Escrito por
La Redacción.
mayo 15, 2017
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Emmanuel Macron saluda
a la multitud mientras
se dirige al Elíseo
(Casa Presidencial).
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El nuevo presidente envía un mensaje de continuidad institucional al suceder a François Hollande.
PARIS.- Emmanuel
Macron, el exbanquero que ganó las elecciones francesas con la bandera del
cambio generacional, comenzó el domingo el quinquenato con un mensaje de
continuidad respecto a sus antecesores.
El centrista
Macron, que a los 39 años es el presidente más joven de la V República, cree
que Francia necesita recobrar la confianza para hacer oír su voz y desarrollar
su papel secular: “corregir", dijo, "los excesos del curso del mundo,
y velar por la defensa de la libertad”. El presidente nombrará el lunes a su
primer ministro, ante de volar a Berlín, en su primer viaje oficial.
Macron quiso que su llegada al poder fuese sobria y contenida. Multiplicó los
gestos. Un traje de 450 euros para él; otro prestado para su esposa, Brigitte.
Tres vehículos made in France para los desplazamientos del día: uno
militar, un Renault y un Citroën. Unos trescientos invitados en el salón de
fiestas del Palacio del Elíseo. Un discurso breve, lejos de la retórica
rupturista de la campaña y los primeros días tras la victoria electoral el 7 de
mayo. Y una voluntad expresa de revestirse del ropaje presidencial, más cerca
de la solemnidad monárquica que encarnó el general De Gaulle o Mitterrand que del
estilo disruptivo de start-up californiana que le llevó al poder.
“Mi primera
exigencia será devolver a los franceses esta confianza que lleva demasiado
tiempo debilitándose”, dijo el nuevo presidente. Fue una carga contra el declivismo que
atenaza el país: la impresión de que su decadencia es irremediable y que el
mundo conspira para hundirlo. En la campaña, Marine Le Pen, líder del Frente
Nacional, supo hablar mejor que nadie a esta Francia “que se siente amenazada
en su cultural, en su modelo social, en sus creencias profunda”. Macron quiere
recuperarla.
Sólo volviendo a
confiar en sí misma, sostiene, sólo liberando las fuerzas creativas y la
capacidad de innovación, sólo rompiendo los candados corporativistas y
reformando una economía estancada para crecer de nuevo y crear empleo, podrá
Francia recobrar su influencia global. Porque este país, dijo, “sólo es fuerte
cuando es próspera, sólo es un modelo para el mundo si es ejemplar”.
Y ahí llega lo que
el presidente llamó su “segunda exigencia”. Si Francia reencuentra “el gusto
por el futuro y el orgullo de lo que es, el mundo entero prestará atención a la
palabra de Francia”. Sin mencionar a Le Pen y a las fuerzas del populismo de
izquierdas y derechas, Macron roba a estos la bandera del patriotismo para
proyectarla hacia el mundo. Sólo europeizada y globalizada —sólo liberalizada—
Francia puede resucitar la grandeur, según la doctrina Macron.
Ni rastro de las
promesas de echar patas arriba el sistema. Ni de la novedad que supone este
presidente: un hombre que ha llegado a la cúspide del poder francés sin
experiencia electoral, sin partido, y con un perfil ideológico —ni izquierdas
ni derechas: todo lo contrario— heterodoxo. Ni rastro del espíritu de Juana de
Arco, de quien precisamente se celebraba la festividad. Hace un año Macron
glosó a la heroína nacional casi como un precedente lejano, alguien que “sabe
que no ha nacido para vivir, sino para tentar lo imposible”, porque, “como una
flecha, su trayectoria fue neta: Juana perforó el sistema”.
Macron hizo lo
contrario: se inscribió de lleno en el sistema, en la cadena que, eslabón a
eslabón, mantiene en pie el Estado y, con él, Francia. Uno a uno, de De Gaulle
a Hollande, homenajeó a sus siete antecesores en la V República:
paradójicamente los arquitectos de la Francia deprimida que él quiere cambiar.
Al reclamar una Francia no encerrada con sus obsesiones sino con vocación
universal, se afirma como heredero de unos principios que también sus
defensores mantuvieron. E intenta ocupar un espacio que la otra nación con una
vocación universal, Estados Unidos, repudia a diario con el presidente Donald
Trump.
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El nuevo presidente de
Francia, Emmanuel Macron
saluda al presidente saliente, François Hollande.
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El vacío del rey.- Emmanuel Macron regresó a los salones del Elíseo que pisó como joven miembro del equipo del presidente saliente, François Hollande, para asumir la jefatura del Estado en un ritual que se repite desde que el general De Gaulle fundó la V República en 1958. Después se recogió ante la tumba al soldado desconocido, en el Arco del Triunfo, visitó a soldados heridos en combate en un hospital militar y se dio un baño de masas ante el Ayuntamiento de París.
El traspaso de
poderes es el símbolo de la continuidad del Estado, fundamento y expresión de
la nación francesa. Una entronización republicana: en vez de la corona el
presidente recibe el collar de Gran Maestro de la Orden nacional de la Legión
de Honor. El elegido entra en el palacio como ciudadano y —voilà!— sale rey.
Macron sostiene
que la democracia francesa está marcada por un vacío en su centro, una figura
ausente: precisamente el rey. “Hemos intentado colmar este vacío, colocar otras
figuras: son los momentos napoleónicos y gaullistas, especialmente”, dice en el
libro Macron por Macron. El nuevo presidente cree que al normalizar el cargo
—una normalización que con Hollande llegó a su paroxismo— se ha ahondado el
vacío. “Lo que se espera de un presidente de la República es que ocupe esta
función”. Él empezará a hacerlo ya.



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