Escrito por
La Redacción.
octubre 20, 2015
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“Una ciudad avanzada no es una en la que hasta los pobres tienen un
automóvil, sino una en la que, incluso los ricos, usan el transporte público.”
Enrique Peñalosa
La crisis del tránsito y del transporte llegó para quedarse entre nosotros
por muy largo tiempo, tanto como el que le tomó para deteriorarlo (1 de 5).
Santo Domingo es una ciudad colapsada en todos los
sentidos, que no funciona como debía hacerlo una capital del siglo 21.
Una de las causas originales de esto podría estar en
que la zona urbana creció, desmesuradamente y sin control, desde que, en 1965,
el país sufriera otra invasión militar de Estados Unidos. Industriales,
comerciantes y simples ciudadanos, horrorizados por la conflagración bélica
durante cinco meses, decidieron mudarse, con todos sus recursos a cuestas, para
crear nuevos espacios, sin tomar en cuenta las reglamentaciones debidas.
La migración del campo hacia la ciudad aceleró entonces
su marcha, y los más desposeídos empezaron a apoderarse de terrenos ajenos,
muchas veces en zonas “suicidas”, sin que la “autoridad” cumpliera con su deber
de “respetar y hacer respetar las leyes”. Funcionarios civiles y militares se
sumaron al desorden al apropiarse de bienes públicos y privados como trofeos de
guerra. Podría asegurarse que la inmensa mayoría de las viviendas construidas
desde 50 años atrás fueron, en principio, asentamientos ilegales.
El deterioro se acentuó merced a la corrupción y a la
ignorancia de los alcaldes capitaleños que han encabezado los gobiernos
municipales durante medio siglo. La politiquería ha colocado para dirigir el
ayuntamiento capitalino a personas que han contribuido a que Santo Domingo se
convirtiera en un inmenso arrabal.
Urbanismo de contrainsurgencia
Un factor determinante para instituir el desorden
urbano se inició cuando, en 1966, el gobierno de Balaguer empezó a poner en
práctica lo que se dio a conocer como “Urbanismo de Contrainsurgencia”.
Este
plan, con fundamentos eminentemente militares, escogió la avenida 27 de Febrero
como vía potencial para el despliegue rápido y motorizado entre las principales
bases militares y el aeropuerto internacional. Además, esta vía estratégica
dividiría la ciudad en zonas que podrían ser aisladas en caso de movilizaciones
sociales de gran magnitud.
En otras palabras, el urbanismo de contrainsurgencia
se impondría como herencia inmutable para desarrollar el tránsito de vehículos
de Este a Oeste teniendo la velocidad como objetivo fundamental a conseguir.
Poco se ha hecho para acondicionar las vías paralelas y perpendiculares a ese
eje que permitieran organizar el tránsito que desordenadamente surge de esa
autopista urbana.
A pesar de las multimillonarias inversiones realizadas
a lo largo, por encima y por debajo de la avenida 27 de Febrero, nada ha
mejorado para el tránsito vehicular y peatonal dentro de un largo período de
paz relativa. Por el contrario, todo ha empeorado y nada mejor para confirmar
esto que medir el tiempo que el ciudadano tiene que consumir para llegar de un
lugar a otro por esa vía. Inadvertidamente, cada conductor y pasajero paga un
peaje invisible enorme por transitar “La 27”.
Buscar soluciones
De lo que hay que estar consciente es que todos los
problemas del tránsito y del transporte en Santo Domingo nunca se resolverán si
no se solucionan los inconvenientes de sus partes. Las principales
intersecciones de avenidas y calles en el Distrito Nacional han llegado a
desarrollarse como isquemias, y hasta infartos, en el fenómeno del tránsito.
Cada una de estas es un obstáculo que tiende a acrecentarse, ya que no
encuentra solución, sino empeoramiento, en los cruces de vías principales.
Lograr que fluya adecuadamente la millonada de
vehículos de motor de todo tipo es una tarea que requerirá tanto o más tiempo
que el transcurrido para llegar al nivel actual de deterioro. La esencia del
problema predominante está en que, hasta ahora, se ha esgrimido la velocidad de
los vehículos como el aspecto a privilegiar y no la fluidez constante.
Causas
El tránsito de vehículos empeora a diario porque la
cantidad de estos aumenta constantemente, mientras las vías mantienen las
mismas dimensiones y las infracciones se multiplican indeteniblemente.
La cantidad de vehículos livianos crece
exponencialmente, porque no ha habido una política consistente para fortalecer
un sistema colectivo de transporte. El peatón está obligado a buscar por su
cuenta y riesgo los medios cotidianos de transporte ante el desprecio
demostrado por las autoridades para generar soluciones colectivas eficientes.
Además, el desorden hace que la capacidad de las principales vías haya sido
superada con creces hasta el punto de que la saturación de estas ha devenido en
algo permanente.
Consecuencias
Indudablemente, el tránsito urbano de hoy es peor que
el de ayer y el de mañana será peor que el de hoy, si no se toman medidas
basadas en la realidad cotidiana, al margen de dudosos intereses de los
políticos.
Lo que hasta ahora han construido los gobiernos
dominicanos del siglo 21, nada ha mejorado sino que, por el contrario, ha
empeorado la movilidad urbana hasta convertirnos en el país peor calificado en
cuestiones de tránsito. A su vez, la impotencia sentida por los conductores con
los taponamientos provoca una fuente de violencia que ha instituido como norma
la ley del más fuerte y, como consecuencia, el irrespeto a la autoridad que, a
todas luces, es incapaz de resolver los problemas que surgen.
El tránsito y el transporte en Santo Domingo están
sumidos en una profunda crisis. Y esa crisis llegó para quedarse entre nosotros
por muy largo tiempo, tanto como el que tomó para deteriorarlo. Como primer
paso en defensa del futuro debemos involucrar a la ciudadanía en la toma de
decisiones y en la puesta en práctica de éstas. (Serie de trabajos
publicado por Diario Libre)


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