Escrito por
La Redacción.
mayo 10, 2017
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El presidente
Nicolás Maduro hace preguntas
a una población de
ganado vacuno.
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CARACAS.- A
primera vista, no hay ninguna razón para tomar en serio la asamblea
constituyente propuesta por Nicolás Maduro: un poco porque no escapa a nadie
que es otro invento para perpetuar el chavismo en el poder pasando por encima
de los principios democráticos más básicos, y otro poco porque, como en su foro
interior saben incluso los chavistas más fanáticos, Maduro es un personaje
impresentable, una caricatura que la historia, sin piedad, colocó en medio de
la tragedia.
De no ser para
llorar, sería para morirse de la risa: después de haber invocado el alma de su
mentor hablando con los pájaros, ahora no se le ocurrió mejor idea que pedirle
a cuatro vacas la opinión sobre su proyecto constitucional; tal vez con la
esperanza de revivir en ellas el espíritu de Ubre Blanca, la vaca a la que
Fidel Castro levantó una estatua, mientras sus grandiosos planes alimentarios
fracasaban uno tras otro, dejando hambrientos a los cubanos: cómo la tragedia
se repite en farsa.
Sin embargo, el
proyecto de reforma constitucional imaginado por el régimen venezolano para
salir del atolladero en que se encuentra, debe ser tomado en serio. No tanto
porque pueda salvarlo del hundimiento, lo que es improbable, sino porque deja
al descubierto su ideología, sus valores, su concepción del orden político. Y
también su álbum familiar.
Nos recuerda que
el régimen chavista, al igual que todos los regímenes populistas, cultiva una
visión corporativa del orden social y de la organización política. Hasta ahora
se había escondido detrás de las formas institucionales y representativas de la
democracia liberal porque podía explotarlas para su beneficio.
Ahora que ya no le
garantizan la mayoría electoral, e incluso lo condenan a una muerte segura, ha
llegado la hora de tirarlas por la borda. Comenzando con la primera y más
importante: el principio de que a una cabeza le corresponde un voto, que todas
las personas tienen los mismos derechos políticos y el derecho a expresarse
libremente y de forma individual, independientemente de su profesión, origen
étnico, religión, ideología.
La idea chavista
de la representación, en cambio, es todo lo contrario: implica que cada
ciudadano pertenezca a una corporación, profesional o territorial, y que de
ella dependan sus derechos; el individuo debe someterse al “cuerpo”, al
“órgano”.
¿Soy un
trabajador? Elijo un trabajador. ¿Soy un militar? Elijo un soldado. ¿Soy residente
en el municipio de Barinas? De ahí voy a elegir mi representante. Y así
sucesivamente. Este es el criterio propuesto por el régimen venezolano para
formar la nueva asamblea constituyente, claro que cuidando de que estén
sobre-representados aquellos sectores sociales donde aún conserva un cierto
arraigo. Cada cuerpo - esta es la idea – debe cumplir su función dentro del
organismo de la nación; y todos los cuerpos deben cooperar en forma orgánica
entre ellos dentro de la asamblea que los recoge. Por encima de ellos vigilará
la única fuente de la unidad nacional, el partido de vanguardia dirigido por el
gran líder, el monarca llamado presidente: vitalicio, por supuesto.
Dónde desemboca
esta concepción, se sabe hace tiempo: en el partido único que dice encarnar el
espíritu de la nación; en el sacrificio de los derechos individuales al
supuesto bien colectivo; a la muerte del pluralismo en el nombre de la
unanimidad del “pueblo”. Es la tumba de la democracia. Para hacer la tortilla,
dijo Lenin, hay que romper huevos. De hecho, el chavismo los ha roto todos. De
la tortilla, sin embargo, no queda ningún rastro, a juzgar por el abismo al que
llevó al país.
¿Hay algo nuevo en
eso? Ni siquiera la sombra: es la cosa más antigua del mundo; la matriz
habitual de todos los enemigos del liberalismo en los dos lados del Atlántico.
Si se quiere, se puede incluso notar que ese corporativismo recuerda, aunque en
un contexto histórico diferente y remoto, el imaginario social de la monarquía
católica de la era colonial: lo que debería hacer reflexionar muchos devotos
del chavismo, que se creen y definen poscoloniales. La misma concepción, la
sustitución de la sociedad de individuos y partidos políticos por la sociedad
de cuerpos y corporaciones, de la representación liberal por la corporativa,
recurre en todos los totalitarismos del pasado y del presente; los que lograron
acabar con todos los enemigos como el nacionalsocialismo y el estalinismo, y
los que sólo lo lograron en parte: ¿qué era, después de todo, la comunidad
organizada soñada por Juan Perón? ¿Y qué fue durante setenta años, el régimen
mexicano del Partido Revolucionario Institucional?
Aclarado esto, no
hace falta añadir que el ejemplo que inspiró Maduro está mucho más cerca en el
tiempo y en el espacio: se trata de Cuba, así como cubanos son miles de
oficiales que apuntalan su régimen tambaleante. Justamente así funciona la
representación en Cuba: cada individuo está encasillado en una o más de las
muchas “organizaciones de masas” del régimen, en su mayoría profesionales - los
trabajadores, los artistas, los militares, etc. – pero también territoriales,
como los comités de defensa de la revolución.
Quien las controla
es el partido único, el Gran Hermano listo para aplastar todos aquellos que se
atreven a romper la unanimidad del coro en nombre de la comunidad y del pueblo.
Pero esta antigua tradición tiene muchos otros padres: el Fuero del Trabajo de
Francisco Franco, por ejemplo; y la Carta del Trabajo de Benito Mussolini, en
que se inspiró el fuero y que se tradujo en la Cámara de las Corporaciones. El
chavismo y sus devotos acusan de “fascistas” a sus oponentes, movilizados en
defensa de la democracia. Hay algo más cómico; o trágico? Será ignorancia o
mala fe? (Trabajo escrito por Loris Zanatta, catedrático e historiador de
la Universidad de Bolonia. Publicado este miércoles en el periódico El Clarín)


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