Escrito por
La Redacción.
junio 29, 2017
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Emmanuel Macron y Donald
Trump se dan la mano el
pasado 25 de mayo, en
la cumbre de la OTAN, en Bruselas.
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El presidente de EEUU acepta la
invitación de asistir al desfile militar del 14 de julio, día de la fiesta
nacional francesa.
WASGINTON.- Volverán
a verse, darse la mano y posiblemente medirse en público. Donald Trump y Emmanuel
Macron, los dos grandes antagonistas de la política mundial, se encontrarán el
14 de julio en París, en la celebración de la fiesta nacional francesa.
La invitación
cursada y reiterada por el Palacio del Elíseo para asistir al desfile militar
ha sido aceptada por la Casa Blanca en una señal de que Washington busca
rebajar la tensión con la nueva estrella del firmamento político europeo.
Desde su entrada en el escenario de la gran política, Macron ha tallado su
figura en oposición a la del multimillonario estadounidense. El presidente
francés es culto, progresista en lo social y moderadamente liberal en lo
económico.
Trump es el
huracán que procede de las tierras bárbaras del republicanismo. Se mofa de los
tratados internacionales, siente urticaria ante el gasto público e idolatra el
dinero privado. Son polos opuestos. Habitantes de planetas que giran en órbitas
distantes incluso en temas tan universales como el cambio climático.
Hace apenas un
mes, Trump dio rienda suelta a sus creencias más radicales y decidió romper con
el “debilitante, desventajoso e injusto” Acuerdo de País. El manotazo resumió su
presidencia. Movido por intereses electorales y económicos a corto plazo, dio
la espalda a la ciencia y abandonó la lucha ante uno de los más inquietantes
desafíos de la humanidad.
Al otro lado de
Atlántico, Macron aprovechó para convertirse en adalid del cambio climático.
Alzó la voz en su defensa, se alió con sus grandes colegas europeos y hasta
ofreció Francia, su Francia republicana y laica, como tierra de refugio a los
científicos estadounidenses implicados en la cuestión. De un golpe, tomó el
liderazgo mundial anti-Trump.
El movimiento no
pasó inadvertido en Washington. Ya el célebre y forzado apretón de manos en la
cumbre de la OTAN del 25 de mayo había adelantado a Trump que Macron no estaba
hecho para el olvido, sino que era un político consciente del totemismo
presidencial francés y con enorme instinto para reconducir los vientos
contrarios a su favor.
Desde entonces, la
relación entre ambos líderes parecía destinada a librarse en un cuadrilátero. Y
quizá aún sea así, pero al aceptar la invitación, el presidente de Estados
Unidos muestra un intento de aproximación.
Primero se verán
en un encuentro bilateral en la cumbre del G-20 en Hamburgo y, una semana
después, Trump acudirá a París en una fecha cargada de simbolismo, donde
cualquier gesto fuera de lugar desatará una tormenta sideral.
El 14 de julio es
un crisol ideológico. Se celebra la reconciliación de los franceses, pero
también se recuerda la toma de la Bastilla y con ella el fin del despotismo
monárquico y el nacimiento de la Francia universal.
Del país que
brilló como pocos en la construcción de los ideales humanistas. La fecha de la
visita también coincide con la conmemoración de los 100 años de la entrada de
Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Un hecho que permitirá que
soldados americanos participen en el desfile militar.
La señal es clara.
La Casa Blanca trata de recuperar el terreno perdido en un momento de búsqueda
de alianzas ante desafíos como Siria o el ISIS.
“Los dos líderes tratarán
también de cooperación antiterrorista y colaboración económica”, indica el
escueto comunicado de la Casa Blanca, precedido el martes por una llamada
telefónica en la que se acordó actuar de forma conjunta en caso de que se
produzca un nuevo ataque químico de Damasco.
Unos pasos aún
pequeños, pero que indican que todo se encamina a un descenso de la tensión.


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