroeder, después de 16 años en el poder, y luego se vio obligado a abandonar
la política el año siguiente, por la financiación ilegal de su partido, cuya
denuncia se encargó de atizar la propia Angela Merkel.
El suicidio de su
esposa, Hannellore, en 2001, y las peleas familiares con sus hijos, tras
casarse con su secretaria, terminaron de resquebrajar su imagen. Solo faltaba
la publicación simultánea de una reedición de sus memorias y de otras memorias
no autorizadas y muy polémicas, en las que se recogen más de 600 horas de
grabaciones realizadas por un confidente y amigo con el que Kohl se había
peleado.
Su muerte depurará
sin duda el anecdotario y subrayará la dimensión del gigante alemán y europeo
que acaba de desaparecer, e incluso su proximidad y su humanidad. Kohl fue un
político normal, sin aura ni carisma, al que tanto sus adversarios como sus
amigos consideraron como un canciller de transición y terminó como uno de los
más longevos, 16 años en la cancillería, y de los que mayor y más persistente
huella deja en la historia alemana y europea.
A pesar de su
austeridad, su tenacidad y su laboriosidad, perfectamente alemanas, Kohl fue un
hombre discretamente religioso y también irónico, tal como expresa la que es
quizás una frase suya antológica, digna para un epitafio: “Hay vida antes de la
muerte y todo cristiano, protestante o católico, tiene derecho a gozarla”.


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