Escrito por
La Redacción.
mayo 08, 2017
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Emmanuel Macron celebra su victoria en las elecciones presidenciales en París el domingo.
El centrista derrota a Marine Le Pen
con un 66,06% de votos frente a un 33,93%."Defenderé
Francia, sus intereses vitales, su imagen. Defenderé Europa: es nuestra
civilización lo que está en juego, nuestra manera de ser libres”, dijo Macron
en un discurso solemne tras su triunfo.
PARÍS.- Y Francia
dijo no. La victoria en las elecciones presidenciales de Emmanuel Macron, un exbanquero
europeísta y liberal, frena la ola de descontento populista que triunfó en
noviembre en las presidenciales de Estados Unidos y, antes, en el referéndum
europeo de Reino Unido. Al frente del nuevo movimiento En Marche!, derrotó con rotundidad
a Marine Le Pen, alineada con el presidente estadounidense Donald Trump y el
ruso Vladímir Putin.
Macron, que a los
39 años será el presidente más joven de la V República, conectó con las ansias
de aire fresco y renovación moderada de millones de franceses, y se benefició
del amplio rechazo que suscita el partido de su rival, el Frente Nacional.
Macron consiguió
un 66,06% de votos, frente a un 33,94% de Le Pen, con el 100% de las papeletas
escrutadas. Después del Brexit y de Trump, no habrá Le Pen.
Nunca en la V República, con la excepción de Jacques Chirac en 2002, un
presidente habrá llegado al poder con una victoria tan clara. Chirac derrotó al
padre de Marine Le Pen, Jean-Marie, con un 82% de votos. El nivel de abstención
también se acerca a niveles récord, un 24,89%, la más elevada desde 1969.
La historia nunca
se mueve en línea recta, ni sirven los relatos que todo lo abarcan, como
demuestra la elección francesa de 2017. En el año del populismo y el
nacionalismo, en unas sociedades marcadas por el hartazgo con las élites, en un
momento de escepticismo con el capitalismo de libre mercado y el orden liberal
internacional, de crisis de la integración europea y de miedo a los inmigrantes
y refugiados, Francia emprende otro camino.
Si hace unos meses,
en el mundo convulsionado por la irrupción de Trump y la salida de Reino Unido
de UE, alguien hubiese pronosticado que los franceses elegirían un presidente
europeísta y liberal, defensor de la globalización y partidario de la apertura
de las fronteras a las personas y a las mercancías, habría pasado por un
desinformado, o un incauto.
Si, además, este
candidato hubiese sido banquero de inversiones —solo nueve años después de la
caída del banco de inversiones Lehman Brothers, detonante de la Gran Recesión— y
ministro de Economía del presidente más impopular de la V República, cualquier
consultor electoral le habría aconsejado que se olvidase inmediatamente de
aspirar a la presidencia.
Emmanuel
Jean-Michel Frédéric Macron (Amiens, 1977), sin renunciar a ninguna de estas
ideas ni esconder su biografía, desafió todas las advertencias y se convertirá
en el octavo presidente de la V República. La ceremonia de traspaso de poderes
con el socialista François Hollande se celebrará esta misma semana y en los
próximos días nombrará a un primer ministro. Nadie le esperaba, pocos creían en
él cuando hace un año lanzó En Marche!, siendo aún ministro independiente de
Hollande.
"Defenderé
Francia, sus intereses vitales, su imagen", dijo Macron en un discurso
solemne. "Defenderé Europa: es nuestra civilización lo que está en juego,
nuestra manera de ser libres. Me esforzaré para rehacer los vínculos entre
Europa y sus ciudadanos. Envío a las naciones del mundo un saludo de la Francia
fraternal".
Le Pen, tras
felicitar al vencedor, anunció la transformación del Frente Nacional en un
nuevo movimiento que defenderá lo que ella llama los "soberanistas"
frente a los "mundialistas".
Una mezcla de
suerte y audacia explica su éxito. Tuvo la suerte de ver cómo los principales
aspirantes para la presidencia iban cayendo uno a uno en las elecciones
primarias (Nicolas Sarkozy y Manuel Valls), bajo el peso de los escándalos
(François Fillon) o por la decisión de no presentarse (François Hollande). Y
supo aprovecharla al ocupar el preciado centro político para apelar a los “dos
de cada tres franceses” de los que hablaba Valéry Giscard D’Estaing en un libro
de 1984: el espectro que va del centroizquierda al centroderecha, la masa
crítica necesaria para emprender las siempre aplazadas reformas.
La audacia de
Macron consistió en entender que, en el año del descontento con el statu quo,
había espacio para un hombre como él. Criado en y por el statu quo autóctono—el
producto mejor acabado de la meritocracia francesa—, rompió con el statu quo.
Por su juventud, casi revolucionaria para la clase política de este país. Y por
su visión al emanciparse de los partidos tradicionales en el momento en que
estos estaban a punto de implosionar.
El nuevo presidente ha sabido captar el
humor de una parte de la sociedad francesa, harta de la vieja política y las
viejas estructuras y al mismo tiempo esperanzada y optimista. Es la Francia más
cosmopolita y educada, la de los ingresos más elevados y las metrópolis
globalizadas, pero también de la cornisa atlántica, en parte rural, la que
menos ha sufrido los embates del capitalismo transnacional.
Una parte del voto
a Macron es un voto de adhesión; una parte aún mayor lo constituyen ciudadanos
de derechas e izquierdas que ante todo querían frenar al Frente Nacional de Le
Pen. Son votantes prestados, que no regalarán nada al presidente en los
próximos meses y que en algunos aspectos —la economía, o Europa— se oponen a
sus ideas.
El sistema de
elecciones con dos vueltas es una diferencia clave de Francia respecto a otros
países sometidos a la sacudida populista. En Francia, aunque la opción
extremista se clasifique, como ocurrió en la primera vuelta del 23 de abril, en
la segunda vuelta se forman mayorías que impiden su acceso al poder. Esta es la
maldición del FN y Le Pen, que, pese a los avances, siguen cargando con el
estigma de la ultraderecha de raíz racista, antisemita y colaboracionista.
La
derrota en el momento más dulce para sus ideas —excepcionalmente un candidato
estaba en sintonía con Moscú y Washington, y era Marine Le Pen— abrirá una
reflexión y puede hacer tambalear su liderazgo. Cuenta sin embargo con el aval
de millones de votantes y la aspiración de transformarse en el primer partido
de la oposición. Y la alta abstención, comparada con otras elecciones, y un
resultado que dobla el de su padre, Jean-Marie, en 2002, son una señal: el
frente anti-Le Pen muestra signos de debilidad.
El peligro para
Macron es la fuerte contestación que encontrará a izquierda y derecha, los
sempiternos bloqueos con los que cualquier presidente reformista —y casi todos
llegan prometiendo, por fin, la reforma— se estrellan a los pocos meses de
instalarse en el Elíseo. Antes deberá nombrar al primer ministro —las quinielas
señalan desde al veterano barón centrista François Bayrou hasta una mujer
procedente de la sociedad civil— y obtener una mayoría parlamentaria en las
elecciones legislativas de junio.
La victoria de
Macron por ahora significa más por lo que evita —el ascenso al poder de un
partido extremista que quería sacar a Francia de la UE y del euro— que por sus
propuestas en sí. La potencia simbólica del resultado —un hombre joven, al que
ya se ha comparado con el canadiense Justin Trudeau y al que se comparará con
John Kennedy en el mundo de los Trump, Putin y el Brexit— desborda los detalles
programáticos de En Marche!.
Francia, pese a su
menguante peso internacional y sus inseguridades existenciales, tiene en común
con EE UU su vocación universal, la creencia de que la ‘idea francesa’ —los
ideales de la Revolución, los derechos humanos— trasciende sus fronteras. El
general De Gaulle hablaba en 1945 de “estos momentos de la historia en los que
en el suelo de Francia se decidía la suerte de Europa y, a través de ella,
incluso del mundo”. La elección de Emmanuel Macron es un mensaje global.


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