Escrito por
La Redacción.
mayo 09, 2017
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La canciller alemana, Ángela
Merkel, y el presidente
francés, François
Hollande, este lunes en Berlín.
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Ángela Merkel se opone a los eurobonos y defiende su superávit comercial sin acoger las propuestas francesas para los países del euro.
BERLÍN.- Mucha
alegría, un torrente de felicitaciones y buenas palabras emanan desde Alemania
el día después. Berlín, como el resto de capitales europeas, desborda
entusiasmo. La victoria de Emmanuel Macron en Francia ha evitado que Francia
acabara en manos de una presidenta eurófoba y ha frenado en seco la marea
populista que amenazaba inundación.
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Emmanuel Macron,
presidente electo de Francia.
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Pero las señales
que emite Berlín anticipan también tensiones en el plano económico. El nuevo
inquilino del Elíseo quiere un impulso para la eurozona. En cambio, el Gobierno
de Angela Merkel ha dejado claro el lunes que las propuestas de Macron para
compartir la deuda europea a través de eurobonos, la reducción del superávit
comercial alemán o la reforma del pacto de estabilidad no están de momento
sobre la mesa.
El 24 de
septiembre la canciller Angela Merkel aspira a lograr un cuarto mandato y es
muy consciente que cualquier guiño financiero a los países del sur, que los
electores alemanes sientan que afecta a su cartera, podría pasarle factura.
La victoria de
Macron ha sido “espectacular”, ha dicho Merkel en una comparecencia este lunes
ante la prensa. “Defiende un mundo abierto y está decididamente comprometido
con la economía social de mercado”. Merkel ha alabado también su programa de
reformas; una de las exigencias de Berlín para hablar de contrapartidas. “Me
gustaría ayudar, en particular a reducir el desempleo en Francia”, ha dicho sin
dar muchas más pistas.
Pero llegado el
momento de la concreción, las cosas se han empezado a torcer como era
previsible. Y como ya sucedió con François Hollande. Ante la exigencia de que
Alemania se esfuerce por equilibrar su balanza comercial, Merkel ha defendido
el superávit comercial porque “está ligado a la calidad de nuestros productos”
y ha pronosticado que en cualquier caso ese superávit está a la baja. “No veo
por qué tenemos que cambiar nuestra política en este momento”, dijo aludiendo a
las reglas de gasto europeas.
Minutos antes, su
portavoz, Steffen Seibert, echaba otro jarro de agua fría en otra comparecencia
ante la prensa: “El Gobierno alemán continúa rechazando los eurobonos”, dijo en
alusión al mecanismo que permitiría emitir títulos de créditos para aliviar la
crisis de la deuda en Europa. Merkel ya dijo en su día que la mutualización de
deuda en Europa no llegará "mientras yo viva". Preguntados los
portavoces del Gobierno sobre las ideas del nuevo presidente francés de que los
países de la eurozona compartan más responsabilidades, no ha habido respuestas
para los periodistas. Tampoco sobre un posible reforma del pacto de
estabilidad.
Además de los
eurobonos, Macron quiere un presupuesto de la eurozona para luchar contra las
crisis y un ministro de Finanzas común para el euro, defiende el cambio de las
reglas fiscales de la UE y el incremento de las inversiones y quiere que Berlín
ataje su superávit comercial.
Pero para buena parte de los políticos y también
de la población alemana, ceder a estas políticas equivaldría a permitir que los
países que no hacen sus deberes, los del sur, se aprovechen del poderío
económico alemán.
Alemania ve como un anatema cualquier cosa que se parezca a
una unión de transferencias. Ya ha criticado con dureza al Banco Central Europeo
por su programa de compra de bonos. Compartir más, piensan los alemanes,
equivale a pagar sin obtener casi nada a cambio.
“Lo normal es que en Berlín se
encuentre una negativa a casi todo [en relación al euro], sea cual sea el nuevo
Gobierno”, interpreta una fuente diplomática europea. En otros asuntos como la
política exterior, los refugiados o los asuntos de defensa, el consenso es
mucho mayor.
“Alemania, por su forma de ejercer el liderazgo, necesita más que
nunca a Francia después de la espantada de Reino Unido”, añaden las mismas
fuentes.
El dedo índice levantado.- Un comunicado del ministro de Exteriores alemán,
emitido al poco de conocerse los resultados en Francia, había sin embargo
albergado esperanzas de que el entusiasmo hubiera resquebrajado incluso el
mantra de la austeridad.
“Emmanuel Macron tiene que triunfar. Si fracasa, Le
Pen será presidenta dentro de cinco años”, dijo el ministro socialdemócrata
Sigmar Gabriel, cuyo partido gobierna en coalición con los democristianos de
Merkel. “Los alemanes estamos llamados a apoyarle. Cualquiera que acometa
reformas no puede estar obligado por la estricta austeridad al mismo tiempo.
Esto impide invertir en crecimiento y crear empleo. Por eso, los tiempos de la
ortodoxia político-financiera y el dedo índice levantado deben acabar”, añadió.
Sus palabras fueron devoradas sin embargo horas más tarde por la canciller, que
no respaldó los planteamientos de su titular de Exteriores.
“Es posible que se
acepte algún mecanismo de redistribución, pero ligado a proyectos determinados
y sin que afecte al bolsillo de los ciudadanos. Veo difícil un cambio en el
tema de los eurobonos”, opina Bert van Roosebeke, investigador jefe del Centrum
für Europäische Politik de Friburgo.
“Los alemanes son muy escépticos de que
Francia vaya realmente a llevar a cabo las reformas que Berlín quiere y
probablemente es poco realista pensar que Francia vaya a aplicar la austeridad
que defiende Alemania”, piensa Carsten Nickel, analista político de Teneo. “Es
muy difícil que haya cambios reales hacia una mayor interacción en la eurozona
sin una presión fuerte de los mercados”, concluye.
Macron es la nueva
esperanza para Bruselas, que ve en el nuevo presidente francés una oportunidad
para tratar de rehacer el eje francoalemán, desaparecido en los últimos años:
desde que empezó la crisis, Alemania hace las propuestas y Francia les pone las
comas. Bruselas ve con buenos ojos sus propuestas para el euro, pero asume que
ninguna de ellas es posible hasta después de las elecciones alemanas. E incluso
después: Berlín solo estudiará esas medidas si Macron consigue sacar adelante
las reformas prometidas, algo que no será nada fácil si no consigue un apoyo
amplio en la Asamblea Nacional.
El euro necesita
una reforma. Pero Alemania quiere más disciplina y nuevos mecanismos que hagan
que los Estados miembros (básicamente, la propia Francia e Italia) hagan
reformas dolorosas, mientras que Francia quiere instrumentos comunes como los
eurobonos, una unión de transferencias que Berlín no va a permitir. Macron ha
prometido hacer las reformas y reducir sutilmente el gasto público, al estilo
Nórdico, para después buscar un nuevo frente francoalemán sobre el euro. Lo
normal es que en Berlín se encuentre una negativa a casi todo, sea cual sea el
nuevo Gobierno, con o sin el rocoso ministro de Finanzas alemán, Wolfgang
Schäuble. “El resto de Europa no debería pagar por lo que es bueno para
Francia”, vienen a decir los alemanes, pese a que los socialdemócratas son más
receptivos.
El nein
alemán se da por seguro. Pero Berlín lo tendrá más difícil que en el pasado:
hasta ahora, su primera excusa para decir que no a todo era que Francia se
negaba a reformarse. Si Macron saca adelante sus medidas en Francia, tendrá que
buscarse una excusa nueva. Aunque ya casi la tiene: Italia tiene graves
problemas en sus bancos y una economía estancada desde hace tres lustros, y aun
así se resiste a reformarse.
Más presión para Italia, que no va a tener donde
esconderse. El mantra en Berlín, y en todos los países acreedores, es que antes
de que haya cualquier tipo de mutualización de riesgos (risk sharing, en la
jerga bruselense) tiene que haber reducción de riesgos: limitar, por ejemplo,
la deuda pública que pueden comprar los bancos de cada país. Con la crisis de
deuda aún fresca y un abultado endeudamiento en la periferia, media Europa no
quiere oír hablar de eso ni en pintura. Al menos por ahora.



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