Escrito por
La Redacción.
abril 30, 2017
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Donald Trump
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WASHINGTON.- "Pensaba que iba a ser más
fácil". Con esta frase, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump,
intentaba resumir sus primeros cien días al frente de la 45ª Administración de
Estados Unidos, cuya posesión tomó, para sorpresa de la gran mayoría de
analistas, el pasado 20 de enero.
Desde
entonces, ha marchado trastabillada entre polémicas en ámbitos casi innumerables,
muchas de ellas originadas por el deseo de Trump de aplicar lo antes posible
sus promesas de campaña, sin conocer la enorme complejidad de los procesos que
ha puesto en marcha.
Los primeros
cien días de Trump han estado marcados por constantes enfrentamientos con el
poder Judicial, una confusa política exterior, indefinición y obstáculos en su
gran proyecto contra la inmigración, cambios de postura en su política
comercial, incapacidad para anular la reforma sanitaria de Obama,
debilitamiento de los programas culturales y medioambientales, el mantenimiento
de la presencia de los grandes poderes de Wall Street en su administración,
fracturas constantes en su círculo interno, sospechas de colaboracionismo con
Rusia y una protesta histórica de activistas por los derechos de la mujer.
Frente a
ello, la administración solo registra una gran victoria: el nombramiento del
conservador juez Neil Gorsuch para el Supremo. Y, con todo, las encuestas
apuntan a que el daño es menor de lo que parece. Caso más claro es el sondeo
conmemorativo publicado este viernes por Gallup, que vuelve a poner de
manifiesto la fragmentación social de Estados Unidos.
Un colectivo
de universitarios, urbanitas y minorías raciales en contra del mandatario,
frente a un colectivo rural, evangélico y agrícola que mantiene su respaldo
pleno al presidente norteamericano, por mucho que el índice de aprobación
general sobre su labor sea de un 41%, mínimo histórico desde los tiempos de
Kennedy.
Los
partidarios de Trump se escudan en una cifra récord de 32 órdenes ejecutivas
firmadas por el presidente estadounidense, nunca alcanzada por un mandatario
norteamericano desde el final de la Segunda Guerra Mundial, una muestra para
ellos de una Casa Blanca activa desde el primer momento frente a los críticos
que le tachan de 'hombre de paja', más centrado en potenciar sus negocios
privados a través de constantes visitas a su casa de retiro de Mar-a-Lago en
Florida que en tareas de gobierno.
Estas
labores están principalmente en manos de dos personajes enfrentados desde el
primer momento: su yerno Jared Kushner, representante, junto a su mujer Ivanka,
de un sector juvenil, supuestamente más entonado con la América progresista, y
su arquitecto ideológico, el autoproclamado "leninista" Steve Bannon.
Trump tiene
una deuda con el que fuera banquero de Goldman Sachs y presidente ejecutivo del
medio Breitbart, el hombre que enfocó su discurso de campaña hasta convertirle
en un símbolo de la nueva ultraderecha estadounidense y una alternativa viable
a su rival (y por entonces favorita absoluta, Hillary Clinton).
No obstante,
la presencia de Bannon —quien llegó incluso a ocupar un puesto en el Consejo de
Seguridad Nacional frente a las quejas de los estamentos más conservadores—, un
defensor de la "destrucción del Estado", es la expresión de la
discordancia existente entre Trump y el partido Republicano, más centrado en
disfrutar de los réditos que le ha proporcionado la abrumadora victoria de
Trump, por la que recuperaron el control total del Congreso estadounidense, que
en gestionar la deriva ideológica de un magnate que realmente no siente una
afinidad particular por los preceptos del partido, al que ha criticado en
innumerables ocasiones.
Política
exterior Cuando Trump prometió validar su lema de campaña 'Make America Great Again',
el presidente descuidó —como él mismo reconoció tras un encuentro con su
homólogo chino, Xi Jingping— los matices de las relaciones internacionales, a
varios niveles.
Por un lado
está su fallida política fronteriza y los máximos exponentes de ello son el
fracaso absoluto de su veto a la entrada en el país de los ciudadanos de siete
países musulmanes (anulado por los tribunales) y su imprecisión a la hora de
concretar su promesa de finalizar el muro de separación con México.
Por otro, la
incapacidad de su administración para posicionarse como actor internacional. La
OTAN que antes desdeñaba como "obsoleta" se ha convertido ahora en
"un importante instrumento". China ha dejado de ser el
"manipulador monetario" que denunció durante la campaña para pasar a
ser un valioso aliado. Su respaldo inicial a la política colonial israelí ha
quedado diluido tras varios encuentros con la parte palestina.
Y su
cacareada promesa de mejorar las relaciones con Rusia todavía permanece
incumplida. En el mejor de los casos, y según los expertos de Brookings
Institution, "parece que se impone de momento el sector globalista de su
administración", más prudente, encabezado por su vicepresidente Mike
Pence, su asesor de Seguridad Nacional, Herbert McMaster, y sus secretarios de
Defensa, James Mattis, y Estado, Rex Tillerson.
Ellos han
forzado al círculo nacionalista del presidente a reconocer la importancia de
China para contener las provocaciones de Corea del Norte —independientemente de
la retórica belicista exhibida por el mandatario estadounidense en su
verborrágica cuenta de Twitter—, la utilidad de la Alianza Atlántica y la
viabilidad del tratado New START sobre armas nucleares para impedir el retorno
a una nueva guerra fría con Rusia.
Rusia Todo
esto sucede a la espera de la investigación que está llevando a cabo la
comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes sobre la posible
manipulación rusa de las elecciones presidenciales en Estados Unidos a favor de
Trump, con el conocimiento de su propio equipo de campaña.
Los
responsables de la comisión advierten de un proceso arduo y complejo que ha
dejado varias víctimas en el camino, entre ellas el propio presidente de la
comisión, el republicano Devin Nunes, que se inhibió de participar por una
supuesta negligencia en el manejo de datos confidenciales.
Trump ha
decidido que el partido Republicano libre esta batalla por él. Los
conservadores intentan que la comisión se centre más en la difusión prohibida
de información clasificada sobre las pesquisas que en el propio material
investigado, y han prometido una lucha sin cuartel a la hora de establecer la
lista de testigos a llamar, entre ellos por ejemplo el director del FBI, James
Comey, instrumental en la victoria de Trump tras anunciar una investigación
sobre negligencia contra Hillary Clinton por la mala gestión de sus correos
electrónicos, y que acabó en nada. Para entonces, "but her e-mails"
(pero sus correos) se había convertido en un lema contra la candidata
demócrata.
A Trump le
quedan todavía tres años y nueve meses por delante que aborda con sensación de
exagerado desgaste. Está por ver si el presidente republicano acabará adoptando
una posición más pragmática, concienciada y eficaz —dada la inmensa cantidad de
nombramientos que le quedan por designar, entre ellos los de sus embajadores en
el extranjero— con vistas a las pruebas de fuego que le esperan
inevitablemente.
La más
próxima, la aprobación final de los presupuestos después del verano. La más
importante y el primer y verdadero baremo de su mandato, las legislativas de
noviembre de 2018.


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