Escrito por
La Redacción.
enero 03, 2016
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El santuario de Schoenstatt recibe más de 200 visitas diarias de personas que buscan la paz interior que les hace falta en un mundo en el que prevalece lo exterior.
La Victoria,
Santo Domingo Norte.- El distrito municipal de La Victoria es un pueblo conocido por tener en su
entrada la cárcel más grande del país y una de las más antiguas; y por poseer
en su corazón uno de los grandes tesoros espirituales que tiene República
Dominicana: el Santuario de Schoenstatt, lugar de gratitud, paz y
transformación.
La hermana Carmen de Jesús, quien se encarga de
atender una pequeña tienda establecida en el monasterio, comenta que un
santuario es un lugar donde está la presencia de Dios. “Donde Dios Padre quiere
manifestar su poder y bondad a los hombres, y para ello elige personas, lugares
e incluso acontecimientos que hacen más diáfana su presencia”.
“Los santuarios son lugares sagrados donde el hombre
se encuentra con Dios, un lugar donde se puede entablar con Él los diálogos de
la fe, la esperanza y el amor. Un lugar donde experimenta su gracia salvadora”,
expresa.
Historia
De Jesús cuenta que el Santuario de Schoenstatt fue
creado un 18 de octubre de 1914, en Schoenstatt, Alemania, día en que por medio
de una plática (más tarde llamada Acta de Fundación de Schoenstatt), el Padre
José Kentenich le propone a un grupo de jóvenes convertir una antigua capilla
abandonada en un lugar de peregrinación y de gracia.
“En ese momento le pidió a la Santísima Virgen que se
estableciera allí y obrara en ese lugar milagros y gracia. Ese día quedó
sellada una alianza de amor entre Kentenich y la Santísima Virgen, entre ese
terruño y el cielo”, dice.
Asegura que ese acto histórico dio origen al Santuario
de Schoenstatt, y así, “siguiendo un camino ordinario Dios tomó una nueva
iniciativa para manifestar su presencia paternal a los hombres”.
52 años después esa alianza toma forma en República
Dominicana.
La hermana cuenta que el Santuario de Schoenstatt se
estableció en el pueblo de La Victoria el 7 de septiembre de 1966, cuando llega
la imagen de la Madre tres veces Admirable, y con ella el Movimiento de
Schoenstatt.
“El movimiento se extiende rápidamente con el
surgimiento de varios grupos de formación: señoras, matrimonios, juventud y
niños. En ese momento surgió la necesidad de construir el Santuario”, explica.
Dice que después de varios años de trabajo, oración y
sacrificios, llega el día anhelado de la creación del Santuario: el 8 de julio
de 1978.
Expresa que el monasterio lleva el nombre de Victoria
Patris, que quiere decir la Victoria del Padre. Ese nombre significa “que Dios
padre debe ser victorioso en nosotros. Él desea vencer nuestro orgullo y
convertirnos en hijos pequeños, que caminan por la vida alegres, confiados y
seguros, porque son protegidos por un Padre y una Madre que nunca los
abandonará”.
Agrega que esa gracia la reciben todas las personas
que visitan el Santuario
Un lugar acogedor
Schoenstatt “Lugar Hermoso” se puede usar con todos los sinónimos que se le pueda hallar a esta palabra (bello, bonito, lindo, agraciado, precioso), así lo expresa la hermana Carmen de Jesús.
Schoenstatt “Lugar Hermoso” se puede usar con todos los sinónimos que se le pueda hallar a esta palabra (bello, bonito, lindo, agraciado, precioso), así lo expresa la hermana Carmen de Jesús.
Al entrar al Santuario, lo primero que se escucha es
el majestuoso canto de las aves. La paz que transmiten no se pueda comparar con
nada. Los problemas, agonías y disturbios desaparecen como por arte de magia al
escuchar las bellas melodías que salen de tan inofensivos alados.
Cuando la vista se desliza hacia la izquierda se ve el
“Centro de Nutrición Niño Jesús”, que forma parte del santuario. De lunes a
viernes es abarrotado de niños que se benefician del amor, cariño y protección
que les brindan las hermanas que se encargan de atenderlo.
Árboles verdes hacen que ni un rayito de sol roce a
los peregrinos que comienzan a llegar a partir de las 6 de la mañana.
Una especie de pasarela los dirige hacia la capilla
que está en el fondo. A tan solo 20 pasos de la entrada, a mano derecha, se
encuentra una piedra que dice “José Engling” uno de los grandes héroes de
Schoenstatt. El verde refleja esperanza, y es este el color protagonista en ese
monasterio, quizás, todo es algo sencillamente planeado.
Continuando el recorrido, a la derecha está la “Casa
del aspirantado” y, tal y como su nombre lo indica, es el lugar donde se
forman las señoritas que tienen el deseo de pertenecer a la vida sagrada.
Muchos extranjeros visitan el monasterio, en
busca de paz, olvidarse un poco de los problemas que los agobian y, claro está,
muchos visitan el templo con la intención de que la virgen les conceda algún
favor.
“Madre Tres Veces Admirable, Reina y Vencedora de
Schoenstatt”, es el nombre de la virgen a la que los peregrinos adoran, la cual
solo desea dar la luz de Cristo en cada uno de los caminantes, a fin de que
nazcan hombres nuevos capaces de transformar la sociedad en la que viven,
cuenta la hermana.
El sonido de la campana indica el comienzo de la misa. El sacerdote da la bienvenida a todos e inmediatamente comienzan a rezar, unos permanecen sentados repitiendo a una sola voz la oración, otros se animan a pararse, el resto recita la oración de rodillas.
No todos tuvieron la privilegiada oportunidad de
entrar a la capilla. Es pequeña, pero desde afuera, en unos asientos de metal
acomodados se puede escuchar todo como si estuvieran adentro. Hay muchos niños,
al parecer algunos padres se preocupan por inculcarles a sus hijos lo
importante que es lo espiritual en la vida de cualquier ser humano.
El tiempo pasa, y todos siguen con el mismo ánimo con
el que entraron. Justo en una hora concluye la misa y algunos esperan que se
vaya desocupando la capilla para hablar con la virgen. Hacer alguna petición es
lo normal, pero tal vez, uno o dos tengan la intención de simplemente
agradecer.
Como es de costumbre, ningún niño en buena salud puede
estar tranquilo, al ver otros niños se hacen amigos en fracciones de segundos,
y correr por todo el espacio es el juego del día; muchos se dirigen a la
especie de tienda que hay ahí dentro a gastar los 50 o 100 pesos que le
dieron sus padres.
Se perciben muchos carros en marcha, ya concluyó la
misa y por ende muchos se van, otros toman el lugar como una especie de
campamento: tienden una sábana sobre la yerba verde que oculta el suelo y
comienzan a compartir con su familia.
Las horas pasan y siguen llegando personas al “Hermoso
lugar”. No llegaron a tiempo para la misa, pero respirar tranquilidad es el
motivo de su visita. Unos se desplazan solos, otros se hacen acompañar de su
familia. Es que todos pueden visitar este lugar sin importar su religión.
A las 5 de la tarde comienza a concluir un día de
tantos en Schoenstatt. Las visitan van disminuyendo y son muy pocas las
personas que se percibe dentro, tantos árboles impiden que entre mucha luz al
lugar, las personas van saliendo. Suspiros de tranquilidad los acompañan.
“Aquí me siento tranquilo, es como una especie de
hechizo que me hacen. Al entrar aquí me desconecto de todo lo malo que me puede
estar pasando, por eso, desde que me siento mal no dudo en venir”, dice
un joven presente en el Santuario.
A las 7 de la noche quedan solo algunas personas
dentro de la capilla. Las hermanas solo esperan que estas terminen sus
oraciones. Después de esa hora no se permiten más entradas. Los que quedan van
saliendo, los minutos parecen segundos, sin embargo, el tiempo sigue pasando.
Cuando las
agujas del reloj marcan las 8:00 de la noche, todas las hermanas del santuario
se reúnen en la casa de retiros. Allí hacen sus oraciones para luego
dispersarse para caminar hasta sus distintas casas a dormir y descansar, porque
al día siguiente las puertas se abren a las 6 de la mañana. (Trabajo
elaborado por Santiago Benjamín de la
Cruz. Publicado en Listín Diario)





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