Escrito por
La Redacción.
marzo 26, 2017
-
0
Comentarios
![]() |
| Donald Trump |
Washington.- “Transferimos el poder de
Washington a vosotros, el pueblo americano”, dijo Donald Trump
en su toma de posesión como presidente de Estados Unidos. “El establishment se protegió a sí mismo,
pero no a los ciudadanos de este país”, prosiguió en su discurso en las
escaleras del Capitolio. A partir de ese día, el pasado 20 de enero, prometió,
“todo cambia”.
64 días después, Trump comprobó el viernes cómo
cambiar Washington es mucho más complejo de lo que pensaba: su intento de
reformar la ley sanitaria de Barack Obama, el anatema que unió ferozmente
durante ocho años a los políticos conservadores, no se votó en el Congreso por la brecha abierta en su propio
partido, el republicano.
Trump —el magnate inmobiliario que se jactaba de no
ser político, que prometió trasladar a la presidencia sus supuestos dotes
negociadores y acabar con los “políticos que son todo hablar pero nada de
acción”— chocó con la misma realidad que sus predecesores: hacer política en
Washington es un juego de desgaste, concesiones y paciencia en la que se
imponen los intereses propios y la presión constante de la reelección. Y donde
las fidelidades son escasas: puedes ser derrotado por tu propio partido, como
el ala republicana más radical en el caso de Trump.
“Hemos aprendido todos mucho, hemos aprendido mucho de
lealtad”, dijo Trump tras admitir que la propuesta de reforma carecía de apoyos
suficientes en la Cámara de Representantes. “Hemos aprendido mucho del proceso
de voto, de algunas reglas arcanas en la Cámara y el Senado”.
George C. Edwards, profesor de Ciencias Políticas en
la Universidad Texas A&M y experto en estudios presidenciales, lo llama la
“arrogancia de la ignorancia”.
Al inicio de su mandato, todos los presidentes creen
eufóricos que, tras haber salido victoriosos de una pelea electoral extenuante,
podrán convencer a cualquiera. Pero pronto ven que no es así. “Es la realidad
de la política de Washington: los presidentes raramente persuaden a la gente a
hacer lo que ellos quieren hacer y raramente mueven a la opinión pública. Trump
no es distinto en ese sentido”, dice Edwards por teléfono.
Tras su victoria en 2008, el demócrata Obama, que
había sido dos años senador en Washington, prometió terminar con la
polarización política en la capital estadounidense. Su sueño era diluir los
colores partidistas. Al final de su presidencia, con la polarización más
acuciante que nunca, admitió que ese era su mayor fracaso.
En las décadas anteriores, habían hecho promesas
similares Richard Nixon, Bill Clinton o George W. Bush. Y todos naufragaron.
La única excepción, dice Edwards, fue George H. W.
Bush que logró frenar ligeramente la polarización en auge desde los años
sesenta. Un factor clave es que fue el presidente republicano con menos
legisladores de su partido en el Congreso y estuvo obligado a negociar
constantemente con los demócratas para sacar adelante reformas de calado en
asuntos medioambientales, derechos civiles o presupuestarios.
En las últimas primarias del Partido Republicano,
Washington era un elemento tóxico. Todos denostaban al establishment político simbolizado en la ciudad y prometían
cambiarlo de arriba abajo. Incluso quienes formaban parte de él, como el
senador Ted Cruz, que hablaba despectivamente del “cártel de Washington”.
El deseo de reformar Washington no es nuevo. Como
ejemplo, Caballero sin espada, la película de 1939 de Frank Capra sobre la
historia de un joven e idealista senador que, al llegar a la capital, descubre
los intereses oscuros de legisladores y la enorme influencia de los grupos de
presión.
Ingenuidad de Trump.- Con todos estos antecedentes de
fondos, la humillación de Trump en el Capitolio puede parecer menos grave, pero
el profesor Edwards subraya que es gran parte fruto de errores del presidente.
“Fue extremadamente ingenuo”, dice.
El experto destaca que Trump hizo un sinfín de
promesas en campaña, como que la atención
sanitaria sería “mucho más barata” y “cuidaría a todo el mundo”,
pero no presentó ningún plan que las cristalizara. Cedió al presidente de la
Cámara, Paul Ryan, la traducción de esas promesas en una propuesta legislativa
que era imposible que las cumpliera.
Trump, señala Edwards, actuó en “modo reactivo” y con
prisas: trató de aprobar en menos de tres semanas una reforma de una ley
sanitaria que llevó un año de interminable debate en 2009 y 2010.
El presidente
tampoco trató de vender su propuesta legislativa a la opinión pública,
consciente de que era impopular. Un organismo independiente alertó de que la
ley dispararía el número de personas sin seguro. “Es un fuerte golpe a su ego
[de Trump] y al Partido Republicano”, dice el experto. “No han demostrado que
pueden gobernar”.


No hay comentarios.
Publicar un comentario
Deje su comentario